Mare Nostrum
11.09.07 @ 19:16:17. Archivado en Sobre Vicente Blasco Ibáñez
Así se titula la mejor novela, en mi opinión, de Vicente Blasco Ibáñez, el gran novelista valenciano. Y estos días, en los que finaliza el verano, la he vuelto a leer.
Y es que yo, que soy un entusiasta lector de Vicente Blasco Ibáñez, que me sé casi de memoria prácticamente toda su obra, tengo por costumbre dedicar los veranos a releer algunas de las grandes obras de este escritor, y en estos días últimos del verano le ha tocado el turno a esta novela por excelencia de nuestro escritor.
La triste realidad es que a Vicente Blasco Ibáñez, bien por ignorancia bien por malicia, o por ambas cosas mezcladas indisolublemente, se le ha calificado como un mero escritor regionalista y no se ha querido ver más allá de “La Barraca”, “Cañas y barro”, Arroz y tartana”, “Flor de Mayo”, “Cuentos valencianos”, etc. Como mucho se le reconoce el prestigio alcanzado entre el público norteamericano de una excelente novela brillantemente escrita sobre la Primera Guerra Mundial por encargo del propio Poincaré, Presidente de la República francesa, como una aportación fundamental a la causa Aliada. Me refiero, naturalmente, a “Los cuatro jinetes del Apocalipsis”.
Aunque ese reconocimiento suele ensombrecerse calificando dicha novela histórica, periodística, con el despectivo remoquete de “panfleto aliadófilo”.
Ciertamente, Vicente Blasco Ibáñez, que era antimilitarista, que creía en la democracia, que conocía la historia de Alemania, de su formación como nación, de sus orígenes… Que había convivido en Argentina con alemanes, que sabía perfectamente cómo pensaban éstos, no podía estar en otro sitio más que al lado de Francia, de la República, de la patria de sus maestros literarios Víctor Hugo, Emile Zola… Y sobre todo del primero, a quien veneraba hasta el punto de que a la hora de la muerte del escritor tuvo éste una visión fantasmagórica en la que aparecía el grandioso poeta francés dándole la mano para llevarle consigo al Más Allá.
Pero en esta novela, “Los cuatro jinetes del Apocalipsis”, siendo extraordinaria como sin duda lo es, mereciendo sobradamente el entusiamo que le dispensó el público norteamericano, no se reúnen, en mi modesta opinión, las características que debe tener una buena novela con tanta profusión como en “Mare Nostrum”. Es decir, en la primera el argumento novelístico no tiene la garra con la que nos apresa la segunda.
Les invito a que lean ambas. Y si tiene la suerte de vivir junto al mar, y el tiempo lo permite, que lo hagan a la orilla del mar, perdiendo la mirada de vez en cuando en el horizonte marino. Brevemente, les diré de que trata.
“Mare Nostrum” es la historia del Mediterráneo, del “Mar Nuestro” de los latinos, unida a la de la guerra submarina en dicho mar durante la Primera Guerra Mundial. El capitán Ulises Ferragut nace en Valencia, hijo de un notario y tiene como padrino a un poeta. Su padre quiere que sea abogado, pero su padrino le enseña la historia de Valencia, siempre unida al mar por donde vino la Cultura. Es un niño soñador, imaginativo. Enamorado de una emperatriz griega, Doña Constanza, cuando él tenía diez años y ella seiscientos, visita asiduamente la Iglesia del Hospital de Valencia, en donde yace aquélla. Su padrino, poeta, historiador y eminente jurisconsulto, le cuenta la historia, la razón de que una emperatriz de tan lejanas tierras esté sepultada en aquella pequeña iglesia situada en el centro de la capital levantina.
Un tío de Ulises vive en la Marina, comarca costera valenciana de gran belleza paisajística. Es médico de profesión pero marino por vocación. A Ulises le enseña a nadar y a pescar.
Así crece Ulises, estudia Derecho por imposición de su padre, pero obtiene el título de Piloto naval a escondidas. Al fin se embarca, navega por todo el mundo como piloto, como capitán, más tarde. Sufre un grave naufragio. Se repone en Barcelona, donde vive su madre, que ya era viuda a la sazón, con una sobrina de ésta que no tardaría en convertirse en la esposa de Ulises. Pero tras las dulzuras del himeneo, el capitán Ulises Ferragut se aburre. Necesita volver al mar. Y lo va a hacer como lo que es: un hombre rico, heredero de sus padres, de sus tíos, de su padrino. En fin, que se compra un barco al que le da el nombre latino del mar que tanto admira: “Mare Nostrum”.
Al principio navega con poca fortuna. No hay fletes. Busca los puertos más lejanos, a donde no va nadie, pero aún así le cuesta encontrar carga. Cuando estalla la guerra, esta situación cambia, el abastecimiento de las tropas requiere grandes transportes de mercancías. Y el buque navega de puerto en puerto, siempre con carga segura y bien pagada. El Tío Caragol, un cocinero valenciano muy pintoresco, confecciona sus arroces sin escatimar el precioso aceite de oliva, cosa que antes no podía hacer. Y la tripulación se siente contenta. Incluso Toni, el segundo de a bordo, de semblante siempre fosco, sonríe pensando en el dinero que va a poder ahorrar para comprarse allá en la Marina unas vides de donde obtener las preciadas pasas, tan solicitadas por los ingleses. A eso piensa dedicarse cuando se retire de su larga vida en el mar.
Sin embargo, como suele suceder siempre, algo trunca aquella felicidad. De momento, una avería en el barco que les obliga a recalar en Nápoles, la bella ciudad italiana. Una vez en los astilleros del puerto, el capitán Ferragut abandona el barco, prefiere la comodidad de un hotel que el ambiente ruidoso del astillero.
Y ya en el hotel se cruza con dos mujeres, una de ellas, mayor; la otra de edad indefinida, aunque sin duda joven. La belleza esplendorosa y cosmopolita de la joven cautiva desde el primer momento al marino. Su temperamento vigoroso, de marino aventurero, que no piensa en el riesgo, le arroja a la conquista de aquella mujer enigmática y terriblemente peligrosa, como se demostrará en los acontecimientos que se narran en la novela y que podrán conocer ustedes si optan inteligentemente por leerla.
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