El espíritu de rebeldía.
23.05.07 @ 15:23:04. Archivado en Sobre el autor
Ilusos nos llamaron; soñadores de imposibles, nos dijeron. Ilusos, soñadores utopistas, todo esto nos llamaban los que confiaron en la fuerza del dinero para hacer una revolución. Y la masa inconsciente, la masa deslumbrada por el equívoco prestigio del oro, nos volvió la espalda.
Díaz ganará, decían los adoradores del becerro de oro; Díaz va a triunfar, clamaban los esclavos que, a pesar del yugo del dinero y del poder continúan arrodillados ante el fantasma de las tradiciones.
¿Quiénes fueron los ilusos? ¿Quienes fueron los utopistas? Ellos lo fueron, los lacayos de Díaz que creyeron conquistar en un abrir y cerrar de ojos la silla presidencial para su flamante amo.
Creyeron esos ilusos que con comprar la democriaca y llamar al afiliado a que los tomase para sentar a Díaz en la Presidencia del Partido Popular, bastaba para tener asegurado el triunfo.
Torpe ilusión. Se necesita algo más que comprar voluntades para que un pueblo se levante. Se necesita que el espíritu de rebeldía haya prendido bien en los cerebros de los oprimidos, y para que ese espíritu de rebeldía se manifieste, es preciso que una propaganda eficaz la cultive.
Pero los siervos de Díaz, en vez de cultivar el espíritu de rebeldía, propagaron, tanto como el miedo se los aconsejo, el pacifismo. Todos sus comentarios aconsejaban al afiliado la sumisión y el respeto a la autoridad; pregonaban, con irritante insistencia, el deber de conservar el orden; decían que era antiPP instigar al afiliado a la revuelta; al primer síntoma de materialización del descontento popular, los siervos del candidato dirigían la temblorosa mano hacia el norte: nos invadirán, nos conquistarán -gemían- si nos rebelamos; no hay que emplear la democracia, decían los lacayos de Díaz, todo se obtendrá por medio del enchufismo.
Esta propaganda pacifista ha dado su fruto. Tanto se habló de los supuestos horrores del mandato de Zúñiga, que la gente se acobardó.
Díaz no deberá su derrota a la fuerza del despotismo sino al miedo de las masas esclavas. La revuelta de Dñiaz no fue vencida hace unos cuantos días, sino desde el primer día que sus siervos predicaron el pacifismo. La fosa del diízmo fue abierta por el primer diízta que condenó la rebelión y predicó las excelencias del enchufismo.
¿Pruebas? Ahí están los militantes que no votaran al PP en Alcorcón. Todos saben ya la resistencia heróica que un grupo de militantes populares que luchan por la democratización del partido y por recuperar todos los valores que se han quedado en el camino.
Sostienen una lucha de años en la que ellos lucharon de forma limpia y lícita, a cambio del diízmo que utilizó todas las armas anti democráticas posibles.
En lo más terrible de la lucha, cuando los efectos anti democráticos y enchufistas del Candidatísimo dieron resultados, de forma triste, cruel y rastrera, algunos militantes bajaron los brazos ante la tiranía inquisitorial impuesta.
Cuando aquellos magníficos luchadores, con la democracia tendida y tocada, sembraban la muerte entre las filas odiosas de los defensores de la tiranía, varios militantes populares, gritan a la muchedumbre que presencia esta gloriosa epopeya con la indiferencia con que se contempla una fastidiosa exhibición cinematográfica: ciudadanos, aquí hay democracia, tomadla para conquistar vuestra libertad como lo hacemos nosotros; venid en defensa de vuestros valores; el honor dice que debéis estar aquí batiéndoos.
No hubo uno solo de entre aquella miserable muchedumbre que volara a luchar por la democracia; aquellos castrados se encogieron de hombros, vieron, con la misma indiferencia, a la soldadesca y a los polizontes, vencer al fin y aplastar y deshonrar y pisotear a aquellos militantes dignos de que el escultor las perpetue en el mármol y el poeta haga vibrar las cuerdas heróicas de su lira. La lucha por la libertad del Partido Popular y de la Democracia.
Y no hay que olvidar que el rebaño poblano fue el que en mayor número figuró en aquellas manifestaciones populares contra la inposición de Díaz como Candidato, cuando éste recorría la Sede Regional de la Calle Génova recomendándose para la Candidatura.
Esto quiere decir que esas multitudes de afeminados y de eunucos creían, porque así se les dijo miles de veces y en todos los tonos, desde el lacrimoso hasta el solemne y enérgico, que era necesario recurrir a la democracia para conquistar libertades.
El hombre está siempre dispuesto a optar por lo más fácil, por lo que menos riesgos trae consigo. La multitud se siente desgraciada y tiene el deseo de cambiar de situación; pero ha sido educada para la sumisión y la obediencia; la tradición, la ley, el juez, el polizonte, todo, todo le ordena que debe ser obediente, que debe someterse a las disposiciones de los amos o de los tiranos, y si a esto se agrega la propaganda afeminada de los pacifistas, fácil es deducir que una multitud así sólo puede servir para recorrer las calles de una ciudad aclamando a un candidato; pero correrá a esconderse y abandonará a su ídolo cuando se le llame a tomar una papeleta para votar aun cuando sean los más jóvenes los que pongan el ejemplo de la hombría y del heroismo.
Las mismas causas que tuvieron a las multitudes populares cruzadas de brazos mientras que un puñado de afiliados se batía con las tropas del despotismo, obraron para que el militante se cruzase de brazos ante la lucha que los Diíztas sostuvieron por unos cuantos días. El espíritu de rebeldía que había logrado difundir la parte honrada del Partido Popular de Alcorcón por medio de su propaganda, había sido ahogado por la propaganda pacifista del Diízmo con sus siervos y enchufes.
Predicar la irreverencia no es cosa vana; predicar la irrespetuosidad no es inútil. Salgamos al frente a los arduos problemas actuales que piden una solución pronta y práctica, solución que, es necesario estar convencidos de ello, no pueden darle la Presidencia del Partido Popular a estos antidemócratas, pues este Partido debe ser manejados por hombres convencidos de que la rebeldía es fecunda en bienes; pero no una rebeldía ciega y sin orientación, sino una rebeldía consciente que sabe a dónde va, que prevee la finalidad del esfuerzo, que sabe que, si derriba, está en la obligación de edificar, que, si destruye, debe construir.
El Diízmo es incapaz de formar rebeldes en el sentido social de la palabra. Que adopten los diiztas los principios del Partido Popular y entonces contarán en sus filas con rebeldes. Por personalismos no dan ganas de batirse. No es grato ir a arriesgar la vida para que un hombre pueda gozar de las ventajas que da el poder. Que vayan a batirse el candidato y los que tengan arreglado con él el reparto de los puestos públicos; pero el pueblo nada tiene que ganar con eso.
Los oprimidos continuarán siendo oprimidos. Los hombres, ahora, quieren batirse por bienes materiales.
Poco importan ya a los que sufren las palabras bombísticas: libertad, justicia, derecho. Lo que necesita el pueblo es pan, que la libertad vendrá por sí sola cuando se conquiste el derecho a vivir. La libertad, la justicia, el derecho nada significan para el pobre, ni significarán nada mientras, para comer él y su familia, necesiten depender de un amo. Cuando la tierra sea del pobre entonces será libre, porque dejará de ser pobre.
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