Plano picado y contrapicado

A propósito del cura rural. ©

09.01.17 | 18:00. Archivado en Religion, Sociedad, Mundo eclesial, Relatos

¿De dónde sale esa palabra, “cura”, con la que los cristianos hemos señalado al sacerdote, especialmente al párroco? Muchas veces la hemos asociado al sacramento de la confesión, o penitencia, en tanto que el sacerdote oyendo y perdonando –en la persona de Cristo– sanaba conciencias. Y de ahí la interpretación de “cura de almas”. Este vocablo, “cura”, proviene del italiano; es así uno de los muchos "falsos amigos" que despistan a los traductores. El verbo italiano curare significa cuidar. Cura de almas en su real acepción designa el cuidado de los fieles para que no se descarríen de la gracia y del amor de Dios, así como el darlo a conocer a cualquiera de sus criaturas. Criaturas que se saben almas que viven para siempre.

Aprovecho aquí para señalar que al desacostumbrarnos de la referencia a las almas, nombre casi borrado en la nueva predicación, nuestra trascendencia eterna se ha canibalizado por lo material y efímero. Que el cáncer que pudre a la Iglesia -entiéndase la entera familia católica- es su 'antropoide' carrera hacia el precipicio de lo social, materialista y de tejas abajo. Expresado en modo pavoroso por la desacralización de 'los curas modernos'. Esto es, descolgados de su sostén espiritual, acomplejados, desnaturalizados, sin identidad y dándose a los viejos rencores -Marx no inventó nada- de Judas y Caín.

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Un cura provinciano

En mis cuarenta conocí a algunos curas rurales: curas de cuidar almas y a la vez curas de curarlas. De entre los recuerdos inventaré uno al que llamaré Don Rodrigo y vestiré con retales de otros. No se parecía en nada, por fortuna, al joven asténico y atormentado escogido por Bernanos de una aldea francesa. El nuestro vivía con su hermana que era un poco mayor que él. Por cierto, ¡qué olvidadas están esas hermanas...! O esas madres de longevidad milagrosa, cuidadoras del hermano o hijo cura. Mujeres que sabían convertir en cálido hogar vetustas e inhóspitas viviendas.
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Don Rodrigo había sido capellán de campamentos en la sierra, y de dos conventos de monjas de clausura; hasta que su obispo le nombró coadjutor de muy poblada parroquia donde finalmente sucedió a su predecesor. Nunca aspiró a ser obispo -"qué locura"- sino a sólo estar con sus feligreses. Un día de esos de guerra y persecución endemoniada, unos activistas le llevaron a una cárcel a espera de matarle junto a otros "condenados". De entre el montón de ejecutados él no recibió el tiro de gracia y, medio muerto, se fue a su casa, "porque Dios lo quiso", sin más luz que una luna de cuarto "rezando entre lágrimas un padrenuestro por todos aquellos pobrecitos.”

En sus largos setenta conservaba una alegría juvenil adornada de sano y agudo humor. Venía a nuestra casa a comer un sábado al mes.

-¿Que quiere usted para hoy Don Rodrigo?" -le preguntaba mi mujer.

Y él, un pajarito que apenas comía, bromeaba:

-Pues, algo ligero... ¡Un par de liebres!"

Y qué decir del amor a las almas con muchas horas de confesiones. El amor a las almas no es cosa que se proteste sino que se demuestra por sus frutos. Como le pasaba a Dom Bosco, que le preguntaban por qué le seguían tantos chicos abandonados en las calles; que qué les decía. Y San Juan Bosco contestaba: "Nada, simplemente les digo que Dios les quiere." Lo mismo podríamos decir de todos los donrrodrigos que ha disfrutado la Iglesia.

