“¡Oh libertad, cuántos crímenes se cometen en tu nombre!”
02.08.10 @ 10:01:31. Archivado en Actualidad
La frase con la que titulo el presente artículo, que pronunció supuestamente Madame Roland cuando iba a ser ajusticiada por la misma Revolución por la que ella tanto había luchado, creo que tiene plena vigencia en la actualidad, aunque, en el presente caso, no sean precisamente los que más lucharon por la libertad los que más se llenan la boca con esa sagrada palabra.
Porque precisamente son aquellos a quienes menos se les conoce por la lucha por la libertad quienes ahora la invocan desesperadamente. Y me refiero a todas esas personas que tras la democrática decisión del Parlament de prohibir las corridas de toros, insisten una y otra vez en lo de “la españa de la libertades” y otras generalidades semejantes.
Pero, ¿en qué consiste la libertad en un país democrático? O también, ¿qué es eso de la libertad?
La verdad es que la reflexión sobre este tema es ardua. Aunque ya hace mucho tiempo que se dijo que la libertad de uno termina donde comienza la del otro. Y no me parece mal esta definición. Mirado así, y en referencia a las corridas de toros, yo diría que la libertad del aficionado a los toros termina donde comienza la libertad de quienes se oponen al maltrato animal y sonsideran que en ese espectáculo (el de las corridas) el maltrato alcanza sus niveles máximos, es decir, más que maltrato cabría denominarlo sádica tortura.
Claro que, también el aficionado podrá decir y con razón, que la libertad del no partidario de la tortura termina donde empieza la del que sí es partidario. Bueno, o la de quien, contra toda evidencia, considera que el trato que se le infringe al toro en la plaza no es tortura, incluso que es el propio que debe dispensarse al toro de lidia, que para eso se le ha criado, para que muera en el ruedo.
Volvemos entonces a la misma, ¿cuál de las dos libertades debemos respetar? El aficionado dice, y no le falta la razón, que al que no le gusten los toros que no vaya y se acabó. Y, ciertamente, a los que no nos gustan no vamos, pero... sabemos lo que sucede en la plaza y sufrimos por ello.
La verdad es que eso de la libertad plantea dilemas irresolubles. Sobre todo cuando se entiende como tal a la posibilidad de que cada uno haga lo que le dé la real gana. Es decir, lo que quiera sin atenerse a normas morales o legales de ninguna índole. ¿Es eso lo que pretenden los que gritan enfervorizadamente esa palabra ante la prohibición de los toros? Yo creo que sí. Y me afirma mi creencia el hecho de que una mayoría de esas personas procedan de sectores políticos y sociales que no se han caracterizado nunca por su respeto a esa libertad que ahora piden.
Quieren libertad para argumentar a favor de su afición de manera muy poco convincente y encima que se tengan que convencer quienes aportan datos y razonamientos mucho más congruentes y científicos. Como, por ejemplo, eso de llamar fiesta nacional, fiesta española por autonomasia, a un espectáculo que, como tal, apenas tiene dos siglos, que fue prohibido por reyes españoles y que recibio las más acervas críticas de una Iglesia como la católica tan enraizada en la auténtica esencia de España.
Quieren libertad para afirmar que el toro no sufre porque se le ha criado para eso, para ser picado, banderilleado y estoqueado en una plaza. O que si sufre, pues bueno, que también sufren los toros en el matadero. Y no atienden a razones cuando los partidarios de que el animal no sufra innecesariamente les decimos que tampoco queremos nosotros que los animales tengan que sufrir más de lo estrictamente inevitable para que nos proporcionen alimento. Y confunden interesadamente una necesidad básica como lo es la alimentación con una diversión como es la lidia.
Quieren libertad, pero no sólo eso: también reconocimiento porque, dicen, la fiesta de los toros es representativa de una cultura. Y claro, la palabra “cultura” tiene mucha aceptación porque se confunde mayoritariamente el concepto de cultura de la excelencia, que es el grado de civilización a que se ha llegado, con el otro que se utiliza para referirse al conjunto de costumbres y formas de vida de un pueblo. En este último concepto es cultura desde la ablación del clítoris hasta lo de arrojar cabras desde un campanario, como hacen en algunos pueblos inmersos en la “cultura” española. Y claro, si hay que proteger a los toros porque pertenecen a nuestra "cultura", ¿por qué no hacerlo con esa interesante fiesta de las cabras?
Quieren libertad para decir que el toro de lidia es una “raza” cuando en realidad no es más que una variedad obtenida por selección, y eso lo dicen para señalar que si no existiera el toreo se perdería esa “raza”. Bueno, ¿y qué? ¿Cuál es el problema que se crearía porque existieran menos toros “bravos”? Gravísimo, según ellos. Y eso sí, ellos quieren esa libertad, pero nosotros también queremos la libertad de afirmar que eso es absurdo.
Pero está claro, la consigna es pedir LIBERTAD. Y ahí mezclan churras con merinas con el mayor impudor. Vivimos, dicen, en una sociedad totalitaria, restrictiva, en la que se prohibe fumar en los espacios cerrados..., es verdad, y también se prohibe circular en dirección contraria o a 200 km/hora (bueno, eso no lo dicen) y ahora, encima, se nos ha prohibido, aunque sólo sea en dos comunidades autónomas, el torturar y matar a un animal que hemos criado para eso, para divertirnos vejándole, burlándole y matándole.
Reinvindiquemos, pues, la LIBERTAD - pensarán, seguramente- porque, no lo olvidemos, una mayoría de nosotros sabemos muy bien lo que es restingírsela a los demás arbitrariamente y no queremos, ¡faltaría más!, que nos la restrinjan a nosotros aunque sea por motivos muy razonables y justos.
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