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Vicente Blasco Ibáñez, el feminismo y “La Reina Calafia”

Permalink 10.05.12 @ 19:31:31. Archivado en Sobre Vicente Blasco Ibáñez

Dentro del general desconocimiento existente sobre este genial novelista y no menos genial político
y periodista, está el relativo a su relación con la mujer. Mucha gente sabe que este hombre tuvo muchas amantes, y por eso le califican de mujeriego, incluso de putañero.

Y nada más lejos de la realidad. Más propio sería definirle como a un enamorado de la mujer en la que vio siempre, tanto en sus defectos como en sus virtudes, al ser humano por excelencia. Y testimonio fidedigno de esto se puede obtener observando a los entrañables personajes femeninos que creó a lo largo de su fecunda vida literaria. Fecunda, pese a estar dedicado a otras muchas actividades: político, periodista, reportero de guerra, editor, colonizador de tierras vírgenes, cineasta... Pues él se consideró siempre más que un literato, un hombre de acción. Y decía, refiriéndose a Cervantes, a quien admiraba profundamente, que éste no sólo fue escritor sino también soldado.

Sin embargo, en donde más puede verse esta entusiasta admiración por los valores femeninos, no solo por la belleza de la mujer, a la que siempre rindió apasionado homenaje, es en algunas de sus novelas, las dedicadas muy especialmente al tema femenino. En ellas expresa con meridiana
claridad su ideal de mujer, que no es precisamente el de su época: la abnegada esposa entregada al cuidado del hogar y de los hijos, a la que respeta profundamente, como amó y respetó a su madre; sino más bien el de la mujer actual. Es más, en una de sus novelas, en “El paraíso de las mujeres”,
hace una anticipación algo exagerada, sarcástica, sin duda, de lo que sería en el futuro el papel de la mujer. Y aunque toda ella rezuma ironía e ingenio humorístico, no deja por ello de valorar al elemento femenino como un ente pacificador, es decir, como algo que crea paz y armonía en las relaciones humanas. Y hace que en la trama novelesca la mujer invente y utilice unos rayos “negros” –así los denomina- que proyectados sobre las armas de los belicosos hombres hacen que estallen estas, inutilizándolas, por tanto, y convirtiéndolas en peligrosas para los propios usuarios.

De esa forma, según relata la novela, se logra en un imaginario país el poder femenino, basado esencialmente en la paz y la razón, en la supresión de las guerras, de los enfrentamientos sangrientos y muchas veces estúpidos que protagonizan los hombres muy en contra del sentir de las
mujeres.

Necesariamente, en una época en la que, sobre todo en España, la sumisión de la mujer era su virtud
más preciada, las ideas revolucionarias, intrínsecamente feministas, de aquel hombre grandioso tenían que chocar con el común de la sociedad, provocar escándalo. Pero esto no le importó a él,hombre valiente y generoso hasta extremos increíbles. De modo que hizo llegar a la enrarecida
atmósfera española las ideas más avanzadas, más justas. No en balde ha merecido una mención de la destacada feminista Lidia Falcón cuando se refiere a la poca sensibilidad de los escritores varones del noventa y ocho ante la opresión de la mujer. Estas son sus palabras:

“Mientras, excepto Vicente Blasco Ibáñez, los noventayochistas padecen una total indiferencia por
los terribles sufrimientos que acosaban a la mitad de la población española.”

Y es que este feminismo insólito, chocante con su época, ya se manifiesta en su juventud, y en una de sus primeras novelas, “Entre naranjos”, que en principio tituló "Amor que pasa", según nos cuenta su biógrafo más insigne, J..L. León Roca, el protagonista de la misma, tan semejante a su progenitor literario, se enamora de una mujer con las características arquetípicas de los personajes femeninos
que irán naciendo en sucesivas novelas, y dicho protagonista lucha contra el machismo propio del varón de entonces, que distinguía claramente el amor que pasa, el único posible hacia la mujer que ha tenido muchos amantes, y el otro, el permanente, que sólo se puede dar a la esposa fiel, madre de
sus hijos.

Pero Vicente Blasco Ibáñez, a lo largo de su vida, acabó decantándose no por la hembra virginal, inmaculada, sino por la refinada en todas las lides del amor. La que se entregará más apasionada y sabiamente a esos “transportes divinos”, a esa “voluptuosidad” -palabras éstas muy queridas por Blasco- carnal difícil de lograr en un lecho más puro. Testimonio de esta lucha se encuentra con mucha claridad en su novela más autobiográfica: “La voluntad de vivir”.

No obstante, el feminismo de Blasco dista considerablemente de ciertas formas que este movimiento tan digno de respeto, ha adquirido a lo largo de su historia. Es decir, no es un
feminismo contra el hombre, sin el hombre, sino con el hombre. Y en un relato de Blasco se pone de manifiesto muy explícitamente como piensa nuestra autor. Cuenta que una feminista habla a un grupo de jovencitas sobre el hombre y la mujer, y dice que entre ambos tan solo existe una pequeña
diferencia. Entonces, una de las jovencitas exclama con candoroso entusiasmo: “Viva la pequeña diferencia”.

