Vicente Blasco Ibáñez, el amigo de Francia
25.10.11 @ 18:40:26. Archivado en Sobre Vicente Blasco Ibáñez
Le debo a Vicente Blasco Ibáñez muchísimas horas de emoción y de profundo goce estético, además de la mejor parte de mis conocimientos. Sus ideas grandiosas y llenas de generosidad, de un acendrado humanismo, me impregnaron desde la infancia, cuando más indeleblemente se imprimen en el alma los sentimientos, como tan bellamente expresó nuestro más excelso novelista:
«Las cosas que vemos a la luz rosada de la aurora son tal vez las que más fijas quedan en nuestra memoria. Luego, el esplendoroso sol de las horas meridianas no hace más que aumentar el volumen y los colores de estas mismas cosas.»
Por eso mi cultura, se puede clasificar en buena parte como una cultura de lector de novelas. No ignoro, sin embargo, que a muchas personas, que desconocen realmente lo que significa este género literario, podrá parecerles esto algo muy negativo, enteramente peyorativo. Nada más lejos de la realidad.
Así defiende nuestro autor el elevado valor de este medio de expresión literaria:
«La novela es el género literario más importante de nuestra época. La música y la novela son los dos grandes descubrimientos intelectuales de los tiempos modernos. Anatole France llama a la novela “el opio de los occidentales”. De sus páginas se escapa el humo embriagador de la ilusión que nos eleva a otros mundos mejores, o nos inspira el deseo de ser más generosos y más buenos en el mundo presente.»
Pero, ¿qué es la novela?. . .
Para los clásicos, el arte debe ser copia fiel de la Naturaleza. No obstante, ¿hasta qué punto la naturaleza no es sino una recreación del arte? ¿Qué es primero, el paisaje o la pintura? La respuesta obvia es el paisaje; sin embargo, la pintura nos hace asomarnosal paisaje, verlo desde otra perspectiva, desde la óptica genial de los grandes pintores.
Exactamente lo mismo sucede con la novela, que nos permite ver la verdad de las cosas, su más profunda y transcendente verdad, a través de las imágenes que es capaz de infundirnos su autor. En esto consiste fundamentalmente su aportación al conocimiento. Pero infinitamente mejor que yo lo dice el ilustre novelista en una carta escrita a Julio Cejador, el célebre catedrático y erudito, en 1918:
«Vamos a charlar un poco de novela, ya que usted me lo pide. Yo acepto la conocida definición de Stendhal, que “una novela es un espejo paseado a lo largo de un camino”. Pero claro está que el temperamento modifica la realidad y que el espejo no reproduce exactamente las cosas con su dureza material, pues da a la imagen esa fluidez ligera y azulada que parece nadar en el fondo de los espejos venecianos.»
Y lo que nuestro escritor reflejó en la novela fue lo mismo que Sorolla, su contemporáneo y amigo, en la pintura: la luz. La violenta luz levantina, de escasas gradaciones, que se derrama en raudales de oro por sus páginas más sublimes. Una luz esplendente, fielmente representativa del vigoroso espíritu valenciano; pero, al mismo tiempo, con esa “fluidez ligera y azulada”, con ese vaho opalino, que sabe captar y expresar la profunda sensibilidad del artista.
Pero curiosamente, pese a que este género literario era cultivado por el escritor con extraordinaria brillantez, su condición de novelista la vive a veces como una penosa servidumbre. Él se define no como un literato sino como un hombre de acción, y odia el obligado sedentarismo a que le obliga la creación literaria. Por eso el proceso de escritura de sus obras es fulgurante, con la misma velocidad que lo haría un amanuense que se limitara a copiar.
Y efectivamente es un hombre de acción, podría ser un tipo barojiano, si no fuese porque su extraordinaria talla intelectual y humana le permite ser el autor de su propio personaje. Lo demuestra en su tormentosa vida como político en la que defiende el ideal republicano con particular fogosidad y brío, sin arredrarse ante sus poderosos enemigos e incluso batiéndose en duelo en numerosas ocasiones, poniendo en grave riesgo su vida y mostrando con ello su valor, su caballerosidad, su profundo pundonor. . . Es, pues, además de un gran novelista, un personaje de novela a la usanza de la más pura escuela romántica.
