Pedro Miguel Lamet

El último secreto de San Romero

15.10.18 | 17:58. Archivado en Iglesia

A un santo hay que buscarlo en sus raíces. Su padre, Santos Romero y Galdámez, era de familia sencilla, pero no tenía aspecto de campesino sino, cierto aire más distinguido, con un bigotito de oficinista. Era el radiotelegrafista de Ciudad Barrios, oficio que ejercía en su casa de la plaza, una situación desahogada que se fue al traste cuando surgieron problemas económicos. Allí don Santos conoció a Guadalupe de Jesús, una mujer seria y callada, de mirada dulce y penetrante, morena y mestiza como casi todas las gentes del lugar. Oscar Arnulfo vio la luz un día de la Virgen, el 15 de agosto de 1917, y fue bautizado el 11 de mayo de 1919. Tuvo siete hermanos, de ellos dos niñas y cinco niños.
En la infancia de Oscar sobrenada la fragilidad. ¿Dónde creció el silencio interior de aquel pequeño medio paralítico con un deje de tristeza que nunca desaparecería del todo, con una armonía de flauta que más tarde se convertiría en teclado de un piano y armónium, con una bien timbrada voz que sería “la voz de los sin voz”, un micrófono que con los años florecería en sangre?
Puede imaginarse lo que sería un seminario en una provincia salvadoreña como San Miguel en los años treinta. Hay foto del diminuto “cura” ensotanado, con su esclavina y su mirada limpia y soñadora. Pronto le llamarían “el niño de la flauta”. Su obispo le envió en 1937 al seminario mayor de San Salvador regentado por la Compañía de Jesús, donde pasó siete meses, y luego le destinó a completar sus estudios en Roma. Existe un diario de aquellos años, entre 1937 a 1941, una época que le marcaría para siempre. Su máxima aspiración era “ser santo”. En marzo vivirá el ambiente de cónclave, la elección de Eugenio Pacelli como Pío XII y el estallido de la guerra
“Oh Jesús, cuando todo esto escribo, tu bondad me ha nublado los ojos -era el día de su ordenación sacerdotal-. Jesús bueno, amigo fiel, que jamás sea yo el villano que conculque tus delicadezas de amor. Haz que éste sea mi distintivo: una gran locura por Ti. Tú eres mi gloria y la recompensa de toda mi vida sacerdotal; tu amor, Jesús, tu amor... y eso me basta. ¡Y la muerte antes que ese amor se entibie!”
Oscar y su amigo Valladares, que se había ordenado dos años antes y moriría por enfermedad prematuramente, abandonan Roma en plena guerra (agosto de 1943) con escala en Barcelona rumbo a Cuba. Allí los confundirían con espías y sufrirían hambre en un campo de concentración. El misacantano regresó a El Salvador enfermo, pero lleno de ilusión. Su primer destino fue Anamoros, un pueblo de montaña agazapado entre verdes cimas y con casas pintadas de vivos colores.
El obispo, convencido de su valía, lo llama a su lado en San Miguel, después de apenas dos meses de párroco y lo nombra su secretario. Cargado de actividades, desde el primer momento se rodeó de pobres. No se cuidaba y se sometía a un trabajo excesivo. Dos vertientes se aprecian en esta primera etapa sacerdotal: la de un hombre abrazado a la cruz desde una postura ascética y estricta, muy ortodoxa y exigente consigo mismo, y el hijo del pueblo que llevaba en la sangre y en su sensibilidad evangélica la predilección por los pobres, aunque sin abandonar a los ricos.
Consagrado obispo auxiliar de San Salvador (1970) con sede en el seminario interdiocesano de San José de la Montaña, dirigido por los jesuitas, conoció a Rutilio Grande sin saber entonces hasta qué punto aquella amistad condicionaría su futuro y nuevo despertar interior. Tras pastorear la diócesis de Santiago de María, en junio de 1975 se producen los hechos de Tres Calles: la Guardia Nacional asesina a cinco campesinos. Monseñor Romero llega a consolar a los familiares de las víctimas y a celebrar la misa. El nombramiento de Monseñor Romero como arzobispo de San Salvador, el 23 de febrero de 1977, fue una sorpresa. Sin embargo, unas semanas más tarde, el 12 de marzo, es asesinado el jesuita Rutilio Grande -hoy también en proceso de