Plano picado y contrapicado

Ha muerto el P. Garralda, SJ ©

06.07.18 | 12:55. Archivado en Religion, Sociedad, Ética, Mundo eclesial

Alfa y Omega le ha dedicado tres páginas a quien tuve el privilegio de tratar en sus años de juventud. De los que disfruté sus primeros de sacerdote, hace aproximadamente 64 años, en los campamentos de Gredos y en aquellas sus jornadas -veinte días- de aprendices de hombre. Considero fortuna muy grande haber tratado de cerca a aquel Padre Garralda, S.J., el que nunca se cayó de mi recuerdo, por más que le hirieran los huracanes americanos, la UCA y los Ellacuría, las reivindicaciones sociales sin apuesta de vida, los muchos abanderados de la "revolución indigenista..."

Desde tal conocimiento comento su tesoro de religión católica, justo lo único que a él le interesó, y lo único que vale de su esquela. La fe que Cristo nos trajo para caldear el final de muchas vidas desahuciadas, extraviadas, abandonadas. Una realidad magnífica de la Fe. Y de la Caridad, su consecuencia y virtud teologal que significa “hacer el bien por amor a Dios”. Con este entendido, el Padre Garralda supo actuar con una gran fortaleza y adaptación.

Cuando volvió a España, el ya sólo Jaime se entregó con su enorme corazón y desbordante hombría a la redención de presos y enfermos de SIDA. Y, por tanto, a admirarnos con sus iniciativas sin parangón en el mundo. Esto en cuanto a iniciativas, porque no le han faltado los moscardones que se hacían fotos con él para robar algo de su imagen y de sus méritos.

Recuerdo una anécdota que me pareció reveladora.

Un cliente de mi empresa no pudo pagar una última y pequeña compra y, para resarcirme, se le ocurrió llevarme a casa un frigorífico industrial. Entonces pensé que sería de buen uso para Horizontes Abiertos, nombre de la fundación preferida de Jaime. Este organismo disponía de una casa-albergue en un pueblito cercano a Brunete, de la Comunidad de Madrid. Sin más pensar alquilé una furgoneta y lo llevé. Justo allí estaba el jesuita y me pidió que me quedase con ellos a oir Misa. Era un saloncito cuarto de estar. Mesa camilla, butacas, sillas y un sofá, todo de distintos orígenes. Nos esperaban varios enfermos de SIDA y, quizás, alguno de otros males. Al vernos entrar intentaron levantarse. El Padre dijo: "Seguid sentados..." Enseguida, el sacerdote Garralda colocó en la mesa camilla unos corporales con reliquias, el copón y la patena y un misal de bolsillo. Se revistió allí mismo e inició la Misa: "En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, Amén." Unos sentados y otros de pie, todos oímos y participamos en las oraciones. Los de casa con un gran respeto, sin distracción, concentrados en sí mismos.

Terminada la Misa, Jaime habló con un hombre pálido pero animoso, de origen argentino, y del que adiviné era su encargado para aquel pequeño grupo. Después salimos de la casa. En la calle nos esperaba un joven, bien parecido, de unos cortos 20 años. El Padre Garralda me dijo: "-Anda, Rizo, acompáñanos..." Y empezamos a andar lo que fueron menos de dos kilómetros de crudas revelaciones. Yo iba unos pasos detrás de ellos. El chico citaba a una mujer procedente de una cárcel y recién admitida en Horizontes Abiertos. Parecía que habían hecho amistad, cosa que el Padre Garralda no aprobaba. "-Es que -protestó el joven- yo veo que necesita apoyo". Y el Padre Garralda le contestó: "-No necesita apoyo...? ¡Necesita polla!"

La pasión del Padre Garralda, SJ, por restaurar almas, no importando en qué cuerpos, era un beneficio añadido al apostolado. Un beneficio escondido en la virtud, excelsa ("salida del cielo"), de ayudar al reo de la más despreciable condición, al delincuente desde la edad infantil, al desahuciado de todos y por todo, a descubrirse a sí mismo como recuperación social positiva, y proyección hacia la vida eterna... Sólo a hombres de Dios, como Jaime, se les puede ocurrir convivir con los desechos humanos y sembrarles confianza en sí mismos. Piensa, lector, en algo más que rateros, algo más que camellos, algo más que drogadictos de jeringuilla para cuatro... Piensa en la aparición del SIDA que el P. Garralda conoció de sopetón. Lean cómo lo cuenta él mismo:

Aquello fue horrible. De repente apareció la devastadora peste que mataba indefectiblemente, y se contagiaba con sólo mirar a un enfermo. Recuerdo uno de mis primeros contactos con ella. Tuve que visitar a uno de mis amigos que estaba en el hospital. Fue el principio de la famosa cuarta planta del hospital Gregorio Marañón.
A la puerta "de la peste" había un saloncito repleto de los famosos "maderos" armados hasta los dientes, sanotes y fuertotes ellos. Dentro había presos peligrosos. No me cupo la más mínima duda de que no tenían posibilidad alguna de burlar a tan aguerrida guardia. Abrí la puerta intentando contener la respiración. Si respiraba... moriría contagiado. Los guardias no hicieron el más mínimo gesto de acompañarme. Dentro estaban los peligrosos, y yo estaría sólo encerrado con ellos. Pensé de todo cuando los guardias cerraron la puerta a mis espaldas. Lo que vi dentro no lo podré olvidar. Como era verano, hacía calor. Estaban desnudos sobre las camas. No eran personas, solamente huesos y ojos. Pero hablaban. Me olvidé de todo y les di el único consuelo que eran capaces de recibir: les miré fijo fijo a los ojos. Con cariño, con piedad. Y les hablé de Dios. (Dios está en la cárcel, pág. 65, Desclée De Brouwer, 2008)