Pero la grandeza de su pensamiento y el ímpetu de su acción carece de límites. Ello le hace acometer con su habitual ardor la tremenda empresa de roturar tierras vírgenes en América, a la que dedica toda su fortuna personal y la influencia que posee con sus paisanos, quienes le secundan entusiásticamente en esta descomunal tarea de colonización.
Es verdaderamente increíble que un laureado literato, como ya lo era entonces nuestro novelista, dedique su esfuerzo y sus bienes (la herencia de sus padres) a una aventura tan peligrosa. El autor nos describe en su obra "Argentina y sus grandezas",aquellos lugares como una especie de tierra de promisión, de paraíso terrenal. Pero tras aquella prometedora apariencia existía una penosa realidad que quizás el escritor no supo ver. Posiblemente en esta ocasión falló su clarividencia, tantas otras veces mágica.
O quizás confío demasiado en los hombres que debían seguirle, en los banqueros que debían financiar parte de sus grandiosos planes, quizás creyó, tan erróneamente, que estaban hechos a su imagen y semejanza. O quizás también pudo suceder que el motivo real de su empresa, un amor romántico, obnubilara su mente. En el inicio de su novelaLos Argonautas se puede, si se lee con perspicacia, comprender esto.
La cuestión es que de aquella gesta caballeresca surgieron dos colonias españolas en América: "Cervantes"y "Nueva Valencia", en las que el escritor manifiesta una vez más su amor a la lengua española, a su literatura sacratísima, y a Valencia, su tierra natal. El profundo amor a Valencia, tantas veces demostrado, que se incluye dentro de su amor a España, y que le hizo decir en un discurso pronunciado en el Cabanyal el día 17 de mayo de 1921:
«Quiero descansar en el más modesto cementerio valenciano, junto al “mare nostrum” que llenó de ideal mi espíritu; quiero que mi cuerpo se confunda con la tierra de Valencia, que es el amor de todos mis amores.»
Pero pronto le llegó el cansancio y la decepción, por fortuna. Hubiera sido terrible para la historia de la literatura que un escritor de su fuste se hubiese quedado en un simple empresario agrícola y ganadero. Y regresó a París, la ciudad de la ilusión para todos los artistas de la Tierra.
Lo hizo en un vapor alemán, el "Koening Frienderich August", y ya en este viaje de vuelta de la gran aventura americana, nuestro escritor que vive con una inusitada intensidad, gesta el primer capítulo de la que sería su obra más conocida en el mundo, la que le daría un inmenso prestigio ante el público norteamericano, la que le abriría las puertas de los grandes realizadores cinematográficos y la que contribuiría incluso decisivamente a la victoria de las Fuerzas Aliadas contra el imperialimo germánico. Esa gran novela, escrita luego a petición del propio presidente de la República francesa, monsieur Poincaré, fue "Los cuatro jinetes del Apocalipsis".
En ella, Vicente Blasco Ibáñez se apresta a la defensa de los ideales más esenciales de su vida: la libertad, la cultura, la solidaridad, alineándose junto al país que él considera como auténticamente representativo de estos ideales: Francia. La nación que produjo la gran Revolución, la que instauró la República frente al poder despótico de los monarcas absolutistas y la patria de sus maestros literarios: Zola, Daudet, Flaubert, Maupassant, Balzac. . .y sobre todo del gran Víctor Hugo, el más grande y amado poeta de Francia, el glorioso autor de "Los miserables", "Los trabajadores del mar", "Nuestra Señora de París". . , y de tantas otras obras más desarrolladas en los más variados géneros literarios, así como el hombre cuya generosa humanidad se rebeló valientemente ante la mezquindad y la hipocresía reinantes, como expresa en su última voluntad con la claridad más sublime:
«Lego cincuenta mil francos a los pobres. Pido a las Iglesias que se abstengan de rezar por mí. Pero suplico una plegaria a todas las almas. Creo en Dios. Víctor Hugo.»