Tantos años de juicioso ministerio hacían casi imposible acompañar a Don Rodrigo por las calles de la ciudad, pues que le paraban constantemente. Esa popularidad se expresaba de muchas maneras. Quizás sea la más selecta las colas de espera para confesarse con él. Una tarde que tuve la suerte de encontrarle libre en su confesionario quise aprovechar para confesarme, pero una muchacha vino por no sé cuál urgencia que le obligó a salir. “Ven mañana”, me dijo saliendo a escape. Pude ver entonces en el asiento lo que solía tapar su sotana: Un catecismo Ripalda con una estampa de la Virgen del Pilar. ¡Su manual de instrucciones!
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Mi viaje más rural

Un día me pidió que le dejara acompañarme en alguno de mis viajes profesionales. Mi empresa producía unas vacunas y medicamentos veterinarios muy afamados, y yo buscaba organizar algo parecido a una red distribuidora. Don Rodrigo aprovecharía para saber de familias amigas en pueblos de mi ruta. Bien debo anticipar que el aprovechado fui yo de lo que resultó una experiencia inolvidable.

Era aquella una mañana de niebla y escarcha. A las ocho, puntual como un clavo, estaba esperándome a la puerta de su casa. Maletín pequeño, sotana descolorida, y en la cabeza una boina, Don Rodrigo se sentó a mi lado. Ya en la carretera inició unos latines que terminó con su acostumbrada jaculatoria: "Que San Rafael bendito nos lleve por buen caminito."

*

Era un mes de marzo al norte de la estepa castellana. El frío daba al paisaje una serenidad y belleza increibles. Mi Citroën-GS se metía por estrechas carreteras comarcales que atravesaban hectáreas de remolacha azucarera, de garbanzos y campos de cebada verderona bajo cielos de un azul pintado. Si a 80 por hora divisábamos cipreses como lanzas de un cementerio, Don Rodrigo les echaba una bendición: Requiescat in pace, decía. E invariablemente me contaba de alguien que estaba allí enterrado.

A lo lejos vimos un gran rebaño de ovejas. Don Rodrigo me dijo: "¡Hombre! A ver si puedieras desviarte... Seguro que son las del Segis." ¡Ah! Cómo me alegra todavía aquel aparte de mi camino. Nos acercamos cuanto pudimos y llegados adonde ya no pasaba el coche, Don Rodrigo salió y le hizo señas mientras yo sonaba el claxon.

"El Segis" era un joven pastor de 61 años, hijo y nieto de pastores. Mucho reto es para mí describir el lustre de su tez tostada que amanecía sobre una barba blanca; sus ojos francos y socarrones, una sonrisa generosa y aquel hablar de acento campero. Cuando vio "salir del coche la sotana" pensó si sería una urgencia de casa. Imposible describir aquí su sorpresa, respeto y cariño ante Don Rodrigo, que le repasó a toda su familia, desde los nietos hasta los padres. Yo escuchaba embobado. Mientras charlábamos -charlaban ellos-, sentados los tres en dos soleadas piedras, Segis, cada cinco minutos daba una voz al perro, que le obedecía como el mejor de los sargentos reagrupando la tropa.
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Qué grande Don Rodrigo, fortuna inesperada de mi viaje; sabio inolvidable del ser y del estar; hilo superconductor del amor de Dios por nosotros y de nosotros a Dios. Delante de los paisajes y las carreteras que se comía el parabrisas repasábamos las cosas más dispares. Me obligaba -es un decir- a rezar el Ángelus, el rosario...

Hablando de las gentes que podríamos visitar, fácilmente surgía el filosofar sobre riquezas y pobrezas. Según él, era de locos considerarlas el doble carril de nuestras ambiciones y desgracias. Para enseguida coincidir en que el primer error procedía de llamar riqueza a la propiedad de las cosas -error descrito por Aristóteles-, aun sin disfrutarlas, y a la acumulación del dinero sin fructificarlo. Me distinguía que fructificar era lo importante y no el multiplicar, es decir, acumular. "Ya sabes, ¿no? - me decía - El dinero en el banco es sólo el principio actor, el instrumento. Pero si no se usa ¿para quién sirve?"

