Plano picado y contrapicado

Música celestial, verdaderamente. ©

17.01.18 | 12:30. Archivado en Religion, Sociedad, Ética, Mundo eclesial, Misa


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¡Qué excelsa es la música! Eso, ex-celsa, "salida del cielo".
Hay teólogos que aseguran que en la vida futura serán la Música y las Matemáticas las únicas ciencias de aquí abajo que continuaremos usando allá. Con justicia se considera a la Música la primera de las Bellas Artes. Y así parece merecerlo pues que nada habla tan directa e íntimamente a nuestro entero yo. Pocas artes hay, yo juraría que ninguna, que nos inunden el alma y muevan nuestra voluntad como lo hace la música.

Y no es más que una mera vibración física que recibe nuestro oído y el cerebro convierte en emoción apasionada o sentimiento espiritual. Éste, a veces profundo e invasivo como imaginamos de los santos en sus éxtasis; que nos detiene los latidos o nos los acelera; que nos enajena y nos sube la adrenalina hasta llevarnos a la muerte, si cabe, a eco de trompetas y ritmo de tambor.

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Ya el poeta supo decir:

"Y la música sublime
que a inmensos raudales brota
parece que en cada nota
canta y reza, llora y gime."

(Núñez de Arce: "Miserere")

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Sí, cosa sublime y gloriosa es la música, pero... ¿Qué es?
Pues, fíjense que no es tan fácil definirlo.

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Empecemos por subrayar la paradoja de que la música, en el instrumento -de cuerda, viento, percusión...-, no es más que una trepidación o estremecimiento del aire. Prácticamente 'un ruido', como diría Napoleón. Es así de tal modo que fuera de nosotros mismos la música no existe. Mejor debería decirse que no puede existir. No es otra cosa que vibraciones del aire de cuyas tonalidades y combinaciones armónicas nada sabríamos sin nuestros oídos, capaces de percibirlas; ni sin nuestro cerebro, bien dotado para descodificarlas.
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De manera que ese ruido, en tanto que música -he aquí el regalo- sólo lo es a partir de nosotros. Lo cual nos hace exclamar agradecidos: ¡Qué divino don!

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Es para meditarlo, y mucho, que sólo por nuestros oídos y cerebro pueda "existir", quiero decir conocerse, la música en todo su esplendor. Lo que para algunos animales es un ronroneo, en nosotros se convierte en un universo de tonalidades, dándonos el goce único, o su despertar, de emociones y sentimientos inesperados. Emociones físicas, intelectuales, desde el terror al lirismo; de estados de ánimo, combinaciones de silencios y adagios con espera de fugas y estallidos triunfantes, que se adueñan de lo más hondo del alma o nos encienden las pasiones más terrenas. Ahí nos esperan de protagonistas Palestrina, Vivaldi, Bach, Mozart, Beethoven, Haendel, Puccini, Grieg...; junto a nuestros Victoria, Vives, Albeniz, Tárrega, Bretón, Falla, Granados, Chapí, Rodrigo...

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Nunca agradeceremos en su justa correspondencia la inspiración de sus autores; en especial de aquellos que sintieron y escribieron para transportarnos del barro al cielo. Y también de los que no destacaron como compositores pero sirvieron a la música hasta el final de sus vidas. Los grandes intépretes como Von Karajan, Callas, Kraus, Richter, Segovia...
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Ayer mismo unos amigos hablábamos de la música y de la lenta pero eficaz diseminación de bandas y orquestas municipales o regionales. Me enteré de que en España e Hispanoamérica crece su número y esta realidad me basta para confiar en el progreso educativo de las nuevas generaciones. Porque fundirse en un coro, o en una banda, cuidar el instrumento -también la garganta lo es-, obedeciendo al director en su fidelidad a la partitura es una educación social excelente, además de amigable y unificadora.

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Precisamente en esto se destacó la Iglesia Católica hasta el Concilio Vaticano II. Antes de este craso error de Juan XXIII la gran liturgia nos había educado con muestras aún insuperadas de polifonia coral y conventual. Sin la menor duda afirmo que la decadencia de la Iglesia, su pavorosa desidentidad y consecuente ruina económica, se inició al llevar a los altares la disipación de lo excelso y hermoso, a cambio de entronizar lo vulgar y chabacano. Blasfemia ladinamente disimulada como humanitarismo... Pero éste es otro cantar.


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Comentarios
  • Comentario por carmen 02.02.18 | 15:03

    Yo creo que, como todas las artes o acciones humanas, si no están enfocadas hacia Dios, no se vuelven en una superación de lo humano.
    Es decir, sólo cuando el hombre busca en su obra a Dios, lo emula y adora con su obra, es cuando logra algo realmente loable, pues traspasa su humanidad para ser imagen y semejanza de Dios.
    Por el contrario, emular y enaltecer algo tan imperfecto (en comparación con Dios) como el hombre, sólo puede traer mediocridad.
    De ahí se entiende muy bien el fruto de los "sonidos" que ha dado la iglesia desde el CVII. Se cambió Dios por hombre.

  • Comentario por Gabriel 21.01.18 | 21:21

    Estoy con Pepe... lo mejor para el final. Creo que hay mucho que hablar de la destrucción de la música sacra de la moda postvaticana y hasta de las monjas de clausura bailarinas de Lerma dando un show desde el otro lado de la reja...

  • Comentario por JOSE SILVA 20.01.18 | 12:13

    Perfecto pero lo más importante no habías tenido que dejarlo para el final… y podías haber sido más duro porque ilustrativo lo has sido un rato.
    Un abrazo,
    Pepe

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