Una vez, en una de sus reuniones, Jaime escuchó a uno de aquellos asistentes a la Misa de mesa camilla que la razón de verse en tan horrible estado era "porque en su vida siempre había hecho lo que le gustaba y nunca lo que le convenía". Desde luego fue una reflexión muy útil para el sacerdote educador, aunque bien sabía que aquel caso, como tantos otros, no era sólo culpa del sujeto sino del abandono en que siempre había vivido.

Miremos la realidad de las cosas. Nadie quiere estar con leprosos, con sidosos, con enfermos de contagio rápido; mucho menos los hijos de este mundo rosa y amarillo. Sin los religiosos católicos, por ejemplo los Hermanos de San Juan de Dios, o las Hijas de la Caridad – que confío no hayan olvidado lo que significa llamarse así –, la investigación médica mermaría mucho su acceso al campo de la enfermedad. Si no fuera por esas vidas entregadas a Dios muchos avances no se habrían conseguido. Recomiendo lean el libro de Paul de Kruif, Cazadores de microbios, o vean la película Anna, de Lattuada.

Punto esencial para la comprensión de estos milagros vocacionales es el servicio a Cristo, Dios y Señor de la Vida y de la Historia. Estos Jaimes incomprensibles, esas monjas de misión, no hacen humanitarismo al modo mundano, menudo error de sus vidas si así fuera, sino con el amor de Dios que es la mejor forma de amar que existe. Para las metas perecederas ya están los progresistas epidérmicos. Porque no es simple humanitarismo, no señores, asistir a un enfermo anónimo, vigilarle un pulso imperceptible, la mano amiga en la frente, anotar el dato que el médico o el investigador ordenan, puntual el vaso con la pastilla de las ocho; o la esponja y la palangana con la que limpiarle las heces. Estado lastimoso de cuerpos y almas, sufrientes mientras lo toman como castigo, pero felices cuando en la enfermedad se encuentran a sí mismos. La oposición absoluta a la eutanasia que se nos ofrece de rondón, después del aborto llamado eugenesia.

No, esta religión, esta clase de entrega no viene del humanismo mariteniano, ni del amor a la especie; no es el Fenómeno Humano de Teilhard. No se alimenta de ideologías sino que nace y llega de Dios. De horas delante de un sagrario, de oración a solas, a solas incluso en comunidad, como bien puntualizó un suspiro de mujer, Madre Teresa, al periodista Soler Serrano en inolvidable entrevista de TVE. Amor de tales quilates sólo puede venir de sentirse transmisores del amor de Dios. Él, y siempre Él, es y será el primer servido.

Esto explica que un salario sería un insulto para cada religioso aunque la comunidad deba recabar medios para su subsistencia. No sólo se ama a Dios en el enfermo, en el tirado en la calle, en el preso desesperado; es, sobre todo, que se le dan a Dios modos y vías de amarles. El Dios-Padre, al que nadie ha visto jamás, es el motor del cariño que los muchos Garralda dedican a quien lo perdió por su propia circunstancia. Rara efusión divina que penetra ocultos rincones de la sociedad humana y los perfuma de paraíso. ¿Existe un precio para esto?

Citaré ahora algunos libros de su pluma en que habla de su trabajo, sus éxitos y dificultades y, muy entrañable, de su propia vida interior. Son los únicos que conozco y que he leido.

EJERCICIOS ESPIRITUALES EN LA CALLE, Cauce Editorial, 2001. (No dedicado...) .- PALABRAS PARA HABLAR CON DIOS, LOS SALMOS, Desclée De Brouwer, 2006. (¡A Pedro, gran amigo mío y de Dios!!! Jaime.).- DIOS ESTÁ EN LA CÁRCEL, Desclée De Brouwer, 2008. (Pedro, tú tuviste 8 hijos, y todos buenos. Yo bastantes, y aquí verás sus vidas. Pero siempre con Dios. Un abrazón, Jaime.)

Los tres son tan buenos que es deber recomendarlos. El de los Ejercicios, magnífica educación para amar lo cotidiano; el de los Salmos, un salto para adentrarse en algo que suele ser árido y hasta ajeno; y el librito de Dios está en la cárcel, 240 páginas de impactante anecdotario.
Apostaria que en AMAZON están a mano.


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Comentarios
  • Comentario por Enfadado 14.07.18 | 13:23

    El P. Garralda no fue tan santo porque también usó de los drogatas y enfermos y presos par su propia fama de la que supo sacar mucho dinero para su Obra.

Lunes, 16 de julio

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