Llevaba varios días sintiéndome mal. Cierta desazón poco definida iba ganándome las entrañas. Sentía náuseas y un malestar general se había apoderado de mí. El médico que me había revisado de los pies a la cabeza no encontraba absolutamente nada alarmante y me recomendó mucho reposo y no pensar en nada.
Tenía enormes deseos de aislarme y no ver a nadie, llené mi despensa de yogures con bífidus activos que conservaran mi cuerpo por dentro y por fuera como el de un sano modelo adolescente, de pan de molde elaborado por el fresco de mi barrio, de quesos para quitarse la boina y variados sucedáneos alimenticios muy de moda que sustituían con multitud de ventajas a los productos originales. Iba a dedicar el fin de semana simplemente a quedarme en casa. Había decidido autorrecetarme cuarenta y ocho horas de televisión y siesta.
Había instalado un televisor extra plano, digital y estereofónico en el techo de mi habitación, justo sobre mi cama; a mi alrededor extendí un sistema de múltiples altavoces con sistema subwoofer activo, para que la consabida colección de bromas obscenas, tiros y puñetazos, asesinatos y violaciones, partidos de fútbol y algunos pedestres concursos llegaran hasta mí con sonido Cinema Soundround Dolby Digital y me ayudaran a combatir aquella extraña enfermedad que me producía escalofríos, que me hacía sentir mareos y hormigueos en las extremidades.
Sé que mis amigos llamaron a la puerta. Sé que mi novia me dejó varios mensajes en el contestador. No quise responder. Sólo deseaba ver mi televisión y dormir. Y a ello me dediqué. Cuando dos días más tarde abrí los ojos el sol castigador del lunes golpeaba en la cabecera de mi cama. Pero todos mis males, náuseas, desazón, hormigueo, habían desaparecido, había dormido en un gran colchón, con zonas separadas de descanso y con muelles laterales. Una gran semana abría sus puertas ante mí.
Pasé por mi ducha, monomando y con programación digital de la temperatura del agua. Me afeité con la más esponjosa espuma, sólo hecha con productos naturales, y con maquinilla de triple hoja de titanio endurecido. Mi apurado había sido perfecto y suave, llegando a los más difíciles rincones de mi cara. Me enfundé en un traje de perfecto corte, inglés, y tan cómodo que hubiera podido disputar los cien metros libres. Me encontraba en perfecta disposición para acudir a mi oficina y tener un gran día. Antes de salir tomé un aromático café con leche desnatada, vitaminada y enriquecida que me sirvió en persona Juan Valdez desde su plantación de Colombia.
Mientras me dirigía a mi coche, asientos envolventes, encendido electrónico, suspensión deportiva, ziritione, tres coma cinco litros a los cien, encendí un cigarro rubio americano y por unos instantes me sentí cabalgar libremente por las verdes praderas donde el siglo pasado pastaban los búfalos. Me olvidé del cáncer de pulmón cuando vi los ojos de mi secretaria. Había algo extraño en ellos, sus pestañas eran más largas y más espesas, usaba el espesador de pestañas que usan las estrellas, sin duda. No pude evitar fijarme en su busto, ella me sorprendió en la mirada y sonrió. Comprendió que yo me había dado cuenta de que llevaba ese sujetador que daba firmeza a la par que elevaba el pecho, un sujetador ligero y cómodo que realzaba su figura.
A lo largo de la mañana mi euforia fue aumentando cuando comprendí que la señora de la limpieza había limpiado mi despacho con la bayeta atrapapolvo que impedía que la más mínima partícula de suciedad escapase. Seguramente se habría puesto un enorme babero y se habría arrojado de bruces sobre la mesa de reuniones. Así que decidí trabajar un poco y llamé a mis socios utilizando el prefijo adecuado para que la empresa telefónica de la que era cliente me abonase más dinero.
Sentí hambre, debía ser la hora de comer pero el reloj del despacho se había parado. Llamé a mi secretaria y le mostré el mío, indicándole que encargara mi comida por teléfono. Tomó nota de que mi reloj era de la misma marca que usa Julio Iglesias y después encargó una pizza italiana, con la masa más ligera y crujiente, con los bordes rellenos de queso, claro, y acompañada con una bebida burbujeante que me aportase la chispa de la vida.
De pronto sonó mi teléfono móvil, el más pequeño del mercado, el más ligero, el de más alcance, el de la batería de mayor duración. Me llamaba Isabel Preysler para invitarme a una fiesta. Juró por lo más sagrado que su elegante mayordomo me ofrecería unos estupendos bombones en bandeja de plata.
Llegué a mi casa a la caída de la tarde. Para relajarme un poquito después de tan ajetreado día, me conecté con Internet gracias a una de esas ofertas absolutamente gratuitas. Aprovechando las facilidades de la red me telecompré unas maravillosas televacaciones en el Telecaribe, a ver si encontraba a Telecurro haciendo el teleidiota. Telecargué todos los gastos a mi teletarjeta, porque el telebanco me hace un descuento del 50% y no me lo cobra hasta el año que viene.
Me acosté feliz y satisfecho en una cama con almohadones y edredones del “reig” de la casa. Respiré hondo y empecé a quedarme dormido mientras pensaba en tanto imbécil suelto que no consigue sentirse feliz.
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Gracias, María Isabel, le agradezco su amabilidad y sus visitas
Aunque un poco tarde, ultimamente no me conecto todos los dias,pero si leo todos sus artículos,no puedo dejar pasar la ocasión de una vez mas felicitarle, estupenda su mordaz descripción de nuestra "maravillosa" vida moderna, que nos da todo solucionado. Gracias por su relato. Saludos
Gracias, estimado amigo, se lo agradezco.
Muy bueno su relato ,Don Pedro.
¡Cuantos infelices van por la vida creyendo que los lujos materiales dan la felicidad!...,¡Qué bobos son!.
El tono irónico que ha usado,me gusta mucho.Saludos
Sábado, 18 de febrero
Vicente A. C. M.
Antonio Javier Vicente Gil
Pedro Fernández Barbadillo
Vicente Torres
Manuel Molares do Val
Cesar Sinde
Toni García Arias
Juan Fernandez Krohn
Raúl González Zorrilla
José Pómez
Francisco Rubiales
Carlos Ruiz Miguel