¿Autoestima o buen criterio?
01.08.09 @ 13:18:33. Archivado en Psicología
La autoestima consiste en el amor que nos profesamos a nosotros mismos, en la fe en nuestras posibilidades, en sentirse plenamente seguros de que somos capaces de resolver algunos problemas, incluso todos los problemas por difíciles y aparentemente insolubles que puedan parecer en un principio. A diferencia del que “se ahoga en un vaso de agua”, como suele decirse, el que tiene un elevado nivel de autoestima, el que se admira de sus capacidades, se siente capaz de “comerse el mundo”.
Sin embargo, esto último, lo de “comerse el mundo”, es algo de lo que nadie es verdaderamente capaz ni sería deseable que lo fuera, naturalmente. Luego una elevada autoestima puede ser un estado ilusorio que nos conduzca a acciones descabelladas. Por el contrario, una baja autoestima puede originar una incapacidad ficticia para la resolución de problemas importantes y que en realidad sí podríamos ser capaces de resolver, problemas que se nos plantean continuamente a lo largo de nuestra vida. Por tanto, hay que diferenciar las creencias positivas pero irracionales acerca de nuestras capacidades, de las creencias fundamentadas en la razón y la experiencia.
Por eso, sería muy conveniente recordar aquella frase de los siete sabios de Grecia inscrita en el frontispicio del templo de Delfos: nosce te ipsum (conócete a ti mismo). Es decir, que la verdadera clave se halla sin duda en eso, en conocerse a sí mismo. Porque, ¿acaso no es el conocimiento la condición necesaria para que se origine el amor? Si nos conocemos verdaderamente, en nuestra más profunda esencia, necesariamente nos amaremos. Pero ese amor será lúcido, clarificador y con él descubriremos que siempre hay algo valioso, importante, digno de preservarse en el interior de nosotros mismos, y que desde allí nos será posible eliminar todo lo que nos impida ver nuestra auténtica verdad.
También, sin duda, comprendiendo nuestra esencia, nuestra profunda verdad, entenderemos la de los otros. En suma, los amaremos como a nosotros mismos, tal y como exige, tan sabiamente, el mandamiento bíblíco.
¿Es a esto a lo que conduce el cultivo de la autoestima? Yo creo que sí. Porque, en principio, puede parecer que ser muy asertivo, que estar muy seguro de sí mismo, que defender las propias convicciones con firmeza sin dejarse amilanar ni convencer por nadie, puede ser algo muy positivo, muy deseable, cuando no siempre lo es. Y no lo es porque es fácil confundir lo que significa amarse a sí mismo con un egoísmo cerval o con el empecinamiento en el error. Ni siquiera para esas personas puede ser buena esa inadecuada seguridad en sí mismos, pues más que proporcionarles beneficios puede perjudicarles muy seriamente. Mucho más todavía que la del que siente inseguridad, que al menos tampoco se siente seguro de sus errores y por tanto no cae en la obstinación, en la contumacia.
En conclusión, que sería preferible considerar siempre que lo verdaderamente importante en esta vida es adquirir un buen criterio de nuestras posibilidades reales y hacerlo mediante el estudio y la experimentación. Pero, naturalmente, aquí viene a cuento eso del pescado que se muerde la cola, porque en realidad nuestras creencias positivas pero irracionales (una parte de la autoestima) aumentarán nuestra eficacia para las resolución de problemas aunque estas creencias carezcan de bases racionales o empíricas. Difícil equilibrio, pues, el que hay que establecer entre las creencias positivas fundamentadas y las que no lo son tanto. Supongo que el lograrlo dependerá en todos los casos de ese valor que por mucho que se persiga siempre logra escapar de nosotros: la sabiduría.
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