05.04.10 @ 13:00:11. Archivado en Actualidad
Algunas personas piensan, al parecer, que lo importante no es tener la razón sino ser capaz de imponer al adversario nuestra “razón” que no necesariamente ha de coincidir con lo que es verdadero y justo. O también, y esto es más grave todavía, que a semejanza de los “juicios de Dios”, como se llamaban las sangrientas justas medievales, el Altísimo asiste al que de verdad posee la razón y le otorga la justa victoria.
Y nada más lejos de la realidad esto último, y muy poco decente lo primero ya que nadie puede jactarse de ser capaz de imponer por la fuerza lo que no es justo, a no ser que sea un cínico carente de dignidad y de vergüenza.
Estos razonamientos o semejantes deberían ser suficientes para que nadie pretendiera resucitar, aun mezquinamente, sin la hermosa parafernalia que los caracterizaba, aquellos enfrentamientos entre caballeros en los que se “lavaba el honor mancillado”, y de los que solía salir victorioso no el que más razón tenía, sino quien mejor manejaba las armas, quien poseía mayor malicia o crueldad.
Lo mismo sucede ahora, tiempo éste en el que se hallan severamente prohibidos tales enfrentamientos entre “caballeros” e incluso entre “villanos”, pero que algunos jóvenes de ambos sexos (la chulería belicista ya no es exclusiva del varón) practican cada vez con mayor frecuencia. Quizás porque en fondo dudan de toda justicia y piensan que ésta sólo será efectiva si ellos mismos son capaces de imponerla con sus puños o navajas.
Y es que una sociedad en la que “la justicia es un cachondeo”, como dijo alguien quizás acertadamente, pero no sólo la justicia que se imparte en los tribunales al efecto, sino también la justicia en las aulas, en la familia, en todos los ámbitos sociales, es natural sentirse tentado a recurrir a otro procedimiento más antiguo, más primitivo, anterior a la moral y al derecho, más propio de nuestros ancestros más feroces..., al enfrentamiento personal en algún apartado lugar en donde nadie pueda imponer reglas, en donde sólo el más fuerte, el más astuto, el más cruel pueda prevalecer aunque sea a costa de la vida del otro: que en eso consiste la chulería.