Pedro Miguel Lamet

La mirada del niño

04.01.18 | 10:13. Archivado en Acerca del autor


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Ante un mundo confuso, lleno de dudas, incógnitas y miedos, me viene a la memoria esta frase de Albert Einstein: “Hay dos maneras de vivir una vida: la primera es pensar que nada es un milagro. La segunda es pensar que todo es un milagro. De lo que estoy seguro es que Dios existe”. Uno de esos milagros es la mirada de un niño. Limpia, sencilla, natural, como si estrenara el mundo, todavía no hay en ella rencor, ni desconfianza o segundas intenciones. Quizás porque aún está cerca de su origen divino, del contemplar cara a cara la vibración eterna de Dios, donde todo está en paz y todo es uno en el Uno, sin rupturas ni enfrentamientos.

Sus ojos son como lagos donde se copia el cielo y su rostro transparenta la pureza a la que estamos llamados a volver. “Dejad que los niños vengan a mí, y no se lo impidáis, porque de los que son como éstos es el reino de Dios” (Lc 18,16), decía Jesús que, nos exhortaba a volver al niño que en el fondo seguimos siendo. ¿Cómo hacerlo? Buceando más allá del ruido y el torbellino de la preocupada mente para rescatar en lo hondo el Ser con que salimos bien de las manos de Dios, y que brilla, aunque no lo sepa, en mis olvidados ojos de niño. Una mirada distinta para enfrentar el nuevo año.


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Comentarios
  • Comentario por Oliva 08.01.18 | 22:41

    Un pálpito mudo, alegre y jocoso -de niño, de niña- en el aire, en el corazón de todo; también en mí, ¿o era yo un pulso en todo? La V(v)ida imparable ante una malla de alambre; esquiva ante el dueño del predio. Quedé anegada de un gozo quieto como el campo estéril tras la febril tormenta. Y seguí caminando, renacida.

    A la paz del Padre Bueno y que buenas noches nos de.

    No conocía su blog. De nuevo gracias y un abrazo.

  • Comentario por Oliva 08.01.18 | 22:38

    El cielo sobre la alambrada, de un azul límpido, herido de invierno, se perdía tras la tapia del fondo. La mañana había dejado charcos de luz tibia sobre la hierba y la maleza arraigaba en las zonas umbrías. Un grupo de gorriones volaba por encima de los bancos de tierra, de las matas silvestres, de las latas y los vidrios esparcidos. El trino reverberaba entre las fronteras encaladas del solar y el espacio respiraba y se dilataba. Me reconocí dentro y fuera del recinto, a un lado y al otro de la valla; despojada, elevada con la luz y con el trino de los pájaros, conmovida hasta las entrañas de mis huesos, diluida, un latido débil en cada fondo y en cada silueta, entregada... “Propiedad privada. Prohibido el paso. Personas y animales”. Las hojas, la hierba, los pájaros, los insectos, la luz, mi cuerpo y cubriéndonos de abrazos el ancho cielo. Deliciosa broma.

  • Comentario por Oliva 08.01.18 | 22:34

    Gracias, Pedro Miguel. Es una reflexión magnífica. Me pregunto, sin embargo, ¿es acaso nuestra la mirada o es el envés de la tierra, inerte y viva, quien nos mira y aviva la hondura dormida? Salí del edificio y conduje el paso por la calle empinada. Me detuve enseguida. El paisaje conocido, cotidiano, me fascinaba y quedé prendida a su figura, mi cuerpo anclado en la acera y quebrada la inercia del camino mientras otros se alejaban calle arriba. Entre el costado desnudo del edificio y la casa más cercana hay un solar pequeño. Debió ocuparlo en otro tiempo una vivienda a la vista de los azulejos coloridos de sus muros y de las muescas del contorno de una vieja escalera, pero no quedaban escombros que dieran testimonio de la vida que una vez albergó. La única entrada al solar está vallada y colgado de su alambre hay un letrero: “Propiedad privada. Prohibido el paso. Personas y animales”.

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