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La cerrazón... y los toros

Permalink 23.02.13 @ 12:56:01. Archivado en Psicología

Según el diccionario de la Real Academia Española la palabra con la que titulo el presente artículo significa en su segunda acepción “incapacidad de comprender algo por ignorancia o prejuicio”. Los casos de ignorancia voy a dejarlos. Es suficiente con recomendar a las personas que sufren esta grave obnubilación mental que lean, y que lean a autores antagónicos, que comparen sus respectivos puntos de vista, que no se precipiten en juzgar pero que juzguen. Porque juzgar no es malo, sino todo lo contrario; lo malo es, obviamente, juzgar mal. Es decir, hacerlo sin darle a cada uno lo que le corresponde, como recomendara Santo Tomás de Aquino (1).

Pero lo peor es el prejuicio en quien por su formación cultural sí debe suponérsele capacidad suficiente para ser objetivo. Aunque no siempre esa falta de objetividad se deba al prejuicio; frecuentemente son otras las causas. Los escritores profesionales, los periodistas, muchas veces escriben cosas que parecen prejuiciosas pero que, en realidad, no son otra cosa más que concesiones al público que les lee. Es decir, más que dejarse llevar por el prejucio lo que hacen es prostituir su escritura vendiéndola al mejor postor.

Tampoco son estos merecedores de mayor atención. Lo verdaderamente interesante, desde un punto de vista psicológico, de investigación de las causas de la conducta humana, es, a mí parecer, el prejuicio de la persona culta, bien preparada intelectualmente, profundamente honesta, con verdadero afán de ser justa... Quizás me dirán algunos que no es concebible un enjuiciamiento tan irracional en una persona con dichas características. Pues... yo creo que se equivocarán quienes así piensen.

Y es que el ser humano es mucho más que su intelecto y, por tanto, la conciencia del bien y del mal, de lo justo y de lo injusto, transciende a este. Es más: incluso se sirve del propio intelecto para justificar lo que en puridad podría parecer injustificable visto sin esos anteojos especiales que convierten lo blanco en negro y viceversa.

Un prejuicio muy extendido es considerar que los animales carecen de derechos (2) y que están no solo al servicio del ser humano sino también al capricho de este por cruel que sea. Y naturalmente hablan de derechos éticos, puesto que el derecho positivo de muchos países, incluso el de España, sí les concede determinados derechos cuya transgresión implicaría responsabilidades incluso penales. A este respecto cabe recordar la desafortunada intervención en el Congreso español del diputado Toni Cantó, en la cual, pretendiendo seguramente hacer un discurso erudito, citó a Fernando Savater para decir que desde un punto de vista ético los animales carecían de derechos puesto que tampoco tenían obligaciones. Y de los derechos más fundamentales de todo ser vivo: la vida y la libertad. Que esto es un disparate puede colegirse fácilmente si pensamos que las personas disminuidas psíquicas no pueden tener obligaciones y, sin embargo, evidentemente, no creo que nadie pueda dudar de que tienen derechos... Consecuentemente, esa correlación no existe.

Pero es que para la defensa de esa infame fiesta, desgraciadamente denominada nacional, cabe todo tipo de argumentos. Y no solo en quienes los arguyen para defender determinados intereses económicos, o de quienes por su escasa formación cultural y más escasa todavía sensibilidad humana son incapaces de comprender la inmensa brutalidad, el egoísmo cerval de quien para divertirse es capaz de no compadecerse de un hermoso animal cruelmente vejado y torturado ante una masa enfervorizada por los más primitivos instintos.

Lo verdaderamente lamentable es que hayan personas que, al menos aparentemente, no tienen ningún interés económico en la perdurabilidad de ese maltrato, que, además, poseen una indudable cultura como, por ejemplo, Mario Vargas Llosa, que se empeñen en defender lo injustificable expresando juicios que no son tales, que tan solo son viejos y manoseados prejuicios absolutamente inconsistentes. Y para que comprueben lo que aquí digo, les remito a un artículo mío publicado en este mismo blog en el que creo responder muy clara y exactamente a lo que dice don Mario (3).

