Pedro Miguel Lamet

Desprogramarse y nacer de nuevo

03.10.17 | 17:34. Archivado en Acerca del autor


El ordenador es un aparato útil. Pero completamente tonto. Tú metes los datos y el los baraja y luego da a luz un sorprendente listado, un cálculo arquitectónico, el plano de un nuevo automóvil. Sin embargo el ordenador nunca da el salto trascendete. Ni se enamora, ni sabe reír ni llorar, ni se va como voluntario al Tercer Mundo, ni crea una Novena sinfonía o un soneto de Shakespeare.

En la era de la informática y la información, de la televisión e Internet, el peligro está en convertirnos en unas ingentes y estúpidas bases de datos ambulantes, pero sin ensueño, sin vida, sin poesía. El gran salto cualitativo no lo da el ordenador, lo damos nosotros.

Hoy como ayer la felicidad está en ver, alcanzar nuestra verdad profunda. Es lo que los místicos orientales llaman iluminación. Una vez que sabes quién eres tú y para que estás aquí, la angustia se esfuma como por encanto.

De aquí que el primer paso que tenemos que dar para ser felices es desprogramarnos de este ingente ordenador que manejan los magnates de la sociedad actual. Llegar a vernos sin miedo y con sinceridad tal como somos. Para ello tienes que libérate de todo perjuicio. No importa ni lo que has oído en el bar ni lo que te ofrece la tele, las redes sociales, la publicidad, ni siquiera lo que te predican las religiones. La gran computadora en que nos movemos canoniza lo que le interesa, caiga quien caiga. Esa misma sociedad biempensante es la que levanta sus ídolos y los destruye al día siguiente. Es la que mató a Jesús porque “convenía para el bien de todo el pueblo”; la que condena a un negro, a un magrebí a un refugiado al ostracismo por el hecho de serlo, o la que corona con aureola de un dios al banquero o al político que le parece y le interesa en cada momento.

De ahora en adelante eres tú el que va a saber la verdad desde tu verdad. No porque lo diga el señor presidente del gobierno, el obispo o el conductor de un programa informativo. La vas a encontrar dentro de tí. Y para ello tienes que despertar.

¿Cómo sabemos que estamos dormidos? “Si estás doliéndote de tu pasado es que estás dormido”, decía Tony de Mello. Si estás angustiado por el porvenir -”¿me quietarán el trabajo? ¿me querrá fulano? ¿me engañará zutana?”- es que estás dormido. Lo pasado está muerto, lo porvenir aún no ha venido. Despertarse es quitarse la careta, esa que nos han puesto desde niños cuando nos decían: “Mira tienes que ser como papá, que trabaja de sol a sol. O como tu hermano Manolito, que nunca se mancha cuando come. Ser bueno es ir a misa los domingos y no decir palabrotas. Ser bueno es sacar sobresaliente en matemáticas”.

Luego tú mismo, copiando modelos externos, fuiste perfilando los rasgos de tu propio personaje, tu falso carnet de identidad: “Guapa, delgada, irresistible”; “intelectual, sutil, profesor”; “conquistador, tenorio, calavera”. Y tu verdadero ser se quedó enterrado detrás de todos esos ropajes impuestos por la sociedad, la educación, los modelos prefabricados.

El que consigue despertar deja en la cuneta los sufrimientos y corre ágil hacia cualquier parte porque la felicidad no está en ninguna. La felicidad eres tú. Entonces ¿el dolor no existe? ¿No padecen los campesinos explotados en América Latina o los catorce millones de personas que mueren de hambre cada año?

Esa perspectiva es completamente real, pero también forma parte de un proceso, un sueño, del Gran Teatro del Mundo. Estaremos obligados a aliviar todo ese dolor, que como veremos, es parte de nosotros. Pero hemos de comenzar por saber liberarnos de un dolor que nos inventamos porque procede de nuestro sueño, de nuestra incapacidad de percibir lo Real, lo que no es tiempo aunque esté en el tiempo.

No es un psicologismo vacuo decir que es la mente humana la que crea los problemas. Es ese yo pequeño, la careta, el personaje que nos hemos creado el que nos hace pasarlo mal. ¿Que crees que está pidiendo Jesús de Nazaret cuando dice “niégate a ti mismo”? ¿Que lo pases mal, como se ha predicado tantas veces? ¿Canoniza el dolor por el dolor? ¿Que hay que fastidiarse, sufrir, autodestruirse? Todo lo contrario, que tenemos que matar al yo pequeño, el de la careta, para que amanezca el yo grande. ¿Y cuando exhorta. “Haceos como niños”? ¿Qué quiere decir? ¿Que nos convirtamos en tan dependientes, revoltosos e inconstantes como los niños? Nada de eso. Quiere decir que el niño está recién salido de fábrica y por tanto su mirada es original, todavía no se ha estropeado, no se ha puesto la careta, no ha tenido tiempo de ser atrapado por el ordenador y ser programado. Es el morir y volver a nacer que han pedido de uno u otro modo todas las grandes religiones y corrientes filosóficas y esotéricas de desarrollo personal. A este proceso se refería Jesús cuando habla de “nacer de nuevo”: “Te aseguro que si uno no nace de nuevo no puede ver el reinado de Dios”


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