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Vicente Blasco Ibáñez, el feminismo y “La Reina Calafia”

Permalink 10.05.12 @ 19:31:31. Archivado en Sobre Vicente Blasco Ibáñez

Dentro del general desconocimiento existente sobre este genial novelista y no menos genial político
y periodista, está el relativo a su relación con la mujer. Mucha gente sabe que este hombre tuvo muchas amantes, y por eso le califican de mujeriego, incluso de putañero.

Y nada más lejos de la realidad. Más propio sería definirle como a un enamorado de la mujer en la que vio siempre, tanto en sus defectos como en sus virtudes, al ser humano por excelencia. Y testimonio fidedigno de esto se puede obtener observando a los entrañables personajes femeninos que creó a lo largo de su fecunda vida literaria. Fecunda, pese a estar dedicado a otras muchas actividades: político, periodista, reportero de guerra, editor, colonizador de tierras vírgenes, cineasta... Pues él se consideró siempre más que un literato, un hombre de acción. Y decía, refiriéndose a Cervantes, a quien admiraba profundamente, que éste no sólo fue escritor sino también soldado.

Sin embargo, en donde más puede verse esta entusiasta admiración por los valores femeninos, no solo por la belleza de la mujer, a la que siempre rindió apasionado homenaje, es en algunas de sus novelas, las dedicadas muy especialmente al tema femenino. En ellas expresa con meridiana
claridad su ideal de mujer, que no es precisamente el de su época: la abnegada esposa entregada al cuidado del hogar y de los hijos, a la que respeta profundamente, como amó y respetó a su madre; sino más bien el de la mujer actual. Es más, en una de sus novelas, en “El paraíso de las mujeres”,
hace una anticipación algo exagerada, sarcástica, sin duda, de lo que sería en el futuro el papel de la mujer. Y aunque toda ella rezuma ironía e ingenio humorístico, no deja por ello de valorar al elemento femenino como un ente pacificador, es decir, como algo que crea paz y armonía en las relaciones humanas. Y hace que en la trama novelesca la mujer invente y utilice unos rayos “negros” –así los denomina- que proyectados sobre las armas de los belicosos hombres hacen que estallen estas, inutilizándolas, por tanto, y convirtiéndolas en peligrosas para los propios usuarios.

De esa forma, según relata la novela, se logra en un imaginario país el poder femenino, basado esencialmente en la paz y la razón, en la supresión de las guerras, de los enfrentamientos sangrientos y muchas veces estúpidos que protagonizan los hombres muy en contra del sentir de las
mujeres.

Necesariamente, en una época en la que, sobre todo en España, la sumisión de la mujer era su virtud
más preciada, las ideas revolucionarias, intrínsecamente feministas, de aquel hombre grandioso tenían que chocar con el común de la sociedad, provocar escándalo. Pero esto no le importó a él,hombre valiente y generoso hasta extremos increíbles. De modo que hizo llegar a la enrarecida
atmósfera española las ideas más avanzadas, más justas. No en balde ha merecido una mención de la destacada feminista Lidia Falcón cuando se refiere a la poca sensibilidad de los escritores varones del noventa y ocho ante la opresión de la mujer. Estas son sus palabras:

“Mientras, excepto Vicente Blasco Ibáñez, los noventayochistas padecen una total indiferencia por
los terribles sufrimientos que acosaban a la mitad de la población española.”

Y es que este feminismo insólito, chocante con su época, ya se manifiesta en su juventud, y en una de sus primeras novelas, “Entre naranjos”, que en principio tituló "Amor que pasa", según nos cuenta su biógrafo más insigne, J..L. León Roca, el protagonista de la misma, tan semejante a su progenitor literario, se enamora de una mujer con las características arquetípicas de los personajes femeninos
que irán naciendo en sucesivas novelas, y dicho protagonista lucha contra el machismo propio del varón de entonces, que distinguía claramente el amor que pasa, el único posible hacia la mujer que ha tenido muchos amantes, y el otro, el permanente, que sólo se puede dar a la esposa fiel, madre de
sus hijos.