Y creo que con esto se dice todo respecto al feminismo moderado, inteligente, nada visceral de nuestro autor, por tanto pasemos a hablar de la novela que nos ocupa.

En ella, en “La reina Calafia”, se hace un parangón entre dicha reina, que lo fue de California, según cuenta Garci Ordóñez de Montalvo, viejo soldado, a la sazón regidor en Medina del Campo, y Conchita Ceballos, heredera de unos hacendados españoles establecidos en aquel país. Porque
ambas, la singular reina de la que tendrá cumplida noticia el lector en esta novela, y Conchita pertenecen a esa especie de mujeres que tanto entusiasmaban al ilustre novelista: el de las mujeres audaces, que se bastan a sí mismas, dominadoras, inteligentes, capaces de prescindir totalmente de la presencia protectora del varón..

Y así es Conchita, mujer viuda que viaja con la única compañía de una amiga, hija de un antiguo socio del ingeniero Balboa, el primer amor platónico de la viuda, a la que ayuda económicamente para que se haga una y otra vez estiramientos de piel, procedimiento novedoso en aquella época. La viuda californiana conduce su propio automóvil por las calles de Madrid, entre las miradas sorprendidas de los transeúntes. Pero a lo largo de la novela se producirán hechos todavía peor vistos: sus relaciones amorosas con un hombre mucho más joven que ella.

En esta novela vuelve otra vez su autor a una de sus pasiones más arraigadas: el estudio de la historia de España, la de sus navegantes y conquistadores del territorio americano. Por eso nos cuenta la historia de California, la curiosidad de que este nombre existiera ya antes de que fuera descubierta, merced a la novela titulada “Las sergas de Esplandián” del anteriormente citado Garci Montálvez, el origen español de este país, que ya en aquel entonces era norteamericano, las gestas extraordinarias de los españoles en aquellas lejanas tierras.

Y también retorna a su otro ideal: la mujer. Tanto la ama que siempre encuentra virtudes en cada una de ellas. Adoraba a su madre, ferviente devota católica, él, a quien algo injustamente se le califica de anticlerical furibundo, y hasta alaba su candorosa credulidad. En esta novela, dedica
también palabras de elogio a doña Amparo, la esposa del profesor Mascaró, la madre de Consuelito, una mujer muy a la antigua usanza. Le elogia su agudeza femenil de este modo:

“Luego, gracias a su agudeza femenil, capaz de explicarse muchas cosas que no pueden descubrirse con ayuda de los libros, fue adivinando los sentimientos de la muchacha.”

Y lo que le sucedía a la joven, lo que tan sagazmente adivinaba doña Amparo, era que se había enamorado. Por eso, ella que antes era una muchacha estudiosa, que deseaba ir a la Universidad en contra del parecer de su madre y con la aprobación de su padre, ahora se mostraba lánguida, se
dejaba llevar por las ideas de doña Amparo; la cual consideraba que el fin de toda mujer era el matrimonio. El objeto del amor de la joven era un muchacho con el que se había criado, hijo del ingeniero Balboa, antes nombrado, un íntimo amigo de su padre, y cuyo nombre era Florestán.
Este muchacho, aplicado estudiante de ingeniería, tendría un buen porvenir, al decir de doña Amparo, si el padre no desperdiciaba su fortuna en negocios ilusorios a los que era tan aficionado.

Por su parte, Florestán también amaba a Consuelito.

Pero la llegada de Conchita Ceballos iba a cambiar las cosas. La aureola dorada de la millonaria embaucó a todos, a Consuelito, que vio en ella a una posible protectora de su novio; a Florestán, que pronto se enamoraría de ella; al profesor Mascaró, intelectual de gran seriedad aparente pero
que allá, en el fondo de su cerebro, imaginaba cosas que luego le hacían sonrojarse; y hasta a la propia doña Amparo, tan chapada a la antigua. Creen en la influencia bienhechora que .va a tener la viuda en la familia. Pero pronto se ve que esto no iba a ser así. Florestán ve en la atractiva viuda, lo que nuestro novelista vio en tantas mujeres que le hicieron alejarse del tálamo conyugal: el cosmopolitismo, la belleza femenil cuidada con los más sofisticados afeites y todo ese refinamiento y exquisitez que son producto del buen gusto y del dinero.

Conchita, que fue esposa fiel de un marido mucho mayor que ella, que no sucumbió a las múltiples tentaciones a que está expuesta una mujer bella, distinguida y rica, que ya es una mujer madura,aunque de espléndida belleza otoñal; no puede evitar enamorarse de este muchacho que exhala un perfume de pureza para ella embriagador. Porque Florestán es un joven atlético, que cultiva los deportes, vigoroso, saludable y casi tan puro como una virginal doncella. Apenas conoce el sexo, sólo ha tenido unos pocos encuentros que no han contribuido, precisamente, a exacerbar su dormida
sensualidad.

