La Primera Comunión (¡Sí, aquélla!)
04.05.08 @ 16:27:21. Archivado en Cuentos y relatos
Resulta que la nieta de Matías, mi buen vecino, mi buen amigo, ha hecho su primera comunión, y por más que he rogado e implorado no he podido evitar ser invitado a la consiguiente apoteosis, ¡servidumbres de la sociedad actual, te torturan por ser amigo!
Armado de generosas dosis de paciencia rebusco perezosamente en el más viejo baúl de los recuerdos hasta que consigo encontrar una arcaica corbata y una chaqueta a medio salvar de las polillas. Aparentemente conforme a los cánones sociales actualmente vigentes acudo haciéndome el remolón a misa y al convite, sin ser capaz de encontrar una excusa suficientemente creíble, pero con la esperanza de que Dios me lo compute a la hora del Purgatorio.
Ahorro al lector lo sucedido durante la ceremonia religiosa, los engominados padres, los endomingados primos, ay, papa, que me meo, los atildados vecinos, las perfumadas fregonas, las repeinadas abuelas, ven, hijamujer, que te s'ha soltao el lazo, las gomosas mamás, vídeos, fotos, flashes, perfume barato... Quisiera también ahorrarme el recuerdo del ágape, porque no resisto otro dolor de cabeza y porque más o menos todo el mundo ha pasado trago semejante, pero mi siquiatra me recomienda exteriorizar mis sentimientos para reconciliarme conmigo mismo y con lo que me ha cobrado no puedo menos que hacerle caso.
Y debo empezar por decir que ni siquiera el hijo del Matías, Matiítas, me cae bien. Siempre me ha parecido uno de esos acicalados jovenzuelos que torpemente se disfrazan de progres porque está de moda, pero lo sufro con alegría porque su padre es uno de los mejores tipos que conozco, y por él merece la pena cualquier sacrificio, éste incluido, ya ve usté…
A regañadientes tengo que sentarme al lado de alguien a quien ni conozco ni me apetece conocer. Con alivio caigo en la cuenta de que los sentimientos son recíprocos. Ambos procuramos estar muy correctos y hablamos del tiempo y de fútbol lo justo para no ser maleducados y darnos cuenta de que ninguno de los dos somos expertos en dichos temas. En un momento de largo e incómodo silencio nos cruzamos una mirada de inteligencia, nos sonreímos y nos encogemos de hombros. A partir de ahí uno y otro nos dedicamos a callar y entendérnoslas con el menú, sintiendo la solidaridad afectiva del otro.
Mientras espero entre plato y plato, decido seguir la corriente a los setenta u ochenta comensales más decididos, ya se sabe que la mayoría tiene siempre razón, y me deshago de la corbata y de la chaqueta, escondiéndolas bajo una butaca con la esperanza de que se me olviden y me proporcionen una sana excusa para futuras ocasiones.
La comida va progresando y los seguidores de Baco empiezan a hacerse notar, animados por el vino que tiene Asunción y Asturias, Patria Querida de los asistentes al banquete de al lado, cuya intimidad resguarda un tenue biombo, que el restaurante está especializado en grandes banquetes y hay sitio para muchos. Aprovechando que como ya suponía mi tosco paladar rechaza las exquisiteces que nos han preparado, procuro huir del follón y cumplir con el ritual de acercarme a decir unas cariñosas palabras a la novia.
Vano intento. Cuando estoy en plena singladura el padre de la criatura me aborda y me lanza un abrazo de oso, que más que abrazo es una doble Nelson. En el aliento se le nota que ha hecho una nueva excepción a su costumbre de sólo una copita. Logro zafarme de la afectuosa agresión y vuelvo con prontitud a mi asiento, antes de que sea demasiado tarde. Allí me espera la prima de una vecina de los tíos de la niña, que se queja del largo viaje, de que acaba de llegar y de que ya tiene que irse para llegar pronto a Ciudad Real, que tiene cita con el callista. Entre callo y callo me suelta que si este chico, que si ahora con la comunión de la niña a ver si vuelve a misa algún domingo... El gracioso oficial de la familia viene a rescatarme, invitándome a cantar con él. Dudo entre los callos y el ridículo, pero prefiero los callos. La diosa Fortuna se hace presente y la de Ciudad Real se ofrece para cantar.
Me quedo solo en medio de aquella multitud, y pienso en aquellas comuniones simplonas de hace años, cuando todo se quedaba en una solemnidad religiosa, tan sólo, tan poco, con una pequeña fiesta en la estricta intimidad familiar, cuando nuestra sociedad no necesitaba de hipócritas ceremonias sociales para mostrar su opulencia y su necedad.
No fumo, pero recojo el puro que me ofrecen y con la excusa de pedir fuego al camarero huyo a sumergirme en la intimidad de mi casa. Se me han olvidado la chaqueta y la corbata.
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Por otro lado no olvide que el cristianismo está en todo el mundo,y no todos los paises , son socialmente hablando como el nuestro.
Sólo falta que digan "¿Quién compra?"
AL RESPECTO RECUERDO QUE EN UNA LOCALIDAD DE LA PROVINCIA DE BARCELONA AL PRESENTARSE PARA TOMAR LA COMUNIÓN UNA DE LAS EMPIRIFOLLADAS NIÑAS, APRETÓ UN BOTÓN Y SE LE LLENÓ EL TRAJE DE LUCECITAS. AL VER ESTO EL SACERDOTE, PASÓ DE LARGO Y NO LE ADMINISTRÓ LA COMUNIÓN. Y ES QUE YA NO HAY HUMILDAD NI DEVOCIÓN NI PARA RECIBIR A DIOS.
ASÍ NOS VA...
Don Pedro me reconforta el saber que en España todavía queda gente con criterio que no necesita de hipócritas ceremonias sociales.
Oiga no le invito,por que es en la estricta intimidad familiar y posiblemente ese dia usted tenga alguna comunión también.
Saludos
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Pedro de Hoyos
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