Pero Vicente Blasco Ibáñez, a lo largo de su vida, acabó decantándose no por la hembra virginal, inmaculada, sino por la refinada en todas las lides del amor. La que se entregará más apasionada y sabiamente a esos “transportes divinos”, a esa “voluptuosidad” -palabras éstas muy queridas por Blasco- carnal difícil de lograr en un lecho más puro. Testimonio de esta lucha se encuentra con mucha claridad en su novela más autobiográfica: “La voluntad de vivir”.

No obstante, el feminismo de Blasco dista considerablemente de ciertas formas que este movimiento tan digno de respeto, ha adquirido a lo largo de su historia. Es decir, no es un
feminismo contra el hombre, sin el hombre, sino con el hombre. Y en un relato de Blasco se pone de manifiesto muy explícitamente como piensa nuestra autor. Cuenta que una feminista habla a un grupo de jovencitas sobre el hombre y la mujer, y dice que entre ambos tan solo existe una pequeña
diferencia. Entonces, una de las jovencitas exclama con candoroso entusiasmo: “Viva la pequeña diferencia”.

Y creo que con esto se dice todo respecto al feminismo moderado, inteligente, nada visceral de nuestro autor, por tanto pasemos a hablar de la novela que nos ocupa.

En ella, en “La reina Calafia”, se hace un parangón entre dicha reina, que lo fue de California, según cuenta Garci Ordóñez de Montalvo, viejo soldado, a la sazón regidor en Medina del Campo, y Conchita Ceballos, heredera de unos hacendados españoles establecidos en aquel país. Porque
ambas, la singular reina de la que tendrá cumplida noticia el lector en esta novela, y Conchita pertenecen a esa especie de mujeres que tanto entusiasmaban al ilustre novelista: el de las mujeres audaces, que se bastan a sí mismas, dominadoras, inteligentes, capaces de prescindir totalmente de la presencia protectora del varón..

Y así es Conchita, mujer viuda que viaja con la única compañía de una amiga, hija de un antiguo socio del ingeniero Balboa, el primer amor platónico de la viuda, a la que ayuda económicamente para que se haga una y otra vez estiramientos de piel, procedimiento novedoso en aquella época. La viuda californiana conduce su propio automóvil por las calles de Madrid, entre las miradas sorprendidas de los transeúntes. Pero a lo largo de la novela se producirán hechos todavía peor vistos: sus relaciones amorosas con un hombre mucho más joven que ella.

En esta novela vuelve otra vez su autor a una de sus pasiones más arraigadas: el estudio de la historia de España, la de sus navegantes y conquistadores del territorio americano. Por eso nos cuenta la historia de California, la curiosidad de que este nombre existiera ya antes de que fuera descubierta, merced a la novela titulada “Las sergas de Esplandián” del anteriormente citado Garci Montálvez, el origen español de este país, que ya en aquel entonces era norteamericano, las gestas extraordinarias de los españoles en aquellas lejanas tierras.

Y también retorna a su otro ideal: la mujer. Tanto la ama que siempre encuentra virtudes en cada una de ellas. Adoraba a su madre, ferviente devota católica, él, a quien algo injustamente se le califica de anticlerical furibundo, y hasta alaba su candorosa credulidad. En esta novela, dedica
también palabras de elogio a doña Amparo, la esposa del profesor Mascaró, la madre de Consuelito, una mujer muy a la antigua usanza. Le elogia su agudeza femenil de este modo:

“Luego, gracias a su agudeza femenil, capaz de explicarse muchas cosas que no pueden descubrirse con ayuda de los libros, fue adivinando los sentimientos de la muchacha.”

Y lo que le sucedía a la joven, lo que tan sagazmente adivinaba doña Amparo, era que se había enamorado. Por eso, ella que antes era una muchacha estudiosa, que deseaba ir a la Universidad en contra del parecer de su madre y con la aprobación de su padre, ahora se mostraba lánguida, se
dejaba llevar por las ideas de doña Amparo; la cual consideraba que el fin de toda mujer era el matrimonio. El objeto del amor de la joven era un muchacho con el que se había criado, hijo del ingeniero Balboa, antes nombrado, un íntimo amigo de su padre, y cuyo nombre era Florestán.
Este muchacho, aplicado estudiante de ingeniería, tendría un buen porvenir, al decir de doña Amparo, si el padre no desperdiciaba su fortuna en negocios ilusorios a los que era tan aficionado.