(1) http://www.eleutheria.ufm.edu/articulos/050921_01_lajusticia.htm
(2)
http://www.faunaiberica.org/pdf/declaracion-derechos-animales.pdf
(3) http://blogs.periodistadigital.com/pensando.php/2012/04/20/p314175

Criminales, ladrones, asesinos...

Permalink 14.02.13 @ 14:51:15. Archivado en Actualidad

Reconozco de antemano mi absoluta ignorancia sobre el tema cuyo desarrollo estoy iniciando en el presente artículo. Si lo escribo es porque me gustaría entender si las palabras pronunciadas por una representante de la Plataforma de Afectados por las Hipotecas (PAH), la señora Ada Colau, contra el representante de los bancos y contra los señores diputados, pudieran considerarse como insultos o calumnias.

Veamos, calumnia es imputar a alguien un delito que no ha cometido y que además es perseguible de oficio. Insulto, en cambio, tan solo es decir algo desagradable a alguien aunque sea cierto. Naturalmente, además de ser desagradable ha de llevar ímplicita la intención de ofender, de injuriar. Ese animus injuriandi del que hablan los expertos en Derecho. Por cierto, yo no lo soy.

A mí me parece evidente que esa señora no pretendió nunca decir que los bancos se habían apropiado de los ejeno con violencia o con fuerza, que es lo que dice, más o menos, el DRAE cuando define lo que es “robar”, cosa que hacen los ladrones. Tampoco creo que pretendiera decir que el digno representante de los bancos y sus representados había matado a alguien con alevosía, ensañamiento o por una recompensa. Quizás sí quiso decir que había causado viva aflicción y disgustos a muchas familias... Porque también el DRAE da esta acepción al verbo “asesinar”. Y claro, obviamente, es asesino quien asesina.

Igualmente, criminal es aquel que comete un delito grave, que, naturalmentente, es perseguible de oficio; y nada de lo enumerado se halla tipificado en el Código Penal. ¿Insulto, quizás? ¿Había animus injuriandi o simplemente el propósito firme y claro de describir unas determinadas conductas?

Veamos cuáles son dichas conductas.

Hubo un tiempo en España que parece ya muy lejano, pero que está muy próximo, en el que milagrosamente reinaba una relativa abundancia. Este país que no hace tanto tenía que emigrar a Alemania resurgió merced la fuente de ingresos que nos proporcionó el turismo. Esto sucedió en las postrimerías del franquismo, pasamos, pues, de una miseria más o menos dignamente llevada a una cierta bonanza económica. Y claro, el capitalismo mundial se dio cuenta de que aquí había negocio. Pero se encontraron con un problema: el franquismo. Curiosamente, este régimen surgido de un golpe militar financiado por el capitalismo nacional, que reprimió duramente a los trabajadores, que alentó a la burguesía, que procuró a los proletarios cierta movilidad social para que así se alejaran de la hidra comunista cuando esta podía ser amenazante.., en fin, que era un sistema claramente conservador y despótico, pese a lo cual había creado puestos de trabajo inamovibles e impedía la libre circulación de capitales, y eso no resultaba muy atractivo para el capitalismo internacional y globalizador.

Este capitalismo había encontrado su panacea en la democracia. Claro que solo podía ser en la falsa democracia, en ese “Estado de Derecho”, como proclaman enfáticamente, o en esa igualdad ante la ley en la que existen infinitos resquicios para burlarla. Y se produjo el segundo milagro español, creo que el primero fue con Franco. Porque este milagro se basó en la ingeniería financiera. No se avanzó en nada sustancial, no se aumentó la productividad basándose en la buena formación del capital humano, no mejoramos nuestras técnicas,. Tampoco la juventud recibiò mejor enseñanza, sino todo lo contrario; aunque eso sí: se dieron títulos con facilidad. Ni los trabajadores mejoraron en derechos, sí en salarios en un principio. Pero, claro, esto último no se podía permitir y entonces vinieron los inmigrantes para abaratar la mano de obra, para proveer de esta a los constructores de viviendas. Una mayoría de estos inmigrantes eran personas honestas, trabajadoras y que habían sido expoliadas en sus respectivos países por los mismos aprendices espurios de Adam Smith que también invadían ya nuestro país.

