Malos tiempos para el agua
06.04.08 @ 11:24:18. Archivado en sociedad
Desde hace algún tiempo el agua está convirtiéndose en un producto de lujo, en los más afamados restaurantes la carta de aguas de diversos gustos y procedencia ha entablado una feroz competencia con la carta de vinos mientras en las estanterías de las tiendas de delicatessen podemos encontrar aguas de todo el mundo. Por no hablar de lo cara que va a ponerse el agua si la pertinaz sequía continua instalada en nuestra geografía. Hoy en día una botella de agua procedente de un manantial hawaiano es más apreciada por algunos gourmets que el mejor caldo de la mejor añada de la primera región vinícola mundial, ya se viene encargando la Dirección General de Tráfico con su resta de puntos del carné de conducir de ir encauzando nuestras papilas gustatorias hacía el disfrute del incoloro elemento.
Quedan ya lejanos aquellos tiempos en los que el agua se mantenía fresca en los botijos, recipientes que no faltaban en las casas para mitigar los calores del estío añadiendo al agua unas gotas de anís. Los más pudientes tenían en el comedor un “filtro Sinai”, que al mismo tiempo que servía de elemento decorativo filtraba el agua quitándole el sabor a cloro. Y a los niños de la posguerra, faltos de cal y buenos alimentos, las madres nos daban un “chupito” de agua que sacaban de una tina en la que habían introducido una piedra de cal y una llave oxidada. Era una manera, barata, de que nuestro cuerpo tomará cal y hierro mediante unos procedimientos nada científicos pero si experimentados por la sabiduría popular.
Nunca vimos el agua como un bien a extinguir, durante años la hemos visto correr libre y abundante por los campos de la huerta de Valencia y en más de una ocasión se ha enfadado con la humanidad y ha expresado su venganza saliéndose de madre inundando campos y calles llevándose por delante en su furioso camino hacia el mar vidas y haciendas. No te fíes del agua mansa nos decían los más ancianos poniéndonos sobre aviso del peligro de bañarnos en los pequeños estanques que se formaban en las acequias y que solían ser una trampa para los que, intrépidos, se atrevían a bañarse en ellos. El agua nos acompaña desde el principio de nuestra vida ya que la mayoría, siendo bebés, hemos sido pasados por la pila bautismal donde con un simple chorretón de agua nos han hecho miembros de una religión. Y muchos hemos bebido ocho vasos diarios de agua como terapia para no engordar y eliminar toxinas.
Pero ahora se han vuelto las tornas y el agua comienza a ser como el caviar, un bien escaso y en proceso de extinción al tiempo que unos ilustres galenos publican un artículo en una prestigiosa revista científica donde machacan el mito de los terapéuticos ocho vasos de agua para dejarlo en pura leyenda urbana. Los nefrólogos de Pensilvania (USA) Don Negoiaun y Stanley Goldfarb han publicado un artículo en la revista Journal of the American Society of Nephrology en el que estos prestigiosos especialistas en trastornos renales afirman que “no existe prueba definitiva de que beber ocho vasos de agua al día ayude a no aumentar el peso “al tiempo que indican que no se sabe de donde surgió esta recomendación, así como establecen que tampoco hay relación entre tener pequeñas cefaleas y beber poco agua. Lo único que parece seguro es que el agua es necesaria para reponer los líquidos que se pierden con la sudoración y el esfuerzo y que si se bebe poca la piel queda deshidratada y toma un aspecto envejecido.
Quizás este descubrimiento de los doctores de Pensilvania nos haga más llevaderas las restricciones que se avecinan si no llueve pronto. En Catalunya el Consejero encargado del tema se ha declarado agnóstico pero ha indicado a la ciudadanía que no estaría de más implorar a la Moreneta que, aunque no sea la Virgen de la Cueva, haga llover. Que llueva, que llueva, la Virgen de la Cueva, cantábamos de niños, hoy ya no sabemos a quien encomendarnos para poder seguir duchándonos, tirando de la cadena del inodoro y bebiendo tan sólo un vaso de agua. Malos tiempos para el agua y malos tiempos para nosotros que la hemos despilfarrado muy a menudo.
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¿Qué tendrá que ver eso con la España
que con dos gotas de agua ya se apaña,
aunque solo se lave una pezuña?
(Don Chirigo)
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Rafa Esteve-Casanova
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