Por su parte, Florestán también amaba a Consuelito.

Pero la llegada de Conchita Ceballos iba a cambiar las cosas. La aureola dorada de la millonaria embaucó a todos, a Consuelito, que vio en ella a una posible protectora de su novio; a Florestán, que pronto se enamoraría de ella; al profesor Mascaró, intelectual de gran seriedad aparente pero
que allá, en el fondo de su cerebro, imaginaba cosas que luego le hacían sonrojarse; y hasta a la propia doña Amparo, tan chapada a la antigua. Creen en la influencia bienhechora que .va a tener la viuda en la familia. Pero pronto se ve que esto no iba a ser así. Florestán ve en la atractiva viuda, lo que nuestro novelista vio en tantas mujeres que le hicieron alejarse del tálamo conyugal: el cosmopolitismo, la belleza femenil cuidada con los más sofisticados afeites y todo ese refinamiento y exquisitez que son producto del buen gusto y del dinero.

Conchita, que fue esposa fiel de un marido mucho mayor que ella, que no sucumbió a las múltiples tentaciones a que está expuesta una mujer bella, distinguida y rica, que ya es una mujer madura,aunque de espléndida belleza otoñal; no puede evitar enamorarse de este muchacho que exhala un perfume de pureza para ella embriagador. Porque Florestán es un joven atlético, que cultiva los deportes, vigoroso, saludable y casi tan puro como una virginal doncella. Apenas conoce el sexo, sólo ha tenido unos pocos encuentros que no han contribuido, precisamente, a exacerbar su dormida
sensualidad.

Mientras, aparece un tétrico personaje llamado Casa Botero, de dudosa fama y que se atribuye un marquesado todavía más dudoso. La cuestión es que este individuo ronda a la rica viuda y esta, simplemente por coquetería femenina, le deja que se haga algunas ilusiones. Este tipo coincide con
Florestán en el cortejo a Conchita y adivina en este último a un rival muy peligroso. Por ese motivo, seguramente, lanza constantes pullas al joven aprovechando cierta circunstancia que explicaremos ahora. El padre de Florestán, Ricardo Balboa, es un ingeniero e inventor con una imaginación un
tanto desbordada. Por eso, como hemos dicho antes, emprende negocios, explotación de inventos suyos, que luego carecen de utilidad práctica y por tanto fracasan. Y este hombre, que conoció a Conchita cuando ésta sólo tenía catorce años y él más de veinticinco, fue el amor platónico de su
adolescencia, aunque jamás él lo supo y ni siquiera hubiera sido capaz de imaginarlo.

Pues bien, el tal Casa Botero se burla de Florestán por el carácter visionario de su padre. Y Florestán, que adora a su padre, y que tiene un carácter impetuoso, incluso violento, acaba dándole de bofetadas. Y consecuentemente con la época se origina un duelo en el que Florestàn, poco ducho con la esgrima y demasiado colérico, acomete ciegamente hasta que él mismo se clava en el estoque de quien le había provocado.

La herida, en el pecho, no es mortal; pero sí grave. Prontamente acuden el profesor Mascaró y Conchita a la finca en donde se encuentra el herido. Y ésta se muestra magnífica en su profundo dolor, su cólera, ante la injusticia de un duelo entre un hombre avezado en el manejo de las armas y
un joven que lo fía todo a su valor y acometividad. Y aquí Blasco pinta espléndidamente un retrato psicológico en el que con vigorosos trazos se muestra el sentido de la justicia de esta mujer, su defensa del débil, que en aquel momento era aquel hombre fuerte, atlético, valiente; pero postrado en el lecho del dolor por una mano artera, asesina. Así califica la hermosa viuda al vencedor de aquel duelo, y repite insistentemente:

“¡ Pobre muchacho!... ¡ Qué infamia !...”

Y también es admirable, si nos situamos en la época en que se producen los hechos, cómo prescinde de todo convencionalismo y sin el más mínimo temor a las murmuraciones, se queda allí para cuidar al herido. Incluso se llega a enfrentar físicamente con Casa Botero y demuestra que una mujer debidamente entrenada en boxeo o en cualquier otro arte marcial puede perfectamente batir y dejar KO a un duelista profesional. ¡Magnífica mujer! ¡No en balde se la compara con la reina Calafia! Sin duda, Concha Ceballos, es una de las grandes heroínas del genial novelista..