Bien, a la sazón, en plena euforia económica empezaron a recortarse los derechos de los trabajadores, y colaboraron a ello, sin el menor rubor, los propios sindicatos. Muchos de cuyos miembros gozaban de cierta preeminencia en las empresas, siendo ascendidos a veces por méritos ocultos. Por otra parte, no se respetaba la Constitución en todos sus aspectos. Había uno, muy grave, que se incumplía notoriamente: el derecho a la vivienda.

La verdadera solución para resolver este grave problema hubiera sido promocionar el alquiler. Para ello lo único que se le ocurrió al Sr. Boyer fue pasar de que la duración del contrato de arrendamiento fuera indefinida a que durara tan solo un año. ¿Quién puede alquilar sabiendo que tan solo tiene garantizada la vivienda durante un año? ¿Qué transcurrido este va a encontrarse en la calle?

De modo que la gente, casi todos, se reafirmaron en que lo ideal era tener una vivienda propia, que alquilarla era tirar el dinero. No pensaban que el dinero del alquiler podría ser, más menos, equivalente a los intereses que tenía pagar por la hipoteca. Tampoco pensaban en que los empresarios pedían cada vez más fuertemente la movilidad geográfica. Es decir, en una empresa que tuviera distintas ubicaciones geográficas cualquier empleado podría ser trasladado. Además, aunque lo hubieran pensado hubiesen seguido queriendo comprar. Porque encontrar una casa en alquiler aun siendo solo para un año era como buscar una aguja en un pajar.

Y estas ideas las sustentaban tanto los españoles como los inmigrantes: todos querían comprar. Así que había que construir viviendas nuevas porque si bien todos querían comprar nadie quería vender. La vivienda era una inversión segura, pensaban cándidamente.

En este contexto, numerosos aspirantes a ser propietarios, grave escasez de vivienda en alquiler, contratos de arredamiento de duración irrisoria, construcción de viviendas en auge, salarios más elevados, muchas horas extra... se introdujo una nueva variable que iba a concatenar perfectamente con todo lo anterior: los bancos disponían de dinero en abundancia que les habían prestado a un bajo interés.

Entonces empezaron a hipotecarse casi todos. Nadie leía lo que firmaba, nadie pensaba que la historia de la economía se desarrolla en fases, de expansión y de depresión. Que la demanda de viviendas y la facilidad para obtener créditos disparaba el precio de estas muy por encima de su valor real. A nadie se le ocurría pensar en eso del valor real, la mayoría ni siquiera sabía lo que era. Los bancos, los profesionales, sí debían saberlo; pero callaban. Y no solo callaban sino que inducían a sus clientes a que pidieran incluso más dinero del que necesitaban para comprar el piso, pagar los gastos notariales (tan elevados) y, ¿por qué no?, celebrar el nuevo estatus de propietario adquiriendo nuevo coche o haciendo algún crucero. Por cierto, ¿no es robar apropiarse de lo ajeno mediante el engaño? Bueno, entonces no se apropiaban de nada, es evidente, pero sí lo han hecho luego. Han aprovechado al máximo una ley, la hipotecaria de 1908, que alguien debió cambiar. ¿Quién? Pues sus señorías, a las que también “insultó” la PAH.

¿Y en qué sentido se debió de cambiar? Se habla mucho ahora de la dación en pago. Pero nadie dice nada del sentido de la palabra hipoteca. No del jurídico, que ya sabemos que procede de una ley considerada como la más injusta y regresiva existente en la Unión Europea, sino de su significado según el DRAE. Copio literalmente:

"hipoteca.
(Del lat. hypothēca, y este del gr.
1. f. Finca que sirve como garantía del pago de un crédito.
2. f. Derecho real que grava bienes inmuebles o buques, sujetándolos a responder del cumplimiento de una obligación o del pago de una deuda."

Pero no hagan mucho caso, esta entrada va a ser cambiada. ¿Habrán previsto que alguien diga que el sentido de la palabra no se corresponde con su significación jurídica?

