Columna de humo

Miércoles Santo en Castilla

12.04.17 | 19:21. Archivado en Es Castilla, oiga.

En la plaza de San Pablo el tararú llora una lágrima palentina. La ciudad se sobrecoge y abre los ojos para ver por primera vez la misma semana santa que contempla todos los años. Palencia crispa la cara y respira lentamente, con cuidado de no perderse ningún sentimiento, alimentando una religiosidad popular que camina por vías distintas a los mandamientos; las calles están más llenas que las iglesias, la tradición llega al alma y eriza el vello ante el rigor del sobrio silencio castellano. Suenan tambores y cornetas, tiemblan los cimientos y la procesión se pone en marcha. Cruje el asfalto bajo los pies descalzos, mortificación para acompañar a Cristo.

Se tensa el aire y se estremece la ciudad, la calle mayor quisiera estrecharse para acercarse a su procesión, abrazarla y proteger su semana de Pasión. Pero es pasión de todos, pasión individual, pasión de Palencia, pasión de la Calle Mayor y del barrio obrero, del centro y del extrarradio. Pasión de desahuciados, de parados, de pensionistas; pasión de cuándo encontraré trabajo, pasión de a ver si este año vienen mis hijos, pasión de no llego a final de mes. Pasión de Cristo. Pasión de crisis.
Chirriante lamento surge detrás de la esquina y sube calle Mayor arriba. Palencia se sobrecoge y estira el cuello para ver a los penitentes cruzar los Cuatro Cantones. Se sosiega el siseo de los soportales y el seco sonido de las sandalias sacude el suelo. Calla el pueblo, espera en silencio y clava los ojos en Jesús Nazareno, detenido para recuperar el resuello.

Él devuelve el gesto y encuentra consuelo en el rostro confuso de una niña que hecha un susto abre la boca con asombro y pregunta en silencio cómo pudo ocurrir, pero sólo el misterio es la respuesta, sólo en el sentimiento hay explicación. El padre contesta en voz muy baja que no hay más que sentir, que la clave es vivirlo sin querer interpretarlo, que es sólo pasión de penitentes, que es Castilla reconociéndose a sí misma en semana santa. Se alza el paso, salva el obstáculo y suenan los aplausos, quizá hayamos convertido la procesión en espectáculo verbenero.

No van quedando muchas alternativas, no va quedando mucho optimismo, no va quedando mucha fe. Salvo bajo los capirotes; allí están toda la fe y el optimismo reunidos en cada penitente. Fe y humillación penan Calle Mayor abajo, ocultándose bajo sayas de morado pasión o verde naturaleza. Rudas carracas raspan los rígidos soportales mientras suaves capirotes de seda suavizan la noche y le quitan importancia. Se cierra el cielo y la tarde se oscurece, sobre el riguroso silencio castellano pasa el vuelo leve de una capa y con la voz de aviso el paso sigue la procesión. Semblantes de asombro tratan de percibir qué hay detrás de tanto sentimiento sin encontrar réplica, quizá porque la respuesta no está en el viento sino en el ánimo de los corazones que empujan las andas que llevan a Cristo en vuelo.

España hace una pausa de tres días en su descreído devenir y vuelve, sólo temporalmente, por la senda de la tradición. Hoy la vida es Vía Dolorosa y al final espera el calvario de la crisis. Dos esquinas más allá en los centelleantes altares que la modernidad ha levantado en el cuarto de estar de cada casa, becerros de oro de la vulgaridad general son adorados con pedestres palabras y reciben el incienso cotidiano de la zafiedad popular. Nadie se sonroja de la obscenidad repetida, de la chabacanería continuada; la sanchopancesca España surge imparable y alimentándose de ignorancia y resentimiento tiene cada día más postrados clientes.

Tras la esquina de alguna callejuela las farolas alumbran el manantial de sentimientos contradictorios, crédulos y dubitativos, altivos y sumisos, interrogantes y convencidos, firmes e indecisos que surgen de los fieles. De labios interrogantes surgen mil dudas, mil preguntas que quizá no tengan respuesta salvo en el fondo de unos corazones que nadie verá. La Pasión vive de manera diferente en cada pecho. Cada pecho vive de manera diferente la Pasión.
Palencia baja la cabeza y cierra los ojos; a lo lejos llora el tararú y clausura la noche.
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Mi colaboración semanal en Onda Cero Palencia


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