Columna de humo

Apocalíptico Bermejo y el presidente circunflejo.

16.02.08 | 13:53. Archivado en Es España, oiga
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Conste que no soy absolutamente “anti” nada. Que admito de entrada la bondad general de unos y otros. No me creo que los políticos de derechas sean intrínsecamente malos, corruptos o ineficaces ni acepto que los del PSOE sean unos vendepatrias que sólo buscan la aniquilación de España. Ese tipo de ideas corresponde exactamente a lo que unos y otros, aquellos que quieren imponer su pensamiento único, quieren que pensemos. Porque les conviene.

Suelo discriminar, creo que acertadamente, cuando un político hace un análisis serio de algún asunto de debate, acertando o no con su visión partidista, y cuando nos vende interesadamente su partidista moto sin ruedas. Entre la seriedad y la comicidad suele mediar una dosis exagerada de partidismo y sectarismo. Ellos en cambio pocas veces son lo suficientemente comedidos y discretos para saber cuándo deben dar un mitin ante un público entregado que acepta cualquier exabrupto y cuando deben hablar con seriedad e inteligencia para convencer a ciudadanos expectantes, inteligentes y críticos.

En ese sentido Bermejo, tan recién llegado, entró en el panorama político lleno de declaraciones altisonantes, pretenciosas, exageradas y descalificadoras para todos los que no pensasen como él. Su brusquedad, su parcialismo y su intolerancia elevaron el nivel de esa tensión que busca Zapatero. Enseguida llenó periódicos, informativos de radio y televisión y medios digitales con su pensamiento estricto, inflexible e intransigente. Exigía a todo el que le escuchara adhesión inquebrantable a su “evangelio”. O se estaba de acuerdo con él al cien por cien o resultabas eternamente condenado como culpable del delito de ser de derechas, vade retro. No admitía medias tintas, o se estaba necesariamente con él o pasabas inevitablemente a ser parte del eje del mal en el que se encontraban la corrupción, la podredumbre, las siete plagas de Egipto y los jinetes del Apocalipsis. Y Aznar y Rajoy con ellos, claro.
Pero cometió Bermejo la torpeza de creerse el rey del mundo, creerse por encima del bien y del mal, creerse infalible, insustituible, invencible. Y construirse un palacio-castillo a la altura de su magnificencia. Con el dinero de todos.

Pero de esas cosas, de esos trapicheos, de esa falta de sensibilidad, de esa insolidaridad, precisamente de eso, ha venido acusando permanentemente a los demás. Tan flagrante ha resultado su caída, tan neto su error, tan diáfana su inconveniencia, que no ha encontrado nadie en su partido, ni siquiera el presidente circunflejo al que tanto quiere y al que tanto debe, salga en su defensa. Ni siquiera la ministra que le precedió en el uso y disfrute de tan caro apartamento.
Está solo, abandonado y callado. Ni él mismo, siempre tan locuaz, parece tener nada que decir en defensa propia.


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