Antes se distinguían entre las hipotecas y los créditos personales o ad honorem. Ahora ya no: entra todo en el saco. Así que si las viviendas se han depreciado por la explosión de la burbuja, y esta se ha producido por la concesión de créditos abusiva e irresponsable, y si quienes los concedieron sí podían prever lo que iba a suceder, como cualquier persona razonable puede comprender, y si muchos de los que los tomaron lo hicieron en un estado grave de necesidad de tener un techo, ¿por qué ahora una persona que no tiene trabajo, que no tiene posibilidad de encontrarlo, que no puede pagar, ha de perder el derecho a la vivienda?

Tras esta digresión vuelvo a lo de la dación en pago. Hay que preguntarse, en primer lugar, si va a tener carácter retroactivo o no. Si no lo va a tener, no sirve para nada. Ningún banco ahora dará dinero a nadie si no garantiza plenamente su cobro mediante la venta de la vivienda. Y eso porque la precariedad del empleo es tal que no puede ofrecer garantía alguna. De ahí que haya disminuido drásticamente la concesión de créditos.

Y si es con carácter retroactivo, se hablará, y será cierto, de la inseguridad jurídica que eso crearía. También se dirá que muchos que están pagando ahora por unas viviendas que valen mucho menos de lo que tienen que pagar, preferirán entregarla al banco. Así que no creo que se acepte tal opción.

Pero, en fin, para terminar me pregunto: ¿es o no un ladrón, un timador, un estafador quien ahora consuma el engaño que hizo tiempo atrás? Y si dicha estafa provoca suicidios se le podrá considerar, de acuerdo con la segunda y tercera acepciones del verbo “asesinar” como un asesino?

Ni lo afirmo ni lo niego, solo dejo esto como una simple reflexión, como una pregunta para la que yo me reservo la respuesta. Otros, con mucha mejor formación jurídica, con mayor capacidad de juzgar, los jueces, evidentemente, deberían dilucidarlo. Claro que primero necesitarán quizás que se reformasen algunas leyes, cosa que corresponde a los legisladores. Y si después de todo este proceso se obtuviera una respuesta afirmativa, sin duda se debería de indemnizar a las víctimas, de resarcirlas.

Los prejuicios anglosajones

Permalink 13.02.13 @ 11:15:57. Archivado en Actualidad

(El presente artículo lo publiqué en otro blog el día 22 de diciembre de 2006. Y como ahora vuelve a ser de actualidad me permito ponerlo aquí)

Sorprendentemente, la sensibilidad ante el dolor de los animales, la capacidad para distinguir entre la racionalidad y la barbarie, el afán de superar brutales tradiciones, el justo deseo de someter al imperio de la ley las conductas que atenten gravemente a los valores propios de una sociedad que pretende evolucionar hacia la civilización… todo eso, tan digno,se califica de “prejuicios anglosajones”. En suma, que la civilización es un prejuicio y que este prejuicio tiene una determinada procedencia geográfica. Y esto lo ha afirmado, en respuesta a unas declaraciones de la Sra. Narbona, no el representante de algún partido de los trogloditas de España (en el supuesto de que existiera tal partido), como sería de suponer, sino de la Izquierda Unida, el Sr. Llamazares. Entiéndase, pues, mi estupor.

Porque lo que ha dicho, según la prensa, la Sra. Narbona, muy coherentemente con una posición de izquierdas, es simplemente que la denominada fiesta nacional es incompatible con el nuevo Código Penal, en el que se contemplan los delitos de maltrato a los animales. Y lo ha dicho muy valientemente ya que con la cantidad de problemas que tiene el PSOE ahora no está la cosa para añadir los que le crearán los taurófilos, y sobre todo los que de un modo u otro viven de este espectáculo denigrante.

