En el artículo anterior a éste que está usted leyendo (pinche en esta líneas, impagable lector) he escrito que la derecha ha perdido la batalla de la credulidad social. Un lector, un antiguo alumno al que aprecio considerablemente, me pregunta en su post si no se trata de que la derecha ha perdido la batalla de la credibilidad. Ambas cosas, le respondo. Y echo la culpa a la Historia, a Aznar y a Trillo.
El problema de la derecha española, del conservadurismo en general, es que se ha dejado ganar la batalla de la credulidad de la ciudadanía. La credulidad digo, que ser progre tiene buena imagen mientras que ser de derechas es ser carca, troglodita y descerebrado. Y no se nos olvide tampoco que la derecha ha abandonado tradicionalmente la defensa de elementales derechos sociales de las minorías, pero no quería entrar en este debate, sino en el de la credulidad que decía más arriba.
Se supone que los diputados, y me refiero a todos, ahórrense ustedes ponerles las siglas de un partido, trabajan para nosotros, para apoyar nuestros intereses, para defender y mejorar nuestra calidad de vida. Son nuestros empleados, les pagamos su sueldo porque trabajan para nosotros. Es por lo tanto necesario que sepamos qué hacen, cómo “nos” trabajan y cómo se ganan la soldada, es necesaria, pues, la transparencia, marca de la honestidad. ¿Dónde queda esa transparencia, esa honestidad, la
Vamos a darnos un tiempo y vamos a esperar la evolución de las cosas, pero todo apunta que las decisiones que en materia de gobernabilidad está tomando el PSE van en dirección contraria a las tomadas en su momento en Cataluña por el PSC. Quizá los resultados habidos en Galicia tengan algo que ver, quizá todo se reduzca a la peculiaridad de la situación en el País Vasco, quizá todo sea, simplemente, fruto de la sensatez de unos hombres (sí, sí, y mujeres) que pretenden lo mejor para su pueblo y para España. O quizá sea que López no tiene que hacerse perdonar haber nacido en Córdoba.
Uno lleva demasiado tiempo observando el comportamiento de los partidos; de los partidos en el gobierno y de los partidos en la oposición, con unos líderes y con otros; unos años con unas posturas y otros con otras… y jamás he acabado de comprenderlos, de comprender su funcionamiento, de comprender sus razones, de comprender por qué están tan aislados de la realidad, de la calle, de lo que el pueblo quiere, de la realidad de los votantes que los aúpan y derriban. Lo del Yakolev, lo de la guerra de Irak, la estúpida inacción de un gobierno cuya máxima joya legislativa es que se aborte a “todo pasto”, niñas de dieciséis años incluidas, como si eso fuera la piedra filosofal para crear una España feliz, la arcadia ibérica socialista. Y en todo ello entra además que nunca nadie reconoce un puñetero error, salida de Kosovo incluida.
El Estado de las autonomías chirría ásperamente por causa de los compromisos que por unos votos imprescindibles adquieren algunos presidentes de gobierno. El actual, sí, pero no sólo al actual.
Hasta el momento presente España carece de un partido bisagra de ámbito nacional que sirva de sostén a los sucesivos gobiernos. Ese papel lo han representado siempre los nacionalistas, cobrándoselo permanentemente de diversos modos. Eso pasó con González, con Aznar y ahora con Zapatero. Y seguirá pasando dentro de tres años. Si llegamos, que ya veremos.
La decadencia se ve venir de lejos, casi todo el mundo la nota excepto los protagonistas. Le pasó a Felipe González, todos veíamos su incapacidad para oponerse a tanta corrupción como limitó su capacidad de decisión durante sus últimos cuatro años. Y nunca se enteró de su decadencia, se lo tuvieron que decir los ciudadanos en una votación que para él fue terminal. En menor medida le pasó también a Aznar, aunque perdió sus elecciones más por prepotente y chulo con el tema de la guerra que por decadente. O no, a lo mejor la decadencia consiste precisamente en eso, en creerte por encima de la Verdad y de la Justicia, en pensar que estás por encima de la voluntad de tu pueblo.
Permítanme que utilice las páginas digitales de este periódico para manifestar mi incomprensión hacia la Semana Santa andaluza. Y alguna más, que las últimas noticias dicen que el mal se está extendiendo por toda España. Por todo el Estado Español, quiero decir. ¿No se debería prohibir semejante exhibición religiosa en un Estado laico o aconfesional?
Corremos el peligro de acostumbrarnos. La corrupción ha vuelto cuando todos la habíamos dada por desaparecida y puede que venga a instalarse entre nosotros para permanecer. No hay quien se salve, no hay quien pueda llamar tuerto al contrario sin caer en la cuenta de que él está ciego. Corrupción de corrupciones y todo es corrupción. Es España, señores, hagan juego.
Quien esto escribe es un convencido de la inutilidad de todos o casi todos los “días de”. Juraría que la mayoría de ellos sólo sirven para aplacar los instintos populares, traducidos en instintos comerciales o instintos reivindicativos. Antes de que las tres retroprogres de todos los días se me echen encima también afirmaré que el día de la mujer, que acabamos de pasar, es muy mono, muy divertido y hasta puede que sirva para concienciar a cuatro señoras hartas de fregar y de aguantar a sus respectivos. Porque para concienciar a quienes pagan de menos a las mujeres o quienes les niegan derechos por el mero hecho de serlo no sirve para nada, ellos pagan menos y se frotan las manos, ya está. Pero al día del padre le tengo una especial inquina. Y al de la madre. Y a otros semejantes, coño.
