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Industria cultural con fronteras

Permalink 27.12.06 @ 19:27:10. Archivado en Sobrevivir al XXI

La semana pasada nos desayunamos con la noticia de que 35 países, entre ellos España, habían ratificado en el seno de la Unesco la llamada Convención sobre la Protección y la Promoción de la Diversidad Cultural.

Dicho acuerdo persigue 'preservar la cultura de la voracidad industrial y de la globalización indiscriminada' y garantizar los derechos de la propiedad intelectual de artistas y escritores, para 'sostener a quienes participan en la creatividad cultural'.

El número de firmantes supone el quórum suficiente para su efectividad. Otros países, Reino Unido entre ellos, se apuntarán a lo largo de próximo ejercicio.

Desgraciadamente, no estamos ante una buena noticia. Este acuerdo supone un triunfo para aquellos que quieren establecer medidas protectoras frente a las creaciones culturales de terceros países, argumentando, y en eso todos estaríamos de acuerdo, que la cultura no es un valor exclusivamente comercial.

La Convención reforzará el discurso político de los partidarios del proteccionismo cultural, sin crear nuevos instrumentos para el fomento de la cultura.

La mayoría de las medidas que propone no son más que una recopilación de iniciativas bien conocidas.

El acuerdo anima a las subvenciones, recomienda el uso del precio único del libro, anima a cierta generosidad fiscal para la promoción cultural, alienta el establecimiento de cuotas para la difusión musical de las lenguas propias, refuerza el papel de los países sobre su patrimonio histórico-cultural, incrementa los controles para limitar el tráfico internacional de obras de arte y, sobre todo, insta a acotar la penetración en el mercado cinematográfico propio la entrada de productos cinematográficos ajenos.

Pues así estamos. ¿Y cómo se protegerá a cada cultura frente al tsunami globalizador? Pues, básicamente, poniendo freno a la compra de productos culturales norteamericanos, que, de verdad, es de lo que se trata.

Detrás de todas esas declaraciones de hermosos principios en los que todos podríamos coincidir, se esconde el interés de limitar la exitosa implantación del cine, literatura y música procedente de Estados Unidos.

Estamos de acuerdo en que debemos incentivar a la propia cultura, faltaría más. Pero nunca prohibiendo la creatividad de terceros, o alimentando artificialmente la cultura que ofrecen los aledaños del poder.

Pensar que se puede conseguir mejorar la cultura cerrando fronteras o impidiendo ver a la población las películas que desea es un auténtico dislate, camino seguro para terminar de enterrar a las titubeantes industrias culturales de esos países que dicen convertirse en paladines de su propia cultura.

Mal camino escogéis, Sancho. Mucho más inteligente sería invertir en formación y educación de la población, en vez de prohibir y subvencionar, las dos palabras preferidas de los impenitentes proteccionistas. Francia es el principal impulsor de estas medidas proteccionistas. ¿Habría actuado de idéntica manera durante los más de cien años en los que su cultura fue el espejo en el que todos se miraban?

Sin duda alguna que no. Y por eso adopta ahora la pose propia del coloso decadente. La culpa de que ya no lean a sus autores, que no vean sus películas o que no escuchen su música es responsabilidad del malo de turno y nunca de su propio agotamiento en ideas y creatividad.

Como es natural, Estados Unidos se ha opuesto al acuerdo, acusándolo de 'proteccionismo trasnochado'. No le falta razón en su oposición, van todos contra él.

Ahora bien… ¿qué ocurriría si dentro de 20 años fuese el cine chino el que arrasara en sus pantallas y más del 85% del cine que se viese en EE UU procediera de Extremo Oriente? Sin duda alguna, correría a apuntarse al club proteccionista de la Convención, que así de mudables son las cosas de la economía y la política.

Por eso es sensato mantener principios generales. El sentido común nos dice que eso de establecer un ley seca cultural, que condene al público que quiera ver cine norteamericano a tener que adquirirlo de contrabando, es un error, que establece, además, un peligroso principio. ¿Qué ocurriría si, por ejemplo, en América Latina se establecieran prohibiciones para la importación de libros de España bajo el noble argumento de proteger a su industria cultural?

Me temo que la Convención no ayudará a la cultura general, sino que beneficiará al bolsillo particular de los que ya no son capaces de entusiasmar a nadie.


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