(PD).- Es tal el volumen de pruebas que acreditan la relación entre el antisemitismo y la estrategia general de las izquierdas, a través de prácticamente todas sus «generaciones», que resulta difícil ordenar el trabajo intelectual y no quedar desbordado.
Fue Barcepundit quien nos alertó en su blog de la existencia en la Red de Eduardo Robredo, en cuyo blog -Una máquina de Coca-Cola en el Reichstag- aparece este artículo:
Uno de los autores más interesantes para rastrear la genealogía judeófoba de la izquierda es Roger Garaudy (1913-). Este ex militante de Acción Católica engrosó las filas del Partido Comunista Francés y llegó a doctorarse en la Universidad de Moscú con una tesis sobre la teoría materialista de la conciencia.
Tras pasar por Mayo del 68, aquella fábrica de suicidas y de registradores de la propiedad, en 1982 se convierte finalmente al Islam, «la más ecuménica de las religiones».
Las ideas de Garaudy han llegado lejos, y su «diálogo de civilizaciones» ha sido transformado en la «alianza de las civilizaciones» que abandera hoy nuestro presidente Rodríguez.
Garaudy es un evocador de las «ocasiones perdidas» de la Historia:
«el genocidio de los indios americanos, la trata de negros que aniquiló a 100 millones de africanos, el colonialismo y sus secuelas, la ignorancia de las riquísimas culturas y civilizaciones no occidentales».
Imposible no encontrar aquí los mismos aires de familia que atraviesan las críticas anti-imperialistas y anti-capitalistas del presente.
Un nuevo yihadismo político invade Europa o, como asegura Orianna Fallaci: Eurabia.
Pese al respeto hacia las «religiones del libro» que invocan los musulmanes más tolerantes, no hay duda de que el antisemitismo y el antisionismo configura una parte esencial en el quehacer del nuevo Imperio Islamista; un imperio que, en España, pasará ante todo por la recuperación del «legado andalusí» y aquel en buena medida mítico pasado de las «tres culturas».
Alan Finkielkraut analiza en En el nombre del otro (Seix Barral) la evolución del antisemitismo europeo, señalando el cambio del proletario por el musulmán, en cuanto sujetos renovados de la opresión capitalista-sionista y de la lucha de clases.
Este planteamiento no es incoherente con la tradición de la izquierda comunista. El judaísmo ya había sido considerado, en el análisis marxista clásico, como una especie de antecedente religioso del capitalismo.
Carlos Marx habría sido el pensador judío «anti-judío» por excelencia, como apunta el historiador Paul Johnson.
Es cierto que los marxistas científicos nunca apelarían a la «fe de los pueblos», o a la «crítica del logocentrismo» occidental, ni rechazarían en bloque las estrategias del colonialismo (sobre todo cuando son ellos los colonos), pero no cabe duda de que existe una relación genética y esencial entre el pensamiento anti-capitalista marxista, las izquierdas y el antisemitismo.
El presente apunta, en efecto, hacia una «nueva forma de rechazo» del judío, por mucho que este antisemitismo de supuesto nuevo cuño se guarde mucho del estigma racista (Chomsky, Saramago...) al pretender concentrarse en la crítica del sionismo y del Estado de Israel.
En una tradición, por cierto, que no dejaría de suscribir el propio Lenin:
«Quien quiera que directa o indirectamente proponga el lema de una cultura nacional judía es un enemigo del proletariado, un partidario de lo antiguo y de la posición de casta de los judíos, un cómplice de los rabinos y de los burgueses».
Entre el comunismo, el izquierdismo y el antisemitismo existe un lazo difícil de romper.
El Socialismo Revolucionario no da comienzo ex novo con Marx y Engels como a los marxistas les agrada pensar. Por el contrario, arraiga en una prolongada y secular tradición que incluye no sólo a los «socialistas utópicos» contra los que tanta ira malgastara el propio Marx (como si él mismo no fuera un utópico), sino a los socialistas ricardianos (con los cuales Marx contraerá una deuda jamás pagada) o a los intelectuales radicales judíos al estilo de Heine para el que la «libertad es la nueva religión», «los franceses son el pueblo elegido» y «París es la nueva Jerusalén».