Mientras, aparece un tétrico personaje llamado Casa Botero, de dudosa fama y que se atribuye un marquesado todavía más dudoso. La cuestión es que este individuo ronda a la rica viuda y esta, simplemente por coquetería femenina, le deja que se haga algunas ilusiones. Este tipo coincide con
Florestán en el cortejo a Conchita y adivina en este último a un rival muy peligroso. Por ese motivo, seguramente, lanza constantes pullas al joven aprovechando cierta circunstancia que explicaremos ahora. El padre de Florestán, Ricardo Balboa, es un ingeniero e inventor con una imaginación un
tanto desbordada. Por eso, como hemos dicho antes, emprende negocios, explotación de inventos suyos, que luego carecen de utilidad práctica y por tanto fracasan. Y este hombre, que conoció a Conchita cuando ésta sólo tenía catorce años y él más de veinticinco, fue el amor platónico de su
adolescencia, aunque jamás él lo supo y ni siquiera hubiera sido capaz de imaginarlo.

Pues bien, el tal Casa Botero se burla de Florestán por el carácter visionario de su padre. Y Florestán, que adora a su padre, y que tiene un carácter impetuoso, incluso violento, acaba dándole de bofetadas. Y consecuentemente con la época se origina un duelo en el que Florestàn, poco ducho con la esgrima y demasiado colérico, acomete ciegamente hasta que él mismo se clava en el estoque de quien le había provocado.

La herida, en el pecho, no es mortal; pero sí grave. Prontamente acuden el profesor Mascaró y Conchita a la finca en donde se encuentra el herido. Y ésta se muestra magnífica en su profundo dolor, su cólera, ante la injusticia de un duelo entre un hombre avezado en el manejo de las armas y
un joven que lo fía todo a su valor y acometividad. Y aquí Blasco pinta espléndidamente un retrato psicológico en el que con vigorosos trazos se muestra el sentido de la justicia de esta mujer, su defensa del débil, que en aquel momento era aquel hombre fuerte, atlético, valiente; pero postrado en el lecho del dolor por una mano artera, asesina. Así califica la hermosa viuda al vencedor de aquel duelo, y repite insistentemente:

“¡ Pobre muchacho!... ¡ Qué infamia !...”

Y también es admirable, si nos situamos en la época en que se producen los hechos, cómo prescinde de todo convencionalismo y sin el más mínimo temor a las murmuraciones, se queda allí para cuidar al herido. Incluso se llega a enfrentar físicamente con Casa Botero y demuestra que una mujer debidamente entrenada en boxeo o en cualquier otro arte marcial puede perfectamente batir y dejar KO a un duelista profesional. ¡Magnífica mujer! ¡No en balde se la compara con la reina Calafia! Sin duda, Concha Ceballos, es una de las grandes heroínas del genial novelista..

La viuda, que en realidad no ha conocido el amor pese a su edad, salvo aquella ilusión rosada que sintiera por el padre de Florestán cuando ella apenas había traspasado esa frontera sutil entre la niñez y la pubertad, lanzó su imaginación desbocada por la ardiente pasión que sentía. Imaginó su futuro con Florestán y se lo contó a Rina, su amiga y confidente. Le dijo que pensaba viajar con él
por el mundo, que a ella, a Rina, la casaría también. Es más, que si era necesario le compraría un marido y si este no le gustaba, otro. No habían obstáculos que pudieran oponerse a su firme voluntad y al poder que le daba su riqueza. Florestán, si quería trabajar, podría hacerlo
encargándose de sus numerosos negocios. Hasta pensó en el padre de éste, su antiguo amor secreto e irrealizado,

Pero una visita inesperada da al traste con sus esperanzas amorosas. Es Consuelito, muy atribulada, que le suplica que deje a Florestán, que es su novio de toda la vida, que una señora tan hermosa y elegante como ella podía tener los hombres que quisiera, mientras que ella sólo podía tener a
Florestán que, además, ¡era tan joven!... Y esto hizo pensar a la viuda que si bien ahora podía ser amada por un hombre de la edad del hijo de su antiguo amor, no transcurriría mucho tiempo para que la diferencia de edades fuera demasiado ostensible. Probablemente, este pensamiento y el
cariño protector que había despertado en ella Consuelito, le hizo tomar una decisión, así que despidió afectuosamente a la muchacha prometiéndole que pronto tendría noticias suyas y llamó a Rina para pedir que le dijera al chófer que preparase el coche para un largo viaje.

Algún tiempo después, en Niza, se encontró con Florestán. Y este le contó que había muerto su padre y tras algunas circunloquios en los que pretendía en un principio hacerle creer que el encuentro era casual, declaró francamente que había ido allí a buscarla, que la amaba. Entonces, a
Concha Ceballos se le ocurrió una idea un tanto folletinesca quizás para interponer entre su enamorado y ella un obstáculo infranqueable.

Pero esto mejor lo descubrirán ustedes si se deciden a leer esta excelente novela.

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