El inmenso éxito obtenido por "Los cuatro jinetes del Apocalipsis" en los Estados Unidos y el deseo de los lectores de aquel país de conocer en persona al genial novelista, conducen a éste a un recorrido glorioso por aquellas tierras, durante el que pronuncia conferencias en las más renombradas universidades y es investido como Doctor en Letras, Honoris Causa por la Universidad de "George Washington". Sus conferencias las dicta en español, ante un público entusiasta muchas veces mayoritariamente femenino, pues generalmente las mujeres son mejores lectoras que los hombres, y en aquel tiempo, en el que la mujer europea mostraba con legítimo orgullo la hermosa opulencia de sus formas y lo sofisticado de sus afeites, Vicente Blasco Ibáñez, eterno enamorado de la mujer y de la belleza de ésta en sus diversas manifestaciones, se sintió cautivado ante la gimnástica esbeltez y los rostros sonrosados y frescos por las frecuentes abluciones de las mujeres norteamericanas.
Después de su periplo triunfal por América, con la que mantendría una frecuente relación instado por las productoras cinematográficas que llevaron al celuloide sus obras literarias y por las publicaciones periódicas de mayor difusión, Blasco Ibáñez se retiró a su chalet en Menton, a "Fontana Rosa", en cuya residencia se entregó intensamente, ya lejos de sus veleidades de hombre de acción, a la lectura y la creación literaria. Vive con entusiasmo y con el deseo ferviente de llegar a octogenario para ver por sus propios ojos el prodigioso avance tecnológico y sociológico del mundo moderno, pues su inteligencia luminosa, su imaginación ígnea, lo presentía en toda su magnitud. Y enfermo ya proyecta escribir una novela que titula "La juventud del mundo". En ella retorna a sus más arraigadas convicciones juveniles y dice: «…Mi ideal es que dentro de los siglos lleguen a vivir los hombres con la mayor suma de libertad y la menor de autoridad posible.»
Pero la noche en que iba a comenzar a escribirla, para lo que llamó a su secretario, según relata su insigne biógrafo León Roca, la noche del 27 al 28 de enero de 1928, luctuosa fecha, el inmortal escritor abandonaba este mundo víctima de una neumonía. Hacía poco más de un mes, concretamente el 20 de diciembre de 1927, en un día de glacial temperatura, y encontrándose ya gravemente enfermo, que había asistido al homenaje a Víctor Hugo celebrado en París. La asistencia a dicho acto, el último de su vida pública, agravó su enfermedad, sin duda. Pero este hombre, tan justamente considerado el amigo de Francia, que sentía adoración por el insigne poeta galo, no podía faltar a un acto convocado en honor de éste, ni dejar la ocasión de ensalzar con su preciosa prosa la vida y la obra de su genial ídolo.
Por eso, probablemente, cuando nuestro novelista estaba en sus momentos postreros, sumido ya en la mortal agonía, experimentó una visión fantasmagórica en la que percibió el aleteo áureo del Ideal y alborozadamente exclamó:
«¡Es Víctor Hugo! . . .¡Es Víctor Hugo! . . .¡Qué pase!. . .»
No cabe la menor duda, para las personas prácticas, que la manifestación del novelista era producto de un mero delirio febril, sin embargo, quienes poseemos una cultura de lector de novelas, quienes siempre recordaremos al escritor como a un hombre apasionadamente vivo, podemos pensar que quizá no hubo tal delirio, que lo acontecido realmente fue que Víctor Hugo, el genial poeta y novelista francés, visitó a su ferviente admirador y correligionario, el genial novelista y también poeta valenciano, a quien con afable sonrisa de complicidad le tendió la gélida mano para llevarle consigo a una ignorada República sabiamente presidida por la Verdad y la Belleza.
Comentarios:
Aún no hay Comentarios para este post...
Se muestran únicamente los últimos 40 comentarios de cada post.
Los comentarios para este post están cerrados.
autor
Contacto


