Nunca he sabido ser correcto socialmente. Uno, que tantas veces recibe el cariño de otros, sean familiares, amigos o seguidores desconocidos, se encuentra siempre con el apuro de no saber responder adecuadamente, de no saber estar a la altura de lo que los demás esperan de mí.
Admito los misterios que el protocolo social tiene para mí, generalmente me resulta una incógnita demasiado difícil de despejar saber qué debo hacer en determinados contextos sociales. Casi nunca sé si debo extender la mano, sólo sonreír afectadamente, expresar mi emotividad o callármela y hacerme el duro. La vida social tiene normas que me resultan de difícil interpretación.
Estoy convencido de que es cosa de mis innumerables complejos, o tal vez de mi falta de mundo, de mis limitaciones intelectuales o de mi incapacidad para aceptar determinadas normas básicas, pero nunca he terminado de entender la lógica que debe llevarme a sentarme en tal puesto en vez de en tal otro, si soy yo quien tiene que dar la mano o si debo esperar que el otro me la tienda a mí.
Definitivamente nunca podré entrar en la gran sociedad, qué dolor. Cuanto más me abre sus puertas la Humanidad más a gusto me siento en mi sillón, con Fermín, mi perro de agua, sentado entre mis pies, esperando una señal. Él nunca me echaría de su casa por no saber irme a tiempo. Ésa es otra de mis limitaciones, qué le vamos a hacer. Todavía recuerdo, y lo que tardará en olvidárseme, cuando aquel anfitrión tuvo la delicadeza de señalarme la puerta de salida, “Pedro, majo, pues cuando quieras”. Naturalmente no volveré allí, pa chulos yo. O para no aburrirle con mi desconocimiento social.
¿Pero saben lo que les digo? Que cuántas veces nos valemos de actos y gestos protocolarios para cubrir con una pesada manta palentina lo que realmente sentimos o pensamos de los demás. En mi caso esa cobertura no existe, soy tan limitado socialmente como muestro, pero bajo mi rústica pátina protocolaria soy sobriamente bueno. Lo que debería escocer a tanto patán convertido en director, presidente, importante prohombre o secretario general de cualquier cosa. Apenas raspas debajo del protocolo les encuentras falsedad, resentimiento y envidia. Sobre todo envidia. Eso sí, siempre saben cuándo sonreír y cuándo marcharse. Además invitan mucho. A todo. A todos. Siempre. Jo, así cualquiera.
Yo, pobre infeliz, me conformo con mi sillón, un sanfrancisco en la mano y mi colección de música barroca a todo trapo. Y Misanta. Y Misantita. Y Fermín a mis pies, naturalmente.
Ésas son mis limitaciones, ¿y ahora hablamos de las suyas?
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Cuando acudimos a actos sociales públicos,Don Pedro,se debe usar el protocolo , nos guste o no.Sin embargo a mí siempre me ha servido de ayuda el consultar previamente con alguien que tenga más experiencia que yo.
Lo mismo le aconsejo para otras situaciones .Sin embargo la prudencia y la discreción son dos palabras muy adecuadas ante situaciones protocolarias.
En cuanto al anfitrión que le señaló la puerta , no se preocupe , el desconocía lo que es el protocolo del buen anfitrión.
Saludos
A Dn. Pedro de Hoyos 21:41.- El protocolo en si mismo, no es tan complejo como la educación, en la que también se referia Ud. en su post. Se aplica el baremo cualitativo y punto. La graduación militar es un buen ejemplo de ello. Lo mismo ocurre en las multinacionales y en los eventos políticos. En todo caso, puede resultar incómodo para el que se sienta desplazado.
Otis, acepto encantado sus consejos, los conocía, claro; el problema no es ése... sino llevarlos a cabo cuando las condiciones sociales o personales no te lo ponen fácil.
Pero más que nada hablaba de protocolo como tal lo entendemos, no de educación, de eso que siempre hemos llamado educación y que un día dejamos de trasmitir a las generaciones siguientes.
Al margen de la propia timidez, uno nunca puede sentirse incómodo ante una persona educada. No hablo de protocolo, sino de educación genuina. La persona educada, capta con rapidez tu estado anímico y es sensible a tus dudas y limitaciones. La autentica educación se demuestra en pequeños detalles que para algunos pasan desapercibidos. Si me permite hacerle una sugeréncia, procure ser siempre natural, no adopte una pose fingida, porqué entonces deja de ser usted mismo. De los políticos vemos lo que nos enseñan las cámaras, incluso así, detectamos carencias importantes en sus modales. No intente ser excesivamente afectuoso, sobretodo con las señoras, no convierta la sonrisa en carcajada, ni mueva demasiado los brazos al expresarse. Y sobretodo, sepa escuchar sin cortar a su interlocutor (ya llegará su turno). Todas estas cosas, que Ud. Ya sabe, no las interprete como un consejo a su persona (estaria fuera de lugar) Simplemente es una adaptación a su escrito. Saludos.
Se deja las pantuflas, pero donde va a ir a parar sin las pantuflas.
El protocolo es el arte de tocar las pelotas a los demás, pero en plan fino, pero no deja de ser una putada, otros lo llaman educación, curioso, verdaderamente curioso.
Viernes, 1 de junio
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