La viuda, que en realidad no ha conocido el amor pese a su edad, salvo aquella ilusión rosada que sintiera por el padre de Florestán cuando ella apenas había traspasado esa frontera sutil entre la niñez y la pubertad, lanzó su imaginación desbocada por la ardiente pasión que sentía. Imaginó su futuro con Florestán y se lo contó a Rina, su amiga y confidente. Le dijo que pensaba viajar con él
por el mundo, que a ella, a Rina, la casaría también. Es más, que si era necesario le compraría un marido y si este no le gustaba, otro. No habían obstáculos que pudieran oponerse a su firme voluntad y al poder que le daba su riqueza. Florestán, si quería trabajar, podría hacerlo
encargándose de sus numerosos negocios. Hasta pensó en el padre de éste, su antiguo amor secreto e irrealizado,

Pero una visita inesperada da al traste con sus esperanzas amorosas. Es Consuelito, muy atribulada, que le suplica que deje a Florestán, que es su novio de toda la vida, que una señora tan hermosa y elegante como ella podía tener los hombres que quisiera, mientras que ella sólo podía tener a
Florestán que, además, ¡era tan joven!... Y esto hizo pensar a la viuda que si bien ahora podía ser amada por un hombre de la edad del hijo de su antiguo amor, no transcurriría mucho tiempo para que la diferencia de edades fuera demasiado ostensible. Probablemente, este pensamiento y el
cariño protector que había despertado en ella Consuelito, le hizo tomar una decisión, así que despidió afectuosamente a la muchacha prometiéndole que pronto tendría noticias suyas y llamó a Rina para pedir que le dijera al chófer que preparase el coche para un largo viaje.

Algún tiempo después, en Niza, se encontró con Florestán. Y este le contó que había muerto su padre y tras algunas circunloquios en los que pretendía en un principio hacerle creer que el encuentro era casual, declaró francamente que había ido allí a buscarla, que la amaba. Entonces, a
Concha Ceballos se le ocurrió una idea un tanto folletinesca quizás para interponer entre su enamorado y ella un obstáculo infranqueable.

Pero esto mejor lo descubrirán ustedes si se deciden a leer esta excelente novela.

En respuesta a Mario Vargas Llosa sobre los toros

Permalink 20.04.12 @ 17:51:33. Archivado en Actualidad

¡Qué pobre la argumentación en defensa del espectáculo taurino la del Sr. Vargas Llosa! Empieza diciendo, en respuesta a la pregunta de la periodista, que él sí se pone en lugar de los toros, pero de los toros bravos, los cuales, si se suprimieran las corridas, dejarían de existir. Pues bien, el toro bravo no es una raza sino el producto de una selección.

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Vicente Blasco Ibáñez, el amigo de Francia

Permalink 25.10.11 @ 18:40:26. Archivado en Sobre Vicente Blasco Ibáñez

Le debo a Vicente Blasco Ibáñez muchísimas horas de emoción y de profundo goce estético, además de la mejor parte de mis conocimientos. Sus ideas grandiosas y llenas de generosidad, de un acendrado humanismo, me impregnaron desde la infancia, cuando más indeleblemente se imprimen en el alma los sentimientos, como tan bellamente expresó nuestro más excelso novelista:

«Las cosas que vemos a la luz rosada de la aurora son tal vez las que más fijas quedan en nuestra memoria. Luego, el esplendoroso sol de las horas meridianas no hace más que aumentar el volumen y los colores de estas mismas cosas.»

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La donostiarra a la que le hedía el sexo

Permalink 22.08.11 @ 20:19:34. Archivado en Actualidad

Hace años conocí a una señora de San Sebastián que, circunstancialmente, vivía en Valencia, como yo. Aunque en mi caso, el hecho de vivir en Valencia, no es precisamente una “circunstancia” en el sentido de hecho fortuito u ocasional, sino más bien a que yo soy nacido en esta bella ciudad del Levante español. Pues bien, como decía, conocí a esta señora que, según me dijo, era natural de San Sebastíán, bellísima ciudad también, y que, de más joven (ya era algo madura) había trabajado como administrativa de una importantísima academia de enseñanza por correspondencia ubicada en la capital donostiarra.

