Le debo a Vicente Blasco Ibáñez muchísimas horas de emoción y de profundo goce estético, además de la mejor parte de mis conocimientos. Sus ideas grandiosas y llenas de generosidad, de un acendrado humanismo, me impregnaron desde la infancia, cuando más indeleblemente se imprimen en el alma los sentimientos, como tan bellamente expresó nuestro más excelso novelista:
«Las cosas que vemos a la luz rosada de la aurora son tal vez las que más fijas quedan en nuestra memoria. Luego, el esplendoroso sol de las horas meridianas no hace más que aumentar el volumen y los colores de estas mismas cosas.»
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22.08.11 @ 20:19:34. Archivado en Actualidad
Hace años conocí a una señora de San Sebastián que, circunstancialmente, vivía en Valencia, como yo. Aunque en mi caso, el hecho de vivir en Valencia, no es precisamente una “circunstancia” en el sentido de hecho fortuito u ocasional, sino más bien a que yo soy nacido en esta bella ciudad del Levante español. Pues bien, como decía, conocí a esta señora que, según me dijo, era natural de San Sebastíán, bellísima ciudad también, y que, de más joven (ya era algo madura) había trabajado como administrativa de una importantísima academia de enseñanza por correspondencia ubicada en la capital donostiarra.
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23.04.11 @ 20:23:40. Archivado en Actualidad
Y sigue escribiendo el Sr. Ignacio Mejía:
“Con el toro no sólo salvamos su raza. Con él protegemos, salvamos y perpetuamos un ecosistema único: la dehesa mediterránea, paraíso y vergel de más de medio millón de hectáreas en la península en donde encontramos a cientos de especies animales y vegetales protegidas o en peligro de extinción como pueden ser: el águila imperial, el lince ibérico, la cigüeña negra, el sapillo partero ibérico, la codorniz torillo, el buitre negro, el palmito o la peonía. El toro juega un papel clave como guardián del último paraíso ibérico, de la última frontera frente a la especulación inmobiliaria, del último oasis de vida salvaje de nuestra España en donde aún permanece el misterio de lo cotidiano frente al balanceo magistral de la vida y la muerte sujeto por un soplo de incertidumbre.”
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23.04.11 @ 15:24:19. Archivado en Actualidad
En esta dirección se encuentra el manifiesto del Sr. Ignacio Mejía que voy a rebatir seguidamente punto por punto: http://t.co/HwnvAGm
Y lo hago pensando en que muchas personas pueden ser engañadas por las falacias, falsos argumentos, que en él se contienen. Y pensando también, quizás ingenuamente, que algunos aficionados a los toros pueden, mediante el razonamiento, llegar a la conclusión de que este espectáculo es inmoral y por tanto rechazable para toda persona honrada.
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08.04.11 @ 10:29:18. Archivado en Actualidad
La verdad es que no pensé en escribir nada sobre este turbio asunto y no menos turbio personaje. Ayer, al leer lo sucedido en twitter, estuve tentado, incluso, de comprar El Mundo puesto que ya había sido borrado en la Red el articulillo de marras, pero no cedí a esta tentación pues consideré que el dinero que iba a gastar era una mala inversión y que, por otra parte, tampoco estaba dispuesto a caer en una posible añagaza para vender más periódicos. Porque, la verdad, a mí me resulta muy extraño que el director de un periódico en el que escribe un tipo como el susodicho, no lea antes de publicarlos, unos contenidos siempre sospechosos de suscitar, cuando menos, graves controversias. No olvidemos el escándalo que provocaron las declaraciones de este sujeto cuando dijo aquello de las vaginas y el ácido úrico. Con aquellas manifestaciones, aunque fueran a micrófono supuestamente cerrado, ya se reveló este señor, además de como un experto catador de secreciones vaginales, como alguien muy poco respetuoso con las mujeres.
Pues bien, como decía, al final no compré el periódico, pero más tarde pude satisfacer mi malsana curiosidad en Periodista Digital. Leí la capciosa argumentación del señor Sostres, quien, por una parte. afirmaba no ser partidario del maltrato a las mujeres ni a nadie, de no defenderlo jamás ni justificarlo; pero al mismo tiempo decía que el asesino de la mujer embarazada era “un chico normal”, que no era "un monstruo”.
Claro, y es verdad, tiene su parte de razón el señor Sostres: un asesino no es un monstruo propiamente dicho, que es algo ajeno a la “producción regular de la naturaleza”, como dice el DRAE, aunque también dice, en otra de las acepciones admitidas, que es “una persona muy cruel y perversa”. Y aquí sí que cabría llamar “monstruo” a alguien que por celos, por despecho, por amor propio herido es capaz de segar la vida de una mujer gestante y de una inocente criatura.
Pero también cabría llamar “monstruo”, aunque el DRAE todavía no lo recoja, a quien es capaz de intentar justificar lo injustificable, de mentir diciendo que no dice lo que dice y a quien llama “chico normal” a un despiadado asesino. Y todo para salir en la prensa, aunque sea para recibir denuestos de las personas verdaderamente normales.
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05.04.11 @ 20:52:36. Archivado en Actualidad
Desde siempre han existido personas que se preocupan sin verdadero motivo del estado de su salud. Todos conocemos esa deliciosa obra de Molière titulada “El enfermo imaginario”, en la que se pone de manifiesto la penosa aprensión de un burgués que cree estar enfermo y de unos médicos que tratan de complacerle dispensándole todo tipo de remedios para unos males que en realidad tan sólo existían en su imaginación.
