Plano picado y contrapicado

La fe es fruto de la vida y no de la huida. ©

27.08.18 | 04:04. Archivado en Religion, Mundo eclesial, Misa

El título de este post me lo sugiere aquella afirmación de Bertrand Russell de que la religión se sustenta en el miedo a la muerte. ¿Y por qué? Pues porque no estoy de acuerdo, pues pienso que el mayor interrogante y el más comprometido es el de descubrirnos vivos. Nuestro misterio esencial parte desde el vivir, el estar viviendo, y no tanto del dar en la mar que es el morir. De esta realidad surge y a la vez se aleja este artículo en defensa del sentir religioso denostado por el izquierdista Conde de Russell.

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Como bien saben mis lectores, la destrucción de la Misa ha sido piedra de toque en mi fe y clarín de batalla contra los hijos del mentiroso. (Jn 8, 31-ss) Porque si bien muchas veces he afirmado que la Misa no es toda la religión, realidad que subrayo, también es cierto que sin ella las virtudes hasta ayer tenidas por cristianas se vuelven vulgar ideología, cartilla de urbanidad. Y es que solamente los espíritus que en ella, la Misa, se impregnan de Caridad -en tanto que virtud teologal- pueden practicar "la religión pura y sin mancha de socorrer a los huérfanos y a las viudas en sus aflicciones." (Sant 1, 27) Y esto es religión en cuanto entidad, parte intrínseca de la existencia y ser de cada uno de nosotros. Es el sentido que la define, el sobrenatural, porque en la Misa alabamos al Dios inmenso, al que no vemos, para aprender a amarle en el prójimo, criatura suya, al que sí vemos. (1 Jn 4, 20)

La defensa de la Liturgia, es decir, de la Misa, desde hace ya más de medio siglo sistemática y violentamente desacralizada, estimuló mi protesta sustentada en el principal de los Mandamientos que, al menos hasta mi generación, consistía en "amar a Dios sobre todas las cosas y -consecuentemente- al prójimo como a nosotros mismos".

Sin este mandamiento y sin tal virtud de poco serviría, mejor dicho, de nada, una fe que moviera los montes, el dar todos los bienes a los pobres, hablar todas las lenguas y ofrecer a las llamas nuestro cuerpo. (1 Co 13). Por eso hemos de pregonar que la Misa es, fue y siempre será, centro de la religión católica, sacrificio verdadero ofrecido al Dios Único y Todopoderoso, de donde y de quien recibimos la vida para aquí y para después de aquí. (cf Catecismo, 1074; Lc 22, 19; 1 Co 11, 20 y ss) Evidencia histórica hasta el Concilio Vaticano II que la adulteró. Y con ello la Iglesia se ha ido diluyendo bajo los pies de sus peores enemigos. Valga decirlo sobre la actualidad de testimonios infernales en sus Estados Mayores.

Mas, por otra parte, si vamos a Misa con mucha devoción y no nos hacemos más humanos, malo. Muy malo. Algo estamos haciendo mal. Ese “ir a Misa” sin ser más marido de mi mujer o más mujer de mi marido; más despojados de falsas seguridades pero más ciertos de estar viviendo, sería tiempo perdido. Es la ruindad de una religión que nos aporta, o en la que se busca, la supuesta aristocracia del “trato divino” menospreciando los deberes y felicidades de la vida que Dios ideó como medio y camino para sus criaturas en sus biografías. Porque la ambición imposible de una santidad buscada en los ámbitos celestiales -que no son los de nuestro vivir- nos hace despreciar o, más cierto, ignorar las vias naturales de felicidad.

No es de recibo que la búsqueda de lo divino se funde en la grosera pretensión de que este mundo que nos hospeda es pecaminoso per se. Resulta muy común que todo se reduzca a buscar quimeras de santidad... para errar como idiotas de fracaso en fracaso en los medios recibidos. Y muchas veces desechados por cobardía, o por comodidad. Leamos, p. ej., la parábola de los talentos (Mt 25, 14), los viñadores de la última hora (Mt 20, 1), el invitado a unas bodas (Mt 22, 11), el administrador infiel (Lc 16, 1), el buen samaritano (Lc 10, 29), el fariseo y el publicano (Lc 18, 9), las vírgenes egoístas (Mt 25 1)... Y muchos más episodios, pues es enseñanza de Jesús muy repetida.

Esas mujeres -y hombres- de misa diaria, de comunión diaria –cuando no de tres comuniones diarias en tres misas-, que por no perderse la del “Padre José” - ¡Qué sermón escuché, del pecado liberanos Domine! * - , a las nueve de la mañana, descuidan acompañar el desayuno de sus hijos y marido. No parece que eso sea lo que a Cristo agrada. (Mt 5, 24) No es religión, es vicio, es inflación mística, en muchos casos aderezada de escondida soberbia.