Uno de los jóvenes «judíos» que desarrollarán este socialismo revolucionario es Carlos Marx, que llega a París en 1843.
Marx, es verdad, carece de educación judía, y no sólo es que jamás se molestara en adquirirla, sino que no mostró la menor sensibilidad por los problemas sufridos por los judíos europeos de su tiempo:
«Los judíos de Polonia son la más sucia de todas las razas».
¡Menudas perlas! Ahora bien, pese a que Marx recoge y amplía la metáfora de Heine, en el sentido de que la religión vendría a ser una especie de «opio espiritual», en realidad sólo forzando mucho la historia podría considerarse al poeta judeo-alemán una especie de «Juan Bautista» del marxismo.
Parece que Marx reprochaba a Heine, con su característica delicadeza:
«Renuncia a esos eternos lamentos acerca del amor y muestra a los poetas líricos como debe hacerse: con el látigo».
Pues bien, Marx no sólo habría asumido plenamente la teoría hegeliana sobre el progreso del espíritu (si bien «dándole la vuelta del revés») sino que, en opinión de Paul Johnson, la propia teoría marxista no sería mucho más que un «astuto fragmento de superstición judía».
Sin duda esta es una exageración retórica, pero no tan falta de verdad como quisieran los partidarios del «corte epistemológico» al estilo de Althusser y socios. Y ello porque el marxismo no es; digámoslo claramente- ninguna «ciencia rigurosa» libre de ideología. Si hablamos de ideologías, ¿acaso el «obrerismo» no es también una ideología, como bien señalaba Schumpeter?
Aunque el recuerdo de estas relaciones y geneaologías resulta molesto para los afines al socialismo, hay que decir que dentro del marxismo «científico» laten no pocos elementos originarios de la apocalíptica y el mesianismo judíos (y cristianos). La propia doctrina marxiana sobre el gobierno descansa en una noción inequívocamente catedocrática, en la cual el partido aparece, sobre todo a partir de Lenin, como «vanguardia» del proletariado.
Además, la metodología de investigación que sigue Marx durante toda su vida es de estirpe claramente rabínica. El de Tréveris nunca visitó una fábrica e incluso llegó a considerarse a sí mismo una especie de «máquina condenada a devorar libros».
La ascendencia anti-judía del pensamiento marxiano no es ninguna casualidad.
Tampoco es esto cosa de la «petit historie» o del anecdotario biográfico, sino, en el análisis de Johnson, una clave fundamental para comprender el cuerpo teórico del marxismo y su evolución posterior hacia un socialismo presuntamente «científico» del cual se quiere deducir nada menos que una teoría emancipatoria para toda la humanidad. Es normal que, ante una iniciativa semejante, nos tomemos la molestia de someter la propuesta a la confrontación racional.
Muchos hemos comprendido ya que el comunismo marxiano es, en realidad, un subproducto filosófico del antisemitismo. El mismo Bruno Bauer, líder anti-semita de la izquierda hegeliana, predicó la renuncia de los judíos al judaísmo en nombre de la «liberación humana» de la religión y de la «tiranía estatal» (Marx era sólo «estatista» en la medida en que deseaba cargarse finalmente al Estado).
La «cuestión judía» ocupa, según esto, un lugar central dentro del análisis socialista «científico»:
«el judío determina el destino de todo el imperio (austríaco) con su poder monetario y decide el destino de Europa».
El Mal es, para Marx, de carácter esencialmente social y económico; y los judíos habrían sido nada menos que los principales culpables de contagiar esta religión «práctica» del dinero a toda la sociedad:
«El dinero es la esencia alienada del trabajo y la existencia del hombre».
Hay, pues, que «imposibilitar la existencia del judío» (como tal judío). La emancipación de la humanidad empieza por la emancipación de los judíos, es decir, del dinero.
El judío arquetípico es paulatinamente sustituído por el capitalista arquetípico; figura de contornos sombríos, encarnación humana del mal que roba la verdadera esencia del trabajo y el alma del mundo.