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01.04.11 @ 19:13:55. Archivado en Psicología
Reconozco honradamente que esta profunda pregunta no me la hago en medio de una crisis existencial; eso es más propio de jóvenes y yo ya dejé muy atrás la dorada edad. Tampoco tras haber sufrido de alguna pérdida irreparable. Ciertamente que las he sufrido, pero ya hace mucho tiempo que lo asumí. Ni sufro de una penosa indigestión y tampoco (¡no vayan ustedes a creer!) de disfunción eréctil.
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24.03.11 @ 13:05:30. Archivado en Actualidad
He dudado mucho antes de poner el título que antecede al presente artículo. Soy un profundo admirador del inmortal autor del Quijote y aunque también soy seguidor entusiasta de Santiago Segura, siempre he pensado que este último no podría jamás compararse con el ilustre manco de Lepanto, que Santiago es un gran humorista, pero nada más que eso.
¿Nada más? ¿Y qué fue Cervantes sino otro gran humorista? Alguien ha dicho que es más fácil hacer llorar que hacer reír, y yo creo que es verdad. Cierto que existe un humor grosero, chabacano, carente de ingenio y que, por tanto, no debería merecer mención alguna. Y muchos piensan que Santiago Segura es un humorista de ese tipo, pero yo creo que se equivocan. Por el contrario, lo que hace el genial cineasta es exactamente lo mismo que lo que hizo nuestro genial escritor cuando gestó su obra más conocida: El Ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha. Porque, ¿qué hizo éste sino desmitificar las novelas de caballerías, tan en boga en aquel entonces? Pues bien, en el momento presente no son las novelas de caballerías ni ninguna otra creación literaria las que sorben el seso de una mayoría de gente. No son aquellos caballeros legendarios cuyas hazañas eran seguidas con fruición por menestrales e hidalgos de la época, que penetraban en todas las casas, desde las de más rancio abolengo hasta las más humildes, para llevar un hálito de ilusión en una época de nuestra historia de España en la que la miseria más o menos disimulada era la tónica general. Recuérdese el comienzo de nuestra gran novela:
En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor. Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lentejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos, consumían las tres partes de su hacienda.
Es decir, la historia que se comienza a narrar es la de un hidalgo de medio pelo, cuya humildad económica era suplida por su gran imaginación y la nutrida biblioteca en la que tenían su asiento las obras más fabulosas de todos los tiempos y en las que valientes caballeros luchaban contra la injusticia, contra el mal. Porque pese a la mezquindad real existente a la sazón la verdad es que la gente de la época, al menos los que se distinguían del pueblo llano, sustentaban profundos ideales, poseían una elevada espiritualidad.
Pero el idealismo cuando no se fundamenta mínimamente en la razón se transforma en locura. Aunque eso si, una locura que produce risa a todos, necios y discretos, pero que a estos últimos pronto la risa se transforma en respeto, en comprensión, triste reconocimiento de las nobles causas que originaron dicha locura. Y esa es la tesis de nuestra inmortal novela: el hombre superior que se vuelve loco en medio de la mezquindad reinante y que contagia con su locura al pueblo llano representado por el bueno de Sancho.
Santiago Segura, como don Miguel de Cervantes, posee aguda inteligencia y una tremenda capacidad de observación. Pero el tiempo que le ha tocado vivir a nuestro genial cineasta es muy distinto al que vivió Cervantes. Los ideales murieron, el más grosero pragmatismo lo impregna todo, los caballeros de la época, es decir: los líderes no tratan de corregir entuertos sino de aprovecharlos en su propio beneficio. Y para eso crea un personaje muy peculiar y yo creo que bastante alejado de la verdadera idiosincrasia de su creador. Creo que todos conocemos ese personaje, por tanto obviaré el describirlo. Pero, ¿no es cierto que tiene grandes similitudes con muchos de los que mueven el mundo en la actualidad? Naturalmente, como en toda parodia de pro, se exageran notablemente los rasgos; pero, en definitiva, no es difícil reconocer en él a tantos que han ocupado y ocupan puestos claves en nuestra sociedad. Además, para mayor inri, este repugnante personaje se rodea de otros no menos repugnantes, a veces: Belén Esteban, Paquirrín, y un largo y variopinto etcétera. También, como no podía ser menos, de grandes actores humorísticos. En suma, mezcla a estos grandes actores con la flor y nata de la basura y basurilla nacional, formando un cóctel verdaderamente explosivo que atraviesa las estragadas papilas gustativas del público provocando hilarantes y saludables risas.
Así ocurrió con el Quijote, que no fue en principio una obra para sesudos pensadores, sino para solaz y enseñanza del pueblo que con la risa alcanzó la comprensión de lo absurdo de las hazañas de aquellos caballeros tan admirados. Ojalá la genial obra de Santiago Segura logre el mismo loable propósito: el de abrir los ojos de muchos para que vean la desvergüenza de esta elite nacional, para que capten la granujería que esconden, para que, en definitiva, los numerosos esperpentos que acaparan nuestras televisiones tan sólo les provoquen risa y jamás se dejen seducir por sus falsos oropeles.
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