Columna de humo

San Juan de Baños

07.11.18 | 18:17. Archivado en Es Castilla, oiga.

Hubo un tiempo en que cuando buscaba soledad o intimidad iba a la ermita de San Juan de Baños, la iglesia más antigua de España; situada en un pueblo pequeño y alejada del casco urbano ofrece, por su soledad y su aislamiento, todo el recogimiento y la serenidad que un ser humano puede necesitar en momentos de incertidumbre. Pequeña, oscura, recogida y silenciosa ofrece al superficial ser humano del siglo XXI toda la profundidad y trascendencia con que los visigodos celebraban la vida, profundidad y trascendencia que nosotros, los de la era digital, hemos olvidado.

Los tiempos han pasado y la era digital nos tiene, precipitados y bulliciosos, deseando siempre la charanga y el alboroto, demasiado alterados, ajetreados, nerviosos. A veces es necesario hacer una pausa de silencio y recogimiento, de introspección. Hablo de la ermita de mi pueblo, ese regalo que la historia ha dejado en Baños de Cerrato, capitalidad de Venta de Baños, ¿se sigue diciendo así?, donde el mundanal ruido se aparta, huye rabiosamente y deja que el alma se serene, que la quietud se adueñe de las mentes aceleradas de este rufianesco siglo XXI.

San Juan de Baños, ya lo he dicho, es una reliquia visigótica, uno de los escasos monumentos prerromanos que nos quedan. Pero es también un monumento a la discreción, al silencio y a la serenidad. Pasear recatadamente, calladamente, serenamente, entre sus tres naves es pasear con uno mismo, olvidarse de los tramposos dilemas de la actualidad, perder de vista los grandes problemas del humano medio actual y tener tiempo para mirar dentro de uno mismo, eso que tanto espanta a una sociedad acostumbrada al ruido, a las voces altaneras y al bullicio inconsistente y vacuo.

Pasar bajo su arco de cerradura (sí, ya sé, “herradura”) es traspasar el velo de los tiempos y trasladarse al siglo VII, es dejar atrás la sociedad acomodada y muelle y adentrarse en épocas oscuras, donde solo la fe podía impeler a los hombres a un trabajo ímprobo y materialmente improductivo como levantar iglesias, cuando tantos brazos se necesitaban para la cosecha o para la guerra. El resultado es paz, intimidad y encuentro con el verdadero yo.

Deambular bajo la penumbra que todo lo llena entre sus columnas de mármol romano, elevar la mirada a sus capiteles y llenarse de serenidad y calma es un homenaje al buen sentido, a la vida profunda e íntima y un insulto a esto que llamamos la vida moderna. El visitante rellenará el vacío de su vida al contemplar la copia de la corona de Rey Recesvinto, que edificó esta iglesia en loor de San Juan en el año 661, (¿Sabe el lector precipitado dónde queda el año 661?) o al contemplar la inmensa pila bautismal e imaginar, si quiere concederse unos segundos, cómo sería la ceremonia de bautismo por inmersión (trascendencia, solemnidad, susurros en una lengua castellana que estaba todavía naciendo, velas, caras enjutas, ropajes de la época) entre gentes de hace mil cuatrocientos años.

Hubo un tiempo en que cuando buscaba soledad o intimidad iba a San Juan de Baños. Ahora los años, la sociedad, la calle, el ritmo de vida me han apartado de ese encuentro con parte de la historia, con parte de mi historia, con la historia de mi gente y mi tierra. Sé que está ahí, que siempre estará a un tiro de piedra, sé que mi reconciliación con la vida, conmigo, con este mundo alterado está entre los ábsides de San Juan de Baños, entre sus columnas de mármol, en la tiniebla de su silencio, en su recogimiento, en la intimidad que me ofrecen sus centenarios muros. Sé que estoy siempre allí, que puedo estar siempre allí. Con solo quererlo.


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