«La fe realmente consiste en creer la verdad por cuanto es conocida.»

La nueva visión del mundo, o Nuevo Orden Mundial, se manifiesta cada vez con mayor descaro entre las autoridades de nuestra Iglesia. Hay como una misteriosa fuerza que quiere acabar con todo lo bueno que la Iglesia nos ofreció desde Osio a nuestros días, haciéndonos militantes de Judas o Barrabás. "Por amor a los oprimidos", que es lo mismo que decían aquellos.

Desde el púlpito más alto se nos enseña una nueva moral expresada con astucia y cobardía en declaraciones a porrillo, fuera de cátedra, que no obligan, pues carecen de la solemnidad magisterial, pero que vician al pueblo en la desorientación. Así, desde un avión o en una tertulia reporteril el hombre que debe suceder a Pedro evita condenar una homosexualidad supuestamente "generosa de dones para la Iglesia"; ridiculiza como conejas a las benditas madres cristianas; consecuentemente impulsa el aborto y el onanismo; favorece el divorcio exprés en la Rota, hasta ayer prudente y precavida en protección del Sacramento; promueve como misericordia dar la comunión a los adúlteros, incluso al cónyuge no creyente; bendice la Carta de la Tierra desde un ecologismo de pacotilla... O afirma como traca final que todas las religiones creen en el mismo Dios, que no hay infierno y que prácticamente con la sola fe, sin obras, todos nos salvamos... Con Lutero, of course.

En esta última ocurrencia tirando a nuestro Redentor al arcén de la historia. Cosas dichas hoy con increible ligereza pero que hace pocos años se castigaban con la excomunión... Y no muy atrás en la hoguera.

Creo que estas sorpresas se cultivaron en este medio siglo posconciliar desde el indisimulable empobrecimiento de las colectas en una mayoría de naciones católicas. Debilidad económica fruto inevitable de la debilidad moral, doctrinal y espiritual de la que ahora se hacen voceros los mass media. Medios aplicados a eliminar el viejo patrón, trascendente, de las naciones cristianas, e instaurar en su lugar otro orden nuevo, ese su ambicioso y totalitario proyecto holístico. Un tsunami de nuevas enseñanzas - ¿la Nueva Evangelización? - que pretende embaucarnos con los abalorios de "un Nuevo Paradigma", el del hombre cósmico divinizado de arrogancia y supina estupidez. La cultura de los Derechos Humanos en burda copia del fracasado Humanismo - la guillotina - del llamado Renacimiento.

Proyectos que se apoyan en su integridad -si no lo hubiera visto, nunca lo creyera- en los kibbutzim indefectiblemente experimentados en Israel, con sus clásicos objetivos, ensayados en la antigua URSS, de aniquilar la familia (los hijos para el Estado), los cuerpos intermedios y la sociedad toda en el nuevo altar sindiós del mundialismo. Mundialismo que no es otra cosa que burda parodia del catolicismo; su réplica del revés.

He aquí, según mi presbicia, el problema de nuestro tiempo: quieren hacernos dioses y huir de la verdad que desde Tales de Mileto y Parménides, engrandecidos por la aparición de Cristo, se definió y entendió como principio y fin de todas las cosas, es decir el Dios de nuestros catecismos.

Como final traeré las palabras del Cardenal Ratzinger, en 1988 Prefecto para la Doctrina de la Fe y hoy Papa Emérito Benedicto XVI, porque leídas en la distancia se vuelven acertada profecía:

«Si no hacemos de la verdad un punto importante en la proclamación de nuestra fe, y si esta verdad ya no es esencial para la salvación del hombre, entonces las misiones pierden su significado. En efecto, se elaboró la conclusión, y lo sigue siendo hoy, que en el futuro, sólo debemos buscar que los cristianos sean buenos cristianos, los musulmanes buenos musulmanes, los hindúes buenos hindúes, y así sucesivamente. Y si llegamos a estos resultados, ¿cómo sabemos cuándo alguien es un “buen” cristiano, o “buen” musulmán? La idea de que todas las religiones son – o pretenden serlo – sólo símbolos de lo que finalmente es incomprensible, está ganando terreno rápidamente en la teología, y ya ha penetrado la práctica litúrgica. Cuando las cosas llegan a este punto, la fe es dejada a un lado, porque la fe realmente consiste en creer la verdad por cuanto es conocida.» (El Concilio y la dignidad de lo sagrado – Joseph Ratzinger, 13 julio 1988).

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* Alegría de la Huerta, Zarzuela de Federico Chueca


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Comentarios
  • Comentario por Emiliano de Marta 02.09.18 | 13:14

    Entiendo que este artículo, por otra parte escrito muy inteligentemente, no es nada evangélico.
    Una lástima.

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