Supongo que es inevitable que la edad lleve a la nostalgia. Un par de casualidades me han traído, otra vez más, San Juan de Baños a la memoria. La iglesia más antigua de España es un compendio de buena parte de mis recuerdos de niñez. Alejado de las obligaciones escolares y de la rigurosidad familiar me resultaba un lugar próximo a la fantasía que me acercaba a la libertad.
Siendo yo infantilmente ignorante de la importancia histórica y artística allí resumida, la basílica era para mí una referencia habitual en el paisaje próximo; merendar con mi familia y sus amigos bajo la sombra de su ábside y después corretear por la misma fuente que siglos antes había sanado a Recesvinto fue durante años costumbre repetida en el buen tiempo, costumbre que yo invariablemente finalizaba con ingenuos juegos de aventuras, escondiéndome de supuestos enemigos a los que siempre vencía.

La ermita, alejada del casco urbano, conserva el valor mágico y misterioso que sin duda poseyó para sus constructores. Mientras la luz y el silencio rural envuelven en paz el paseo a su alrededor, en la penumbra interior el tiempo viaja más lento para el visitante, enredado en capiteles, frisos y sillares, mientras las columnas de mármol, indiferentes a los testigos, mantienen orgullosas el secreto de su procedencia.
Me entretengo en el pequeño parque modernamente construido tras el triple ábside. Árboles, jardines y bancos mantienen el aire romántico del
monumento, aunque tal vez distraen e intentan disimular mis debilitados recuerdos de aquella época en blanco y negro. Envuelto en mí mismo dejo pasar los minutos a la espera de nada, sólo el loco ruido de alguna lejana motosierra a todo trapo disturba la apacibilidad de las horas. La placa que allí honra la memoria de Don Martín, el párroco de Baños en aquel momento y en cuya casa pasábamos tardes enteras, me hace sentir que a veces los hombres buenos sí son reconocidos por los suyos. Merecidamente.
Sr. Hoyos, con estos artículos solo hace que alimentar el gusanillo que me corroe deseando poder ver el romanico Palentino.
Yo también estuve allí y me produjo la misma sensación de placidez que la iglesia de Riaño en León. Las dos únicas iglesias que me han producido esa paz. Tenía 16 años y andaba, en vacaciones, con el morral a cuestas. No se por que, pero acabé allí poco después de subir al pico Curavacas. Entoces yo era escalador, montañero como nos llamaban en la época. A los 30 años cuando me enamoré como un borrico de mi mujer, estuve recorriendo todos los lugares que me habían causado esa sensación y oh milagro, otro, coincidimos también es eso. Yo nunca me he drogado, ni siquiera he probado las llamadas blandas, pero lo que usted llama nostalgía, yo le llamo rememoración de vivencias agradables. Sabemos que no volverán ni lo intentamos, pero cuando los recuerdos se conservan intactos, su rememoración nos hace subir la adrenalina y sentirnos igual de vivos que entonces. Las sensaciones son las mismas pese a los años pasados. O por lo menos a mi me pasa eso.
Tuve ocasión en su dia de visitar esta magnifica joya del romanico en compañia de un palentino que mas que sentir "es" su propia tierra, la tarde fue inolvidable y su compañia todo un regalo. Me he alegrado mucho ver que en su articulo queda reflejado este mismo sentimiento.
Viernes, 1 de junio
Manuel Molares do Val
Julio César Izquierdo
Francisco Rubiales
Raúl González Zorrilla
Pedro Fernández Barbadillo
José Pómez
Carlos Ruiz Miguel
Juan Fernandez Krohn
Vicente Torres
Vicente A. C. M.
Antonio Cabrera
Rufino Soriano Tena