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Antimanifiesto taurino (2)

Permalink 23.04.11 @ 20:23:40. Archivado en Actualidad

Y sigue escribiendo el Sr. Ignacio Mejía:

“Con el toro no sólo salvamos su raza. Con él protegemos, salvamos y perpetuamos un ecosistema único: la dehesa mediterránea, paraíso y vergel de más de medio millón de hectáreas en la península en donde encontramos a cientos de especies animales y vegetales protegidas o en peligro de extinción como pueden ser: el águila imperial, el lince ibérico, la cigüeña negra, el sapillo partero ibérico, la codorniz torillo, el buitre negro, el palmito o la peonía. El toro juega un papel clave como guardián del último paraíso ibérico, de la última frontera frente a la especulación inmobiliaria, del último oasis de vida salvaje de nuestra España en donde aún permanece el misterio de lo cotidiano frente al balanceo magistral de la vida y la muerte sujeto por un soplo de incertidumbre.”

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Antimanifiesto taurino (1)

Permalink 23.04.11 @ 15:24:19. Archivado en Actualidad

En esta dirección se encuentra el manifiesto del Sr. Ignacio Mejía que voy a rebatir seguidamente punto por punto: http://t.co/HwnvAGm

Y lo hago pensando en que muchas personas pueden ser engañadas por las falacias, falsos argumentos, que en él se contienen. Y pensando también, quizás ingenuamente, que algunos aficionados a los toros pueden, mediante el razonamiento, llegar a la conclusión de que este espectáculo es inmoral y por tanto rechazable para toda persona honrada.

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Sostres, el repugnante

Permalink 08.04.11 @ 10:29:18. Archivado en Actualidad

La verdad es que no pensé en escribir nada sobre este turbio asunto y no menos turbio personaje. Ayer, al leer lo sucedido en twitter, estuve tentado, incluso, de comprar El Mundo puesto que ya había sido borrado en la Red el articulillo de marras, pero no cedí a esta tentación pues consideré que el dinero que iba a gastar era una mala inversión y que, por otra parte, tampoco estaba dispuesto a caer en una posible añagaza para vender más periódicos. Porque, la verdad, a mí me resulta muy extraño que el director de un periódico en el que escribe un tipo como el susodicho, no lea antes de publicarlos, unos contenidos siempre sospechosos de suscitar, cuando menos, graves controversias. No olvidemos el escándalo que provocaron las declaraciones de este sujeto cuando dijo aquello de las vaginas y el ácido úrico. Con aquellas manifestaciones, aunque fueran a micrófono supuestamente cerrado, ya se reveló este señor, además de como un experto catador de secreciones vaginales, como alguien muy poco respetuoso con las mujeres.

Pues bien, como decía, al final no compré el periódico, pero más tarde pude satisfacer mi malsana curiosidad en Periodista Digital. Leí la capciosa argumentación del señor Sostres, quien, por una parte. afirmaba no ser partidario del maltrato a las mujeres ni a nadie, de no defenderlo jamás ni justificarlo; pero al mismo tiempo decía que el asesino de la mujer embarazada era “un chico normal”, que no era "un monstruo”.

Claro, y es verdad, tiene su parte de razón el señor Sostres: un asesino no es un monstruo propiamente dicho, que es algo ajeno a la “producción regular de la naturaleza”, como dice el DRAE, aunque también dice, en otra de las acepciones admitidas, que es “una persona muy cruel y perversa”. Y aquí sí que cabría llamar “monstruo” a alguien que por celos, por despecho, por amor propio herido es capaz de segar la vida de una mujer gestante y de una inocente criatura.

Pero también cabría llamar “monstruo”, aunque el DRAE todavía no lo recoja, a quien es capaz de intentar justificar lo injustificable, de mentir diciendo que no dice lo que dice y a quien llama “chico normal” a un despiadado asesino. Y todo para salir en la prensa, aunque sea para recibir denuestos de las personas verdaderamente normales.

