Periodista Latino

"El alma de los verdugos", de Baltasar Garzón y Vicente Romero

17.01.08 | 11:03. Archivado en Cuba
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Extraordinario trabajo de investigación periodística sobre la represión de la dictadura argentina, en el que se trata de responder a la pregunta de “quiénes son esas personas aparentemente normales, padres ejemplares o trabajadores modélicos que cada mañana despiden a sus hijos en el colegio para a continuación entrar en un sótano y torturar a un prisionero político”. A través de entrevistas a numerosas víctimas y de sobrecogedores relatos de los propios verdugos, el juez Baltasar Garzón y el periodista Vicente Romero retratan y analizan la represión más cruenta que ha tenido lugar en América Latina.

Editado por RBA Contemporánea.

Casa de América. Entrada libre

17/01/2008 20:00

EL LIBRO

« ¿Quiénes son esos tipos que, tras despedirse de sus hijos con un beso, acuden a su trabajo como funcionarios ejemplares para torturar o asesinar a prisioneros políticos? ¿Cómo sienten y piensan los sicarios del Estado?» Los autores de este extraordinario trabajo de investigación afirman que se trata de personas normales, delincuentes a quienes la impunidad permite quebrantar todos los límites.

El alma de los verdugos es el resultado de la colaboración entre un juez y un periodista involucrados en la defensa de los derechos humanos; uno como enviado especial a Argentina y Chile, donde ha recogido numerosos testimonios y ha escrito reportajes en los que profusamente ha denunciado los crímenes de aquellos gobiernos anticonstitucionales que durante décadas se mantuvieron impunes; otro en el papel del magistrado que impulsó y ha participado activamente en procesos abiertos contra militares chilenos y argentinos, desde Pinochet, encausado por genocidio, terrorismo y torturas, hasta Scilingo y Cavallo, cuyos juicios han abierto el camino al concepto de justicia universal.

Así pues, El alma de los verdugos da cuenta de un momento concreto de la historia del terror político contemporáneo, el espanto de las dictaduras argentina y chilena, pero sin duda constituye una memoria ‘ejemplar’, de lo que siempre puede volver a ocurrir. Y es que en cierta forma, el terror político está en el origen del estado como lo entendemos hoy en día en Occidente (basta pensar en la Revolución francesa), y de allí el imperativo de mantenerlo a raya mediante el compromiso ético y político de todos los ciudadanos, pero también de la comunidad internacional, que a veces llega demasiado tarde, o con los ojos empañados, a lo que está ocurriendo lejos de casa.

Se trata, pues, de una memoria ‘ejemplar’ porque, con inadmisible frecuencia, sigue ocurriendo que en nombre del estado o, peor aún, del pueblo, de Dios o incluso de la ley, algunos comienzan por desarticular y pervertir la constitucionalidad para acabar dando pie a lo que Hannah Arendt denominó en su momento la «banalidad del mal», quizá el único absoluto transhistórico que pareciera sobrevivir en estos tiempos ‘líquidos’, desengañados y de mal entendido relativismo. Tiempos según y cómo olvidadizos, y por lo mismo propensos a repetir errores; de allí la importancia incontrovertible de la tan penosamente cacareada memoria histórica.

Banal o a secas, el mal puede resultar abstracto como término, pero demasiadas veces se encarna en dictaduras militares, en las que no se distinguen izquierdas y derechas (aunque en el caso de Argentina y Chile el ‘comunismo’ fuese el enemigo declarado, del estado y de la iglesia que en el caos argentino bendijo en gran medida la represión); o bien encarnan en pseudos-democracias pero, sobre todo, en verdugos con nombre y apellido como los que azotaron a Chile y Argentina durante los llamados años de plomo, años de culpas morales promovidas por un régimen difusamente llamado ‘dictadura’, pero también de culpas jurídicas individuales, que aún quedan por expiar a título personal, si bien son cada vez más los verdugos deben hacer frente a la justicia mientras, en una doble articulación, «el curso del tiempo ha debilitado el manto de silencio con que las dictaduras castrenses cubrieron a los autores materiales de la represión».

He aquí, pues, un intento de justicia, de restitución de aquello «que casi se nos ha perdido», como señala Harold Pinter en el discurso de aceptación del Nobel, del que Garzón y Romero recogen un fragmento a modo de epígrafe. He aquí un recuento de lo que se ha hecho, sobre todo en Argentina, pero también Chile; un recuento de lo que resta por hacer, y que pasa por asomarse al horror de lo ocurrido y difundirlo.

He aquí un monumento a lo que se intentó arrebatar a las miles de víctimas de aquellas gobiernos obscenos: «la dignidad como personas» (Pinter), algo que perdemos todos al permitir, por omisión, la existencia de este tipo de regímenes: en América, en África, en Asia, en dónde sea. He aquí «un homenaje a las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, cuyos movimientos constituyeron el revulsivo para que despertara una sociedad adormecida durante el periodo del terror». Y he aquí, por fuerza, y ante todo, una tentativa «de conocer a los verdugos» o, si se quiere, de pedagogía del horror, eso para unos resulta increíble e incomprensible y para otros casi natural.

