Entre unidad, caridad y verdad

Natividad de san Juan Bautista

18.06.18 | 12:10. Archivado en Reflexiones dominicales

No siempre los ciclos litúrgicos registran coincidencia dominical con la natividad de san Juan Bautista, que, por otra parte, es solemnidad, pero años hay en que suena la flauta, y uno, la verdad, quisiera aprovechar esa circunstancia dentro del Ciclo B. Con excepción de la Virgen María, el Bautista es el único santo del que la liturgia celebra el nacimiento, y lo hace porque está íntimamente vinculado con el misterio de la Encarnación del Hijo de Dios. De hecho, desde el vientre materno Juan es el precursor de Jesús: el ángel anuncia a María su concepción prodigiosa como señal de que «para Dios nada hay imposible» (Lc 1,37), seis meses antes del gran prodigio que nos da la salvación, la unión de Dios con el hombre por obra del Espíritu Santo.

En realidad, los cuatro Evangelios destacan al Bautista como profeta que concluye el Antiguo Testamento e inaugura el Nuevo, identificando en Jesús de Nazaret al Mesías, al Consagrado del Señor. Será, de hecho, Jesús mismo quien hable de Juan con estas palabras: «Este es de quien está escrito: «Yo envío a mi mensajero delante de ti para que prepare tu camino ante ti. En verdad os digo que no ha nacido de mujer uno más grande que Juan el Bautista; aunque el más pequeño en el reino de los cielos es más grande que él» (Mt 11,10-11).

Zacarías, el padre de Juan y esposo de Isabel, pariente de María, era sacerdote del culto del Antiguo Testamento. Él no creyó de inmediato en el anuncio de una paternidad tan inesperada, y por eso quedó mudo hasta el día de la circuncisión del niño, al que él y su esposa dieron el nombre indicado por Dios, es decir, Juan, que significa «el Señor da la gracia».

Animado por el Espíritu Santo, Zacarías habló así de la misión de su hijo: «Y a ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo, porque irás delante del Señor a preparar sus caminos, anunciando a su pueblo la salvación por el perdón de sus pecados» (Lc 1,76-77). Todo esto se hizo realidad treinta años más tarde, cuando Juan comenzó a bautizar en el río Jordán, llamando