Junto con el reconocimiento del papel revolucionario de la burguesía, Marx siempre consideró el comercio y las finanzas «burguesas» como actividades más bien «parasitarias». De la misma forma, el arquetipo del usurero casaba a la perfección con el judío avaro y errante.
¿Constituye el marxismo una novedad absoluta? No. Este pensamiento no es nada extraño a la tradición romántica y de la sozialpolitik que consolida Bismark, cuyos ideales de «organización» serán retomados por el socialismo de guerra (Ludendorff) y más tarde por la «planificación» comunista.
Un fino hilo conduce del socialismo al comunismo, y de este, al fascismo.
Otra prueba favorable a la relación entre izquierdismo (comunismo, en este caso) y antisemitismo la encontramos en el origen de la teoría leninista del imperialismo.
J. A. Hobson era un periodista de Manchester Guardian que escribió Estudio del imperialismo, en el que revelaba el papel del «capital financiero internacional» como agente principal del colonialismo y la guerra:
«¿Acaso alguien supone seriamente que es posible que un estado europeo libre emprenda una grn guerra o que emita un gran empréstito estatal si la casa Rotschild y sus relaciones se oponen?».
Estas teorías conspirativas y anti-colonialistas, que ponían al judío en el centro de la diana, fueron bien digeridas por Lenin, autor en 1916 de El imperialismo, fase superior del capitalismo. Por supuesto, la realidad histórica se ajustaba muy poco a las versiones de Hobson o de Lenin. En realidad, como ha puesto de manifiesto Schumpeter, es en los tiempos de paz cuando mejor puede desarrollarse esa cosa llamada «capitalismo».
Pero ¿a quién le importa comprender la realidad cuando de lo que se trata es de revolucionarla?
-- RESPUESTA DE EDUARDO ROBREDO --
Eduardo Robredo, autor del artículo 'El antisemitismo y la izquierda', ha remitido por correo electrónico a la redacción de PERIODISTA DIGITAL ante los comentarios suscitados por parte de algunos lectores el siguiente texto de réplica:
Ante la cascada caótica de comentarios que ha suscitado la publicación de este texto, quiero hacer algunas aclaraciones.
1. Aunque a algunas personas pueda parecerle "panfletario", el texto tiene autor y fué publicado originalmente en http://maquinareichstag.blogspot.com/. No es, por tanto, un "libelo anónimo". Habría que dejarlo en "libelo", en cualquier caso.
2. La "tesis" del artículo no es original. Está desarrollada a partir de los libros sobre historia del siglo XX y de historia de los judíos, de Paul Johnson.
3. El texto en cuestión no se planeó y escribió como si se tratara de un trabajo "científico", impecablemente académico, sino como una anotación destinada a la publicación en un blog no profesional. Muchos de los malentendidos provienen del estilo apresurado del texto, y de haber dado demasiadas cosas por sobreentendidas.
4. Nunca he pretendido sugerir que el antisemitismo, o la judeofobia, procede de la izquierda. Existe una judeofobia de "derechas", una judeofobia "religiosa", etc. Nunca he pretendido negar la judeofobia fascista, nazi, etc. El artículo no trataba de eso, no obstante, reconozco que el silencio sobre estos hechos ha podido estimular la suspicacia.
5. De lo que se trataba era de mostrar la relación histórica y filosófica entre la izquierda (sobre todo la izquierda marxista) y la judeofobia, y no de todas las formas históricas y filosóficas de antisemitismo.
6. Todas las citas y hechos históricos mencionados en el texto son correctos y fácilmente contrastables.
7. Cualquier opinión filosófica e histórica puede y de hecho debe ser racionalmente sometida al debate, verificada y revisada constantemente. Ahora bien, de momento ninguno de los argumentos presentados en contra me hace variar la posición básica: que sí existe una relación esencial (y filosófica) entre el antisemitismo y una parte importante de la izquierda, en particular del marxismo. Esta relación no depende de los "sentimientos" particulares de la gente que, por ejemplo, se considere "de izquierdas", sino de la contrastación con los textos canónicos del izquierdismo, y de los hechos históricos que desencadenaron.
Saludos
Viernes, 27 de noviembre
Antonio Pérez Henares
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