canonización-, comprometido con la causa de los pobres, que colaboraba en la creación de grupos campesinos de autoayuda, y buen amigo de Monseñor. “Dios no está en las nubes, acostado en una hamaca. A él le importa que las cosas vayan mal a los pobres por aquí abajo”, había dicho. Inauguraba signos proféticos de lo que sería, desde aquel momento, su servicio como arzobispo al pueblo salvadoreño, como la famosa “misa única”. Al del padre Rutilio Grande se sucederían múltiples asesinatos de sacerdotes y laicos. A partir de ese momento un clérigo ortodoxo estricto y cerrado en sus convencimientos doctrinales se convertirá en un obispo dialogante, radicalizado en la defensa de los últimos, volcado en la causa de su pueblo crucificado.
Romero comienza en sus homilías a denunciar los atropellos contra los derechos de los campesinos, de los obreros, de sus sacerdotes, en el contexto de violencia y represión militar que vivía el país. La vida humana va a convertirse para él en el máximo valor humano y divino. Lo formuló claramente en el sermón que pronunció el 16 de marzo de 1980: “Éste es el pensamiento fundamental de mi predicación: nada me importa tanto como la vida humana”. Varias veces amenazado de muerte, teas un primer intento de asesinarlo el 9 de marzo de 1980, en la Basílica del Sagrado Corazón de Jesús mediante una bomba que fue desactivada, y de proclamar, en su discurso tras el nombramiento como doctor Honoris Causa en Lovaina, que la Iglesia en su país era perseguida por defender a los pobres, el día 23 de marzo, Romero hizo desde la catedral un enérgico llamamiento al Ejército salvadoreño, a desobedecer la orden inmoral de matar. “Queremos que el gobierno tome en serio que de nada sirven las reformas si van teñidas con tanta sangre: En nombre de Dios pues, y en nombre de este sufrido pueblo, cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: Cese la represión”. El 24 de marzo celebró un retiro con sacerdotes del Opus Dei. Ese lunes aproximadamente a las 6:30 pm fue asesinado cuando oficiaba una misa en su querida capilla del hospital Divina Providencia. Un disparo de un francotirador impactó en su corazón momentos antes de la consagración. Tenía 62 años.
En 1993, la Comisión de la Verdad concluyó que el asesinato de monseñor Romero había sido ejecutado por un pistolero a sueldo. Treinta y un años después se conoció el nombre del asesino: Marino Samayor Acosta, subsargento de la sección II de la extinta Guardia Nacional, y miembro del equipo de seguridad del expresidente de la República, quien manifestó que la orden para cometer el crimen la recibió del mayor Roberto d'Aubuisson, creador de los Escuadrones de la Muerte y fundador de ARENA, y del coronel Arturo Armando Molina. Habría recibido 114 dólares por realizar dicha acción. Sin embargo un reciente documento de mil páginas emitido por el Vaticano señala que el presunto francotirador fue Walter Antonio Álvarez, quien un año después fue secuestrado por desconocidos y su cadáver encontrado más tarde, sin que el crimen fuera investigado por las autoridades.
Su proceso de canonización ha sido una auténtica carrera de obstáculos, sembrada incluso de calumnias de algún hermano en el episcopado. El papa Francisco desbloqueó la causa, y la ceremonia de beatificación, presidida por el cardenal Angelo Amato, se llevó a cabo en la plaza Salvador del Mundo de la ciudad de San Salvador el día 23 de mayo de 2015. Según estimaciones, participaron unas 300 mil personas de 57 países. Antes el pueblo lo había ascendido a los altares, y había obtenido reconocimiento incluso de la ONU y de la Iglesia anglicana. “Si me matan, resucitaré en el pueblo salvadoreño”, se había atrevido a afirmar. Todo estaba ya en aquel niño “tristito”, que se escapaba a hacer visitas al Santísimo, y tendrá su último secreto en la oración y los Ejercicios de San Ignacio: “Jamás hemos predicado violencia. Solamente la violencia del amor, la que dejó a Cristo clavado en una cruz”.


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