Simón recorre arrastrando su pesado cuerpo por aquella calle retorcida y torturada que asciende por la ciudad, desde la orilla del río hasta la plaza del Alcázar. Falta poco para que el sol se ponga y la calle luce los despojos que miles de festivos paseantes han dejado caer a lo largo de todo el día. Da una patada a un vaso de papel que mansamente se estrella contra el cristal grasiento de una churrería repleta de clientes y aprieta el paso. Al lado una agencia de viajes promete cruceros por mares maravillosos a precios que hacen pensar si el Caribe no será de plástico o metacrilato.
Simón llegó hace un año en un tren de cercanías del que se bajó sin saber dónde estaba y ha perdido ya la noción de cuántas ciudades ha recorrido desde que se tuvo que ir de casa. Viajando siempre en trenes baratos quiso poner tierra por medio entre él y la familia que le rechazó, pero ni el tiempo ni los kilómetros le han permitido olvidarse del desamor y de sus causas. Su mujer se lo repetía con frecuencia: “Nunca servirás para nada, eres un desastre, nadie te echará nunca en falta”. Hasta que el día en que perdió su quinto empleo en menos de un año se hartó y le echó de casa. Incluso sus propios hijos le negaron un beso de despedida.
Nunca nadie en la nueva ciudad se ha fijado jamás en él, nadie le ha prestado atención; miles de personas cruzan cada día a su lado, se apretujan junto a él esperando que el semáforo cambie sin darse cuenta de su insignificancia. Para sus vecinos nunca fue otra cosa que “ése de ahí”. Anodino y gris, tosco y huraño, siempre fue blanco de las silvestres bromas de sus compañeros hasta que, hombre de poco aguante, su cabeza loca le llevó a un amago de pelea que fue causa de un nuevo despido.
Ahora camina, con la mirada en los pies, hacia la parte alta de la ciudad donde sabe que necesitan un camarero. Pero la calle está cortada, algo debe ocurrir porque la policía municipal, grueso cordón de oro y guantes de gala, impide el paso. Un público expectante se apretuja en las aceras para observar lo que ocurre. Hay un hueco junto a una señora muy empingorotada que lleva peineta y mantilla. Simón va a acercarse pero se le adelanta un señorón regordete y calvo que, sombrero en mano, le aparta con gesto de suficiencia. Simón se estira y se asoma por encima de la de la peineta y observa la cuerda de presos que atrae la atención de las gentes. La de la peineta le dice al del sombrero que eso les pasa por revolucionarios, que a ver si aprenden de una vez y que ya vale de contemplaciones con ellos.
Tendría que cruzar la calle y apretar el paso para llegar antes de las ocho a la plaza del Alcázar si quiere el nuevo trabajo. Pero uno de los presos se derrumba delante de la señora empingorotada y del señor del sombrero. “Rojo”, le escupe ella; “Fascista”, grita el señorón; “Revolucionario”, claman los dos. Simón les aparta con gesto firme y decidido, cruza la calle, se acerca al Caído y le mira a los ojos. Su rostro demacrado le devuelve la mirada y hasta intenta sonreír. Perlas de sangre orlan su frente y escurren por las mejillas. Algo en el interior de Simón se conmueve y le asalta un deseo de protección hacia aquel Presidiario. Uno de los agentes quiere separarlos pero Simón se suelta firme y serenamente, de forma que el policía retrocede y sólo llega a balbucear “venga, arriba los dos”.
Simón cree haber visto antes esa mirada, tal vez en su pueblo, allá en Cirene, antes de que su mujer se cansase de aguantarle, pero no está en disposición de preguntar nada, separa la cruz del Condenado y deja que Éste se apoye en él para incorporarse lenta, pesada, dolorosamente. Se cruzan una mirada de inteligencia para levantar la cruz los dos al mismo tiempo. No se atreve a dejar solo al Reo, sabe que no aguantará y se volverá a caer en cuanto lo haga, y decide resistir y acompañarle hasta el final.
Un par de kilómetros más adelante, Simón asiste subyugado al último estertor de aquel Hombre ensangrentado que muere rodeado del dolor de su madre y los parientes más próximos. Pregunta a unos y a otros qué mal ha hecho, qué crimen ha cometido, quién le ha denunciado, qué pruebas hay, sin conseguir que nadie le de respuesta clara. Todos apartan la mirada y vuelven la espalda mientras se encogen de hombros. Una lluvia inesperada, pausada, espesa y cálida le saca de su ensimismamiento y le obliga a protegerse bajo los soportales del Ayuntamiento.
De pronto se acuerda de su trabajo, mira el reloj y se da cuenta de que la hora ya ha pasado; se estremece y se lleva las manos a la cabeza, mira a todos lados y se precipita entre una maraña de peatones y de coches. Desaparece dos esquinas más abajo, entra precipitadamente en el Café del Alcázar pero ya no hay remedio, otro menos alocado, con los pies más en el suelo, se ha llevado el puesto. Decididamente se convence de que su mujer tenía razón, nunca servirá para nada, es un desastre al que nunca nadie echará de menos.
Viernes, 17 de febrero
José Pómez
Francisco Rubiales
Vicente Torres
Manuel Molares do Val
Juan Fernandez Krohn
Antonio Javier Vicente Gil
Carlos Ruiz Miguel
Pedro Fernández Barbadillo
Rufino Soriano Tena
Enrique Zubiaga
Vicente A. C. M.
Raúl González Zorrilla