He aquí un intento de desgranar «el factor humano [que] aún continúa desafiando a la razón, más allá del análisis de los hechos históricos». Un duro ejercicio, de justicia y de acercamiento al otro ¬(eso de lo que precisamente no son capaces los estados del terror y sus verdugos): «escuchar a los sicarios del Estado o a sus mentores y defensores cuando exponen imposibles justificaciones para las atrocidades de que fueron autores, y contrastarlas con los dramáticos testimonios de las escasas víctimas sobrevivientes».

Pensado inicialmente como un documental para Televisión Española, la cantidad de materiales que los autores recogieron durante su producción sobrepasaba los límites que podía permitirse un reportaje televisivo, y debido a los condicionantes del medio, se corría el riesgo de reducir el necesario debate sobre la salud mental de los verdugos a una justificación por enfermedad, «cuando se trata de seres normales cuyas patologías no pasan de ser deformaciones de la conducta creadas por una ideología tan extendida como presente».

Fue así como se decidió convertir estos materiales no sólo en un largometraje documental que TVE comenzaría a realizar en octubre de 2006 en Argentina, sino en un libro, acompañado de un DVD, que permitiera a los lectores intentar comprender la existencia de los verdugos a partir de testimonios más completos de sus víctimas. O de las relativamente escasas víctimas que pudieran testimoniar: la paradoja eterna de la memoria del horror, que los muertos no puedan hablar. A modo de ejemplo, he aquí un breve fragmento del testimonio de una sobreviviente de torturas, Adriana Calvo de Laborde, una de las pocas madres no desaparecidas:

“…el embarazo no impedía la tortura ni la hacía menos violenta. Casi todos los partos se producían en el suelo o con la detenida encapuchada y atada sobre alguna mesa, siempre rodeada de guardias que contemplaban el espectáculo. Sin embargo, como los bebés eran considerados botín de guerra, en algunos lugares el trato y la cantidad de comida que recibían las embarazadas dependía mucho de su aspecto: se privilegiaba a las que eran jóvenes, bonitas, rubias, con ojos grandes. Porque ellos esperaban que esas mujeres les proporcionaran criaturas hermosas y saludables para retenerlas como propias, para ofrecérselas a sus superiores o para venderlas al mejor precio. Pocas horas después del parto, que podían llegar a dos o tres días, le quitaban el niño a la madre diciendo que iba
a ser entregado a su familia. Y la eliminaban”.

También se elabora el acercamiento a través de la recreación del entorno político y familiar de estos funcionarios del crimen, «mediante los relatos de sus hijos o quienes creyeron serlo y de las opiniones de sus colegas, defensores y cómplices e, incluso, a través de las propias explicaciones de los verdugos». Por último, los autores han intentado recoger «las opiniones de hombres que encarnaron la lucha por la Justicia en situaciones muy difíciles», así como de otros expertos en la materia.

El rigor y el profesionalismo definirían el método de trabajo: «el magistrado no participaría en las entrevistas con personas que estuvieran implicadas o hubieran declarado ante él como testigos en procesos incoados en la Audiencia Nacional. Y tanto la realización del documental como la del libro serían responsabilidad del periodista».

Por otra parte, se habrían de mantener ciertos límites, «respetando los criterios manifestados por las víctimas de la represión». De suerte que no se señala la posición política de los detenidos.

“…excepto cuando supone un dato imprescindible para la comprensión de los hechos o si los propios afectados han querido que se mencionara. Porque ninguna militancia —ni siquiera en organizaciones armadas, guerrilleras o terroristas— puede justificar detenciones y confinamientos ilegales, torturas, asesinatos o desapariciones. Y porque la inocencia de los perseguidos tampoco determinaba su supervivencia”.

En contra del sensacionalismo, los autores no intentaron forzar los testimonios, interrumpir sus silencios. No se trataba, pues, de «elaborar un exhaustivo catálogo de la barbarie», sino «tan sólo ofrecer unas muestras» de la inabarcable realidad que vivieron «miles de secuestrados por hombres armados sin identificar, cuyo último rastro se perdió en un cuartel o una comisaría de policía.» No por ello resultó menos arduo «seleccionar unas decenas de sobrevivientes del horror que aportaran relatos significativos sobre sus verdugos, entre centenares de candidatos posibles cuyas experiencias han sido recogidas y publicadas por distintas entidades de derechos humanos» en Argentina.

Y es que se trata, principalmente, de testimonios acerca de la dictadura argentina, aunque por primera vez se publica el testimonio de un técnico aeronáutico chileno que confiesa haber colaborado en los vuelos de la muerte en Argentina. Pero, como señala Saramago en el Prólogo a El alma de los verdugos, el General Videla (por nombrar nada más a aquel que afirmaba que en Argentina «van a tener que morir todas las personas que sean necesarias (sic) para lograr la seguridad del país») ha sido sólo «uno de los más detestables protagonistas» pero, precisamente, no el único «de la sangrienta y por lo visto infinita historia de la tortura y del asesinato en el mundo».

2 comentarios


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Comentarios
  • Comentario por santiago 05.03.08 | 20:01

    acaso dudais vos del trabajo de este gran hombre en la lucha antiterrorista?

  • Comentario por EL GAUCHO DESDE LA BOMBONERA 17.01.08 | 23:26

    Ya podía el Baltasar este preocuparse mejor por los 25 asesinatos que cometió el de Juana Chaus y evitar de meterse donde no se le ha llamado.

Lunes, 6 de julio

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