Y Don Rodrigo, que gustaba tanto de hablar de estas cosas, me repetía aquello de las riquezas que se apolillan o el dinero que te roban los ladrones. Que el mayor valor se esconde en la respuesta a las oportunidades, en la curiosidad por lo que nos supera, la pureza de intenciones, el disfrute de la amistad ("la mejor de todas, la de tu esposa"), el calor de un hogar cristiano, la educación por encima de normas, el gusto por el conocimiento, el sentido de trascendencia y el placer de levantar la cabeza sobre las dificultades, que venir vendrán, seguro.

Y remataba que tales riquezas solo eran posible con sentido religioso.

Lo que me entusiasmaba era oir tanto bueno de persona tan sencilla y modesta. ¡Qué contraste con esos sacerdotes de alto copete y sotanas de alpaca, pertenecientes a organismos elitistas sin otro afán y orgullo que el de su corporativismo! ¡Que voy a decir, si le rezan más a su fundador que a la Virgen!
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"Estar en la gloria..."

Apartados de rutas principales, y secundarias, visitamos a algunas familias labradoras. Recuerdo a un viejo ex-alcalde y a una farmacéutica.En cada caso Don Rodrigo los había casado a ellos y a sus padres. Lo mejor fue la visita a una familia que producía vino y jamones. A todos los miembros también los había bautizado y casado. Tenían una casa antigua a la que sólo le faltaba el blasón, y unas cuevas o bodegas con toneles de vino y cientos de perniles colgando del techo. Pero, sin la menor duda, lo imposible de olvidar fue el sistema de calefacción que tenía aquella grande y maciza casa: "la gloria". Se llama así a una calefacción heredada de la Hispania romana, consistente en uno o dos túneles semisótano donde la paja en ascuas mantenía los suelos calientes. Me pareció todo un hallazgo arqueológico. Lo primero que me llamó la atención fue la ropa blanca tendida por el suelo -"tendida", el verbo correcto para este menester- en perfecta geometría para no estorbar el paso. Un suelo caliente de baldosa de arcilla roja. Aprendí entonces que estar en la gloria era algo mucho más terreno que lo imaginado en las catequeis.

¡Cómo nos reciberon! Lo digo en plural pues yo pasaba a ser tan importante como el cura, por llevarle. Cariño casi de familia y reverencia a su condición sagrada se manifestaban juntos y diferenciados. Yo disfrutaba con aquella imprevista aparición de una España de realidades católicas. Una vez sentados a comer, se me ocurrió decir:

-Don Rodrigo, usted debe haber casado a todos los habitantes de esta provincia.

A lo que la anfitriona respondió:

-¿Don Rodrigo...? ¡A todos y a la mitad!

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Recordando estas cosas me viene el dolor por cuánto se esmeró la revolución anticristiana por apartar de nuestros pueblos y comarcas a los curas tradicionales. Qué ladino fue el progresismo para infundir en la vocación pastoral criterios de incomodidades inexistentes. Claro que, muy comprensible, cuando la vocación se "estimula" en considerar las parroquias como franquicias comerciales.

Todos tendemos hacia Dios de alguna manera en cualquiera que sea nuestro estado. Incluso todo joven atraído por una muchacha adorable -o viceversa- camina hacia Dios aun sin saberlo. Detrás de esa pareja espera una boda que se hace ante Dios; un compromiso de familia -hijos- que se acepta también, entero y para siempre, delante de Dios, y un perpetuo aprendizaje de renuncias y agradecimientos que nos coloca por sorpresa en la vejez... y a dos minutos delante de Dios.

Este común denominador, "Dios", hace que el sacerdote sea fundamental e irreemplazable en una sociedad cristiana. Y donde mejor se expresa esta condición es en el "cura párroco", de aldea, de barrio.
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