Columna de humo

Un ciego en el Capitol, capítulo X: "El inglés de los cameos" (Primera parte)

27.07.07 | 07:30. Archivado en Es Castilla, oiga.
  • enviar a un amigo
  • Imprimir contenido

En estos días estoy publicando los primeros capítulos de mi nuevo libro "Un ciego en el Capitol". Dado que el capítulo de hoy es especialmente largo publicaré su segunda y última parte a las seis de la tarde. A continuación pueden leer "El inglés de los cameos"

UN CIEGO EN EL CAPITOL, capítulo X: "El inglés de los cameos"

Maripuri la vio por primera vez en aquellas televisiones en blanco y negro que se empezaban a ver en casa de los ricos de mi pueblo. Según dice era verano y el señor Castany, el dueño de la tienda de electrodomésticos, se cortaba las uñas de los pies con la ventana abierta, rodeado de sus tres hijos y su lánguida esposa mientras veía la televisión. Maripuri se había escapado de casa para librarse de una bronca y saltando tapia tras tapia llegó al corral del señor Castany, que como vendía electrodomésticos no necesitaba tener gallinas ni cerdos ni conejos que molestasen. Escondida y silenciosa, encogida y cautelosa, siguió “Los 39 escalones” sin que la familia propietaria se enterase. Pensando que en los tiempos actuales y habiendo tantas cadenas nos ponen las películas que nos ponen uno se maravilla de aquellas noches de la primera televisión en España.

Maripuri me lo contó bastantes años después, cuando en el Sharandon anunciaron un ciclo de Alfred Hitchcock, con tanto entusiasmo y devoción que además de prohibirle que me contara el argumento nos fuimos enseguida a la capital. En “La Diligencia”, por supuesto. En el Sharandon nadie tiraba mendrugos de pan ni silbaba bobamente cuando los protagonistas se besaban, eso que se perdían en la capital por ser tan aburridos. En el Sharandon tenían luces indirectas y ponían música clásica mientras empezaba la película, eso sí, frío hacía un montón de noviembre a marzo, pero con butacas blanditas y acolchadas, no de dura madera como en el Capitol, se hacía más llevadero. Y eso que en el Sharandon me resultaba más difícil seguir adecuadamente la película, porque la gente era más escogida y protestaba en cuanto a la Maripuri se le escapaba la voz un poquito más alto, cosa frecuente, porque a veces se dejaba llevar por la emoción, como por ejemplo cuando en “Los 39 escalones” aparece Hitchcock en pantalla, a los siete minutos, cuando el prota se fuga del teatro, o más tarde cuando el malo Godfrey Tearle, el profesor Jordan, enseña su delator dedo sin falange a Richard Hannay, o sea Robert Donat, que es que se le escapó un gritito y todo, lo que dado lo juntos que estábamos levantó las sospechas de más de un mal pensado.

Me encantó “Los 39 escalones”, sé que se nota, aunque al acabar me quedó un leve desánimo y decepción, que es lo que pasa cuando te alaban tanto una peli. Según la Maripuri es de las pocas películas que hubiera estado mejor en color que en blanco y negro, sobre todo en los exteriores, a la hora de fotografiar los hermosos paisajes escoceses, con sus valles y sus montañas majestuosas, con sus fríos lagos. Luego, muchos años más tarde, hemos sabido que se vendía en DVD una versión coloreada, pero claro, ni es lo mismo ni nada, más que otra cosa nos parecía un engaño para ignorantes, como cuando de niños nos engatusaban con un caramelo para hacernos tomar la sopa. Eso sí, como recochineo nos gustó saber que la versión coloreada valía la tercera parte que la original. ¡Bien!

Nos gustó tanto que al final cogimos entradas para todo el ciclo. Y pudimos ver varias películas mágicas de aquel Hitchcock que todavía no había hecho las maletas camino de Holywood. Creo que a Maripuri le gustó especialmente “Agente secreto”, porque siempre se había tirado por John Gielgud, que le parecía el colmo de la elegancia y del “savoir être”. Yo me sentía un tanto celoso y pensaba que era un relamido y un estirado de tomo y lomo y prefería “The Lady vanishes”, con Margaret Loockwood y Michel Redgrave, que tan tontamente tradujeron al castellano por “Alarma en el expreso”.

Había fundamentalmente dos cosas que siempre me gustaron de Hitchcock: Primero, cómo se las arreglaba para liar a cualquiera, por muy normal que fuese y por muy vida normal que llevase, jobar, que es que si él lo quería hasta el más anodino vendedor a domicilio siempre salía metido en líos de asesinatos y persecuciones y polis y todo eso, que es que hay que ver cómo lo pasaban los pobres, cómo sudaban la gota gorda hasta que al final se aclaraba todo.

Y segundo, cómo lograba mezclar en las mismas escenas el dramatismo, el riesgo y la incertidumbre con el humor y las críticas a costumbres sociales, como los momentos iniciales de “Los 39 escalones” en el teatro o cuando Robert Donat se ve obligado a pasar la noche con aquel granjero moralista y su mujer, que es que uno no entiende cómo pudo haber personas así, hombre. A la Puri siempre le llamó gustó que esa ironía, ese humor que había en tantas escenas, no le quitasen ni la más mínima tensión emocional a las pelis, que es que no despegabas los ojos de la pantalla, bueno, los oídos de la Puri y la imaginación de la pantalla, quiero decir.

Yo salí afligido después de ver “Agente secreto”, tratando de esconderme y de no llamar la atención, intentando que nadie se fijase en ese pobre ciego que salía torpemente del cine, no fuese a ocurrir que, dada mi minusvalía, algún agente enemigo, quizá el dueño de esa voz tan bien modulada que salía junto a nosotros, me eligiese como víctima propicia para alguna endiablada trama de espionaje. Me perdí de Maripuri, lo que aumentó considerablemente mi preocupación, y hube de salir como pude, tentando la pared, dejándome llevar por la marea humana que salía a empellones del cine. Pasé junto a la taquilla, sabía que sin duda Rosita me estaba observando desde el interior, sonriendo malvadamente, y estoy seguro que al pasar la oí decir: “Ahí sale, lleva un jersey marrón de cuello de pico, no lo perdáis, inútiles”. Ya fuera esperé largamente, inquieto y alerta, con el bastón preparado para defenderme, tratando de distinguir la voz o los pasos de mi chica entre la muchedumbre. Cuando por fin llegó me pareció excesivamente amable y preocupada por mí, cosa extraña en ella, casi siempre un tanto áspera y desinteresada. Al irnos hacia el autobús observé que me llevaba demasiado deprisa. ¿Por qué estaba tan callada? ¿Estaba ocurriendo algo?

Esta tarde a las seis publicaré la segunda parte.

Bookmark and Share

Hacer comentario


Opine sobre la noticia

caracteres
Comentarios

Aún no hay Comentarios para este post...

    Lunes, 9 de noviembre

    BUSCAR

    Editado por

    Hemeroteca

    Noviembre 2009
    LMXJVSD
    <<  <   >  >>
          1
    2345678
    9101112131415
    16171819202122
    23242526272829
    30

    Sindicación