Columna de humo

¿Cuándo colgaremos la bandera de España por Castilla?

17.01.18 | 19:36. Archivado en Es Castilla, oiga., Es España, oiga

Lo de Pañerías Cebrián es otra señal más. Otra señal de decaimiento, de abandono, falta de futuro. Pañerías Cebrián forma parte de los recuerdos más lejanos de mi infancia, sí, también ya lejana. Prácticamente enfrente estaba Calzados Hoyos, por donde yo pasaba muchos fines de semana a ver a mis tíos. Era aquella una Palencia más íntima y antañona, todavía con tráfico por la calle mayor, con los letreros de los comercios colgados bajo los soportales, una Palencia en la que los buenos vecinos, como era este caso, se pasaban a pedir favores y a devolverlos y si había oportunidad, a cambiar alguna impresión sobre la actualidad del momento, si la autoridad lo permitía, claro… mientras llegaban los primeros clientes.

La clausura de Pañerías Cebrián, con su gran fachada, con sus enormes escaparates, es una clausura de una época de Palencia; pocos comercios estuvieron tan enraizados en la ciudad, con una situación tan adecuada y un espacio tan amplio. Es doloroso que desaparezca un símbolo de la Calle Mayor, del comercio palentino pero también es especialmente dolorosa la situación de sus empleados. Me duele también la indiferencia de los ciudadanos ante esta otra muestra de decrepitud y abatimiento, ante otro paso adelante en el aislamiento de Palencia. Con este cierre se cierra un poco de Palencia, un poco de mi infancia y se avanza en la clausura de un tipo de comercio que siempre existió. Es un símbolo de una derrota.

Me temo que su espacio, después de un tiempo ensombreciendo el aspecto de la calle mayor, será ocupado por alguna multinacional, que será el mal menor que pueda caer; al fin y al cabo se crearían puestos de trabajo y contribuiría a dotar de nuevo ánimo a ese sector del centro de nuestra ciudad. Lo de las multinacionales, además de crear empleo y ayudar a la economía de un lugar, tiene para mí la desventaja de que termina por otorgar a todas las ciudades el mismo aspecto. Uno no sabe si está en su pueblo o en Pernambuco, la calle tiene siempre el mismo aspecto, esté donde esté, y termina por dar igual donde estés.

Sí, es otro paso más en el largo decaimiento y agonía de una ciudad que no reacciona, una ciudad que se encoge de hombros y presencia con acongojada resignación su empequeñecimiento, una ciudad que no reacciona ante el sufrimiento inmerecido de una parte de su población trabajadora. Paseando por la calle Menéndez Pelayo se puede observar cuántos comercios cerrados, cuántas persianas bajadas, cuántos cierres echados sin que a nadie pareciese preocupar. Estamos con la bandera de España colgada en nuestros balcones como rechazo a una política que divide a la sociedad, separa familias y enfrenta amigos, pero ante nuestros propios males nos callamos. ¿Qué bandera vamos a levantar para luchar por nosotros mismos?

Hace muchos años un amigo que me merecía todo el aprecio y el respeto se enfrentaba a la fase terminal de su enfermedad. En un momento de su penoso recorrido hacia el cielo dijo a sus familiares: “Tenéis que hacer algo, ¿no veis que me estoy muriendo?”. Nuestros políticos tienen palabras para afrontar retos lejanos y ajenos, pero nadie hace nada por una tierra que se muere, cuyos habitantes la abandonan a decenas. La despoblación, la reducción a la nada, no es solo cosa del medio rural, ese medio rural que nadie quiere mantener salvo unos pocos locos que se empeñan en vivir en él, unos pocos y sus pocos votos que interesan cada vez menos. Palencia, como todas las provincias castellanas, es víctima de las políticas actuales, sin que nadie parezca tener fuerza para evitarlo.

La cuestión de la supervivencia del mundo rural no está ya en manos de los ayuntamientos ni las diputaciones, ni siquiera la pomposa Junta de Castilla (y León) tiene en sus manos el remedio. La situación es grave y la solución debe venir desde más arriba, desde Madrid y desde la Unión Europea. Pero eso solo llegará cuando los ciudadanos hagan saber a quien corresponda que convertir a España en un desierto con cuatro o cinco megalópolis superdesarrolladas y superindustrializadas ess la antítesis de una España vivible, habitable, equilibrada. Que un reparto de los medios de producción, de la población y de los recursos conviene incluso a los que están encantados de vivir en esas megalópolis.

Mientras tanto encojámonos de hombros y escondámonos detrás de nuestro voto. A ver a quién le toca cerrar mañana.


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Comentarios
  • Comentario por marques de caballeroj 20.01.18 | 09:00


    Las franquicias aparte de robar identidad a la ciudad traen con ellas la precariedad salarial y lo que es peor, una nueva forma de colonización.
    El cierre del comercio tradicional es el embargo de la cultura civil ciudadana

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