En todas las familias hay un pariente lejano y semidesconocido al que soportamos estoicamente, un pariente con el que todos cargamos cual pesada cruz a cuestas. En mi caso ese penoso pariente que apoya al Barça cuando pierde el Madrid pero que es del Madrid cuando pierde el Barça dice que soy un raro. Si tuviera la ocurrencia de perder el tiempo en contestarle le diría que no soy raro sino original. Claro que él no lo entendería, los matices, tan clarificadores, no son lo suyo, de filigranas no entiende. Sin embargo ésta es una ocasión en que me siento un ciudadano demasiado original. Quizá sí, raro. Mi pecado es que no entiendo que a unos toreros se les otorgue la medalla de las Bellas Artes… ¡Bellas Artes! Toma del frasco. ¿Bellas Artes?
Cuando yo sea mayor quisiera ser chófer de una autoridad política. Aunque fuese de una autoridad de medio pelo, que está visto que en España todo político, por poco importante que sea tiene derecho a chófer. Y yo me quiero apuntar. En estos tiempos que se avecinan de crisis, paro y mucho politiqueo quizá la única profesión sin paro sea la de chófer de un político. Aunque sea de político de medio pelo, ya digo.
No siempre me tomo las cosas con filosofía. Siempre suelo tener prisa para llegar a casa, ya puedo encontrarme en un lugar paradisíaco -sepa el lector que me encanta el campo y en especial la montaña palentina- y con los mejores amigos, que siempre tengo prisa por llegar a casa. Es donde mejor me encuentro, claro. Sobre todo es la serenidad de mi cuarto de estar, un poco de música barroca y un periódico lo que más me llama. Ah, también les confieso mi pasión por los sanfranciscos. Estos días estoy leyendo, poco a poco, haciéndola durar, la entrevista que el domingo pasado publicaba la revista semanal de El PAÍS con el profesor Neira.
Al final se demostrará que el PP tiene razón y nadie ha espiado a nadie en la Comunidad de Madrid. Y permítanme por unos instantes conceder a Esperanza Aguirre el beneplácito de creerla a pies juntillas. Aunque sólo sea por unos instantes…
Tenemos un gobierno inerte de inactivos, inoperativos e ineficaces ministros mientras que hay ciudadanos que tienen que pelearse para comer las sobras de los restaurantes. O incluso dormir en la calle. Los españoles no conocen a sus ministros, todas las encuestas avisan no sólo de la impopularidad del gobierno, algo que pasa con mucha frecuencia, sino de que no los conoce ni la madre que los parió, por utilizar aquella frase que Alfonso Guerra hizo feliz. Esto ya es nuevo, que la gente no sepa quién le cobra los impuestos, quién tiene que
Este blog debe ser uno de los que batan el récord de críticas… multidireccionales. Si algún lector tuviera la paciencia de leer lo que otros lectores han ido dejando como respuestas a mis artículos podrían comprobar cómo los palos han llovido al menos desde ambas grandes direcciones ideológicas. No me atrevo a presumir de absoluta neutralidad, claro que como todo hijo de vecino tengo mi corazoncito, pero por una parte ese corazón no pasa por ninguno de los dos grandes partidos actuales y por otra puedo presumir de no comprar ideas por bloques.
Permítame aclarar, amigo lector, que el titular que acaba usted de leer es una inexactitud pensada para atraerle a leer este artículo, pero necesito que mi angustia sea atendida por todos ustedes.
Porque leo que el Gobierno, a través de su nueva ley de aborto, va a permitir que mi hija abortara, en el hipotético caso de que estuviera embarazada y tuviera dieciséis años, aunque yo no quisiera y sin que nada interesara lo que yo pudiera o quisiera decir.
Siento disentir de una mayoría de ciudadanos, de columnistas y de políticos: los resultados de las elecciones en Euskadi no han sido buenos. Para España, quiero decir.
Debo reconocer que este año han ocurrido acontecimientos que no esperaba ver. Que un negro fuese presidente de los Estados Unidos, por ejemplo, no entraba en los cálculos de nadie hace muy poquito tiempo. Que un López fuese lehendakari, tampoco. Uno debe acostumbrarse a las sorpresas en este siglo XXI, al parecer.
Nos llegan las siete vacas flacas, acabamos de merendarnos a la brasa las siete vacas gordas. Y ahora toca pasar hambre. ¿Por imbéciles o por estar en manos de ineptos? ¿Dónde está, dónde lo hemos metido, qué hemos hecho con los miles de millones que acabamos de ganar en los últimos años de crecimiento económico? ...O ¿quién lo tiene?
Jueves, 16 de febrero
Juan Fernandez Krohn
Antonio Javier Vicente Gil
José Pómez
Carlos Ruiz Miguel
Pedro Fernández Barbadillo
Rufino Soriano Tena
Enrique Zubiaga
Vicente Torres
Vicente A. C. M.
Manuel Molares do Val
Raúl González Zorrilla
Pedro Rizo