La sensatez y la izquierda
23.02.07 @ 13:04:22. Archivado en Actualidad
En mi artículo anterior manifestaba el deseo de que surgiera en el tenebroso panorama político español un partido político que fuera a la vez que sensato de izquierdas. Y ello, como era de esperar, ha suscitado entre algunos de mis lectores cierto estupor.
Lo comprendo, en primer lugar porque ser de izquierdas y ser sensato parece en principio antagónico. Y es que creo que todos sabemos que la izquierda se definió así por ser el lugar que ocupaban en el Parlamento los partidos contrarios a los conservadores. Es decir, a quienes lo poseían todo: el dinero, el poder, la fuerza militar y de orden público y encima hasta el Más Allá. Porque la religión católica, nuestra religión por decreto, que desde hace muchos siglos es tan proclive al poder, decía determinar quiénes irían al Cielo y quiénes no, según su comportamiento en este mundo. Y este comportamiento desde luego no podía ser opuesto al que los conservadores estimaran oportuno.
Entonces, ¿quién siendo prudente podía estar en contra de quienes lo tenían todo?
Claro que las palabras son blandas, admiten significados hasta incluso contrarios en su seno, y por eso otra significación de “sensato” es la de “buen juicio”. Y esto último exigía de quienes sufrían tal estado de cosas o de quienes aunque no lo sufrieran en sí mismos tenían la suficiente generosidad para luchar por la justicia, que se opusieran a dicha situación. Pues tener “buen juicio” no significa aceptar cobardemente la injusticia, sino oponerse a ella con el debido cuidado para no perecer en tal empresa, pero también con el necesario valor para acometerla con diligencia y energía.
Es decir, que con esta diversa mezcla de prudencia y de buen juicio se originaron diversos partidos de izquierdas. Unos pretendieron un cambio radical en la sociedad creando nuevas estructuras, suprimiendo radicalmente la religión que prendía en tantos corazones humanos, a veces en los más nobles, justificando la dictadura del proletariado, suprimiendo la competitividad cuando la solidaridad no movía a casi nadie, queriendo hacerlo todo por el pueblo pero sin el pueblo, como los reyes absolutistas. Otros, más acertadamente a mi juicio, quisieron que el pueblo fuera consciente, que adquiriera cultura, que aprendiera a razonar y a no dejarse manipular. Para ello el sistema democrático, la democracia que creó la burguesía para obtener su hegemonía como clase social, podía ser válido también para las clases sociales que todavía no podían hacer valer sus derechos. Evitaron, pues, el enfrentamiento imprudente con manifiesto buen juicio.
A esa izquierda sensata es a la que yo me refiero. A una izquierda que no desvirtúa su cometido, que no puede ser el de crear apátridas ni el de desgajar el territorio nacional; que evita los enfrentamientos estériles, es decir, todos aquellos que no conduzcan a justos cambios sociales; que respeta las religiones en la medida en la que éstas se adapten a los valores de la sociedad democrática y que no hace gala de anticlericalismo porque en la actualidad ya no existe el clericalismo (eso fue en otros siglos); y que con prudencia, pero también con firmeza, se opone a los desmanes de un capitalismo salvaje o de una globalización desintegradora; y, para terminar, que no impone al conjunto de los ciudadanos una moral que para muchos es repugnante, aunque no permita en ningún caso que las minorías sean perseguidas o desposeídas de sus más legítimos derechos.
En fin, una izquierda que lucha de verdad por la paz y la justicia.
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