Google, los hipocondríacos y los malos médicos

Permalink 05.04.11 @ 20:52:36. Archivado en Actualidad

Desde siempre han existido personas que se preocupan sin verdadero motivo del estado de su salud. Todos conocemos esa deliciosa obra de Molière titulada “El enfermo imaginario”, en la que se pone de manifiesto la penosa aprensión de un burgués que cree estar enfermo y de unos médicos que tratan de complacerle dispensándole todo tipo de remedios para unos males que en realidad tan sólo existían en su imaginación.

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¿Cuáles son las verdaderas razones para vivir?

Permalink 01.04.11 @ 19:13:55. Archivado en Psicología

Reconozco honradamente que esta profunda pregunta no me la hago en medio de una crisis existencial; eso es más propio de jóvenes y yo ya dejé muy atrás la dorada edad. Tampoco tras haber sufrido de alguna pérdida irreparable. Ciertamente que las he sufrido, pero ya hace mucho tiempo que lo asumí. Ni sufro de una penosa indigestión y tampoco (¡no vayan ustedes a creer!) de disfunción eréctil.

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Santiago Segura, el Cervantes de nuestra época

Permalink 24.03.11 @ 13:05:30. Archivado en Actualidad

He dudado mucho antes de poner el título que antecede al presente artículo. Soy un profundo admirador del inmortal autor del Quijote y aunque también soy seguidor entusiasta de Santiago Segura, siempre he pensado que este último no podría jamás compararse con el ilustre manco de Lepanto, que Santiago es un gran humorista, pero nada más que eso.

¿Nada más? ¿Y qué fue Cervantes sino otro gran humorista? Alguien ha dicho que es más fácil hacer llorar que hacer reír, y yo creo que es verdad. Cierto que existe un humor grosero, chabacano, carente de ingenio y que, por tanto, no debería merecer mención alguna. Y muchos piensan que Santiago Segura es un humorista de ese tipo, pero yo creo que se equivocan. Por el contrario, lo que hace el genial cineasta es exactamente lo mismo que lo que hizo nuestro genial escritor cuando gestó su obra más conocida: El Ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha. Porque, ¿qué hizo éste sino desmitificar las novelas de caballerías, tan en boga en aquel entonces? Pues bien, en el momento presente no son las novelas de caballerías ni ninguna otra creación literaria las que sorben el seso de una mayoría de gente. No son aquellos caballeros legendarios cuyas hazañas eran seguidas con fruición por menestrales e hidalgos de la época, que penetraban en todas las casas, desde las de más rancio abolengo hasta las más humildes, para llevar un hálito de ilusión en una época de nuestra historia de España en la que la miseria más o menos disimulada era la tónica general. Recuérdese el comienzo de nuestra gran novela:

En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor. Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lentejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos, consumían las tres partes de su hacienda.

Es decir, la historia que se comienza a narrar es la de un hidalgo de medio pelo, cuya humildad económica era suplida por su gran imaginación y la nutrida biblioteca en la que tenían su asiento las obras más fabulosas de todos los tiempos y en las que valientes caballeros luchaban contra la injusticia, contra el mal. Porque pese a la mezquindad real existente a la sazón la verdad es que la gente de la época, al menos los que se distinguían del pueblo llano, sustentaban profundos ideales, poseían una elevada espiritualidad.

Pero el idealismo cuando no se fundamenta mínimamente en la razón se transforma en locura. Aunque eso si, una locura que produce risa a todos, necios y discretos, pero que a estos últimos pronto la risa se transforma en respeto, en comprensión, triste reconocimiento de las nobles causas que originaron dicha locura. Y esa es la tesis de nuestra inmortal novela: el hombre superior que se vuelve loco en medio de la mezquindad reinante y que contagia con su locura al pueblo llano representado por el bueno de Sancho.