Por eso el Sr. Blanco, prestamente, se ha desmarcado de tales declaraciones, y ha prometido luchar con su acerada elocuencia, con su gracioso verbo, para que semejante disparate, el de no matar a los toros en la plaza, el de convertir nuestra sangrienta fiesta en un edulcorado espectáculo circense, se incluya en el programa electoral del partido socialista. No tendrá ocasión, pues, la derecha, de explicar a la izquierda que España sin toros no es nada, que el toro no sufre en la plaza, que el morir convertido en acerico es lo que soñaba en la dehesa y que lo que pide su noble bravura (así se llama a su ceguera y a su estupidez) es morir en la plaza, bajo el ardiente sol, cubierto de sangre y mirando con sus ojos miopes bultos que se le aproximan, le pinchan cruelmente y huyen.

El Sr. Rajoy lo ha dicho bien: “Este debate le baja a uno la moral”. Claro, como si la moral no estuviera ya lo suficientemente baja mirando a quienes nos gobiernan y a quienes tienen la posibilidad de gobernarnos sustituyendo dignamente a los actuales. Por otra parte, no creo que ningún demócrata pueda considerar despectivamente, como él ha hecho, una cuestión que interesa aproximadamente a la mitad de los españoles. Es decir, que interesa que se suprima, y lo digo juzgando por la encuesta que se está haciendo en "El Mundo". Con fecha de hoy, un 46% ha votado afirmativamente a lo que dice la Sra.Narbona.

Pero, aunque la Sra. Narbona pertenezca “a quienes nos gobiernan” me ha dado cierta esperanza. Ojalá haya muchos socialistas coherentes con su origen ideológico, como ella ha demostrado ser al menos en esto. Porque ser de izquierdas y aficionado a los toros es una incongruencia. Ser de izquierdas es querer una sociedad justa, solidaria, culta, ecológica… En la que la violencia y la crueldad merezcan el repudio general y en ninguno caso puedan aflorar. Sin embargo, el espectáculo taurino es de una crueldad inaudita. Se martiriza, se humilla a un animal exclusivamente para divertir a una masa de gente que muestra ostensiblemente los más brutales instintos. Y no digo que se pone en grave riesgo la vida de los lidiadores porque estos acometen esta tarea voluntariamente. No así el animal, al que se puede torear porque apenas ve y porque su cerebro es muy rudimentario. Es verdad que el toro bravo ha disfrutado antes de llegar a su espectacular sacrificio de una vida envidiable para cualquier otro animal. Eso dicen, al menos, los taurófilos. Vive libre, no en un establo, disfruta de un excelente pienso y hasta tiene la posibilidad, si demuestra una gran bravura en la plaza y se le perdona la vida – pocas veces ocurre eso- o si es elegido para este menester en la propia dehesa, de terminar sus días convertido en semental, es decir, regaladamente, bien alimentado y complacido dócilmente por un gran número de hembras. Pero eso no justifica el triste espectáculo de su muerte ni el que haya personas que no sepan ver tras el esteticismo indudable del espectáculo, el suplicio del animal que se manifiesta bien claramente por los horribles mugidos que emite en el transcurso de la lidia.

Tampoco es admisible justificar ese espectáculo en el hecho de que numerosos intelectuales, escritores y artistas lo hayan elogiado. Escritores tan prestigiosos como Freud o Baudelaire han defendido el uso de las drogas e incluso la pederastia tiene entusiastas panegiristas entre grandes filósofos de la antigüedad clásica. Lo que hayan dicho esos escritores tan solo es una vergüenza para ellos, jamás un ejemplo a seguir.

Es natural que la Unión Europea, como ha dicho la Sra. Narbona, se manifieste en contra de tan horrible espectáculo. Esperemos y deseemos los que también somos contrarios al mismo, que los intereses existentes para integrarnos más en Europa sean superiores a los que mueve nuestra mal llamada fiesta nacional. Y que sirva este debate para dejar a cada uno en su sitio. A la izquierda auténtica, la que es progresista e idealista, la que no quiere saber de arreglos y mañas electorales, a un lado; a los trogloditas y a los hipócritas, al otro.

Sobre el himno dominicano

Permalink 03.02.13 @ 14:29:41. Archivado en Historia

El autor de la letra del himno de la República Dominicana fue Emilio Prud’Homme, un abogado dominicano nacido en la provincia de Puerto Plata y dedicado muy especialmente a la enseñanza en la que destacó notablemente.

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