¡Abajo la cultura!
06.03.10 @ 12:09:19. Archivado en Actualidad
Desde que la llamada “cultura de la excelencia” ha quedado confundida por el concepto sociológico que la refiere al conjunto de costumbres, creencias y formas de vivir de los pueblos, las aberraciones semánticas que se están produciendo acerca de este término son múltiples y verdaderamente caricaturescas.
La última, la más grandiosa quizás por proceder de una nación supuestamente civilizada, la nuestra, es la de considerar un “bien cultural” la tortura y muerte de un animal para divertir a unas cuantas personas. Hasta ahora los taurófilos podían decir de su afición que ésta ha sido y es compartida por algunos intelectuales y artistas. Que grandes escritores como Hemingway, se habían inspirado en ella para escribir obras imperecederas. O que pintores como Goya la habían inmortalizado en sus lienzos. También podían afirmar, orgullosamente, que su afición tenía un marcado acento patriótico, pues, como es sabido, es la "fiesta nacional" por autonomasia. Pero ahora, en cambio, podrán decir que cumplen fines culturales muy loables, reconocidos incluso por los propios estamentos culturales de la nación.
Así se sentirán más satisfechos, sin duda. Y seguramente esa profunda satisfacción acallará todavía más a sus conciencias quizás estremecidas por los mugidos de dolor del pobre animal, por la visión de sus vómitos de sangre en la ardiente arena, a la luz brillante de un sol que permite ver con prístina claridad la inmensa brutalidad que se desarrolla en el ruedo.
Aunque también es cierto que antes de ir a la plaza se suele yantar copiosamente y, ¿cómo no?, libar no menos copiosamente de los generosos vinos españoles. Puede que también eso permita al espectador contemplar tantas barbaridades sin que su buen gusto y su sensibilidad se escandalicen. Porque esto, la sensibilidad, es, como el valor de los soldados, algo que debe suponérsele también al espectador de las corridas de toros, aunque sea difícil suponerlo. Y cuando falla este recurso, el de la obnubilación temporal que produce la digestión etílica, entonces hay otros más intelectuales, más sofisticados. Por ejemplo:
Que el animal no sufre, y se mantiene esta afirmación contra viento y marea; es decir, contra la evidencia del dolor del animal manifestado por sus horribles mugidos y contra las pruebas científicas que valoran y cuantifican el grado de sufrimiento.
O que estos animales no existirían si no existiera la fiesta. ¿Y qué? ¿Alguien puede desear existir para ser torturado? Aunque sea tras algunos años de vida regalada en la dehesa, como dicen también los panegiristas de nuestra triste "fiesta nacional". Esto dicho desde el punto de vista del toro, pero si lo hacemos desde nuestra propia perspectiva podremos decir que no tiene objeto crear algo bello para someterlo a martirio, para destruirlo.
También afirman que los animales están al servicio del hombre, y que la suerte de un toro que se cría para el matadero no es mucho mejor que la de un toro de lidia. Y que los primeros sufren en determinadas circunstancia más que los últimos sin que pueden disfrutar nunca de los goces edénicos de éstos.
Pues bien, es cierto que es inevitable el que matemos animales. Esto porque los usamos para alimentarnos, pero si no fuera así también tendríamos que eliminarlos en cierta medida puesto que su proliferación sin control alguno pondría en peligro nuestra propia vida. Y también es verdad que no siempre se cría a estos animales o se les sacrifica con criterios racionales y humanitarios. Pero el que haya que mejorar esto, y hacerlo en gran medida, no es óbice para juzgar el evidente maltrato, la indiscutible tortura de un animal como mero espectáculo, como una inaceptable, brutal e inmoral diversión.
Y esto no sólo por el animal, sino porque la sensibilidad humana del que hace de la crueldad un placentero espectáculo queda maltrecha. Por eso, si la tristemente denominada “fiesta nacional” pasa a ser por mezquinas razones políticas, un “bien cultural” seremos muchos los que aborreceremos la cultura, los que abdicaremos de ella. De la falsa cultura, por supuesto, de la que preconizan quienes para lograr votos son capaces de todo, hasta de llamar cultura de la excelencia, que es la única que merece ser considerada un bien a proteger, a la barbarie más inicua.
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