Santiago Segura, como don Miguel de Cervantes, posee aguda inteligencia y una tremenda capacidad de observación. Pero el tiempo que le ha tocado vivir a nuestro genial cineasta es muy distinto al que vivió Cervantes. Los ideales murieron, el más grosero pragmatismo lo impregna todo, los caballeros de la época, es decir: los líderes no tratan de corregir entuertos sino de aprovecharlos en su propio beneficio. Y para eso crea un personaje muy peculiar y yo creo que bastante alejado de la verdadera idiosincrasia de su creador. Creo que todos conocemos ese personaje, por tanto obviaré el describirlo. Pero, ¿no es cierto que tiene grandes similitudes con muchos de los que mueven el mundo en la actualidad? Naturalmente, como en toda parodia de pro, se exageran notablemente los rasgos; pero, en definitiva, no es difícil reconocer en él a tantos que han ocupado y ocupan puestos claves en nuestra sociedad. Además, para mayor inri, este repugnante personaje se rodea de otros no menos repugnantes, a veces: Belén Esteban, Paquirrín, y un largo y variopinto etcétera. También, como no podía ser menos, de grandes actores humorísticos. En suma, mezcla a estos grandes actores con la flor y nata de la basura y basurilla nacional, formando un cóctel verdaderamente explosivo que atraviesa las estragadas papilas gustativas del público provocando hilarantes y saludables risas.

Así ocurrió con el Quijote, que no fue en principio una obra para sesudos pensadores, sino para solaz y enseñanza del pueblo que con la risa alcanzó la comprensión de lo absurdo de las hazañas de aquellos caballeros tan admirados. Ojalá la genial obra de Santiago Segura logre el mismo loable propósito: el de abrir los ojos de muchos para que vean la desvergüenza de esta elite nacional, para que capten la granujería que esconden, para que, en definitiva, los numerosos esperpentos que acaparan nuestras televisiones tan sólo les provoquen risa y jamás se dejen seducir por sus falsos oropeles.

“¡Oh libertad, cuántos crímenes se cometen en tu nombre!”

Permalink 02.08.10 @ 10:01:31. Archivado en Actualidad

La frase con la que titulo el presente artículo, que pronunció supuestamente Madame Roland cuando iba a ser ajusticiada por la misma Revolución por la que ella tanto había luchado, creo que tiene plena vigencia en la actualidad, aunque, en el presente caso, no sean precisamente los que más lucharon por la libertad los que más se llenan la boca con esa sagrada palabra.

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La chulería

Permalink 05.04.10 @ 13:00:11. Archivado en Actualidad

Algunas personas piensan, al parecer, que lo importante no es tener la razón sino ser capaz de imponer al adversario nuestra “razón” que no necesariamente ha de coincidir con lo que es verdadero y justo. O también, y esto es más grave todavía, que a semejanza de los “juicios de Dios”, como se llamaban las sangrientas justas medievales, el Altísimo asiste al que de verdad posee la razón y le otorga la justa victoria.

Y nada más lejos de la realidad esto último, y muy poco decente lo primero ya que nadie puede jactarse de ser capaz de imponer por la fuerza lo que no es justo, a no ser que sea un cínico carente de dignidad y de vergüenza.

Estos razonamientos o semejantes deberían ser suficientes para que nadie pretendiera resucitar, aun mezquinamente, sin la hermosa parafernalia que los caracterizaba, aquellos enfrentamientos entre caballeros en los que se “lavaba el honor mancillado”, y de los que solía salir victorioso no el que más razón tenía, sino quien mejor manejaba las armas, quien poseía mayor malicia o crueldad.

Lo mismo sucede ahora, tiempo éste en el que se hallan severamente prohibidos tales enfrentamientos entre “caballeros” e incluso entre “villanos”, pero que algunos jóvenes de ambos sexos (la chulería belicista ya no es exclusiva del varón) practican cada vez con mayor frecuencia. Quizás porque en fondo dudan de toda justicia y piensan que ésta sólo será efectiva si ellos mismos son capaces de imponerla con sus puños o navajas.

Y es que una sociedad en la que “la justicia es un cachondeo”, como dijo alguien quizás acertadamente, pero no sólo la justicia que se imparte en los tribunales al efecto, sino también la justicia en las aulas, en la familia, en todos los ámbitos sociales, es natural sentirse tentado a recurrir a otro procedimiento más antiguo, más primitivo, anterior a la moral y al derecho, más propio de nuestros ancestros más feroces..., al enfrentamiento personal en algún apartado lugar en donde nadie pueda imponer reglas, en donde sólo el más fuerte, el más astuto, el más cruel pueda prevalecer aunque sea a costa de la vida del otro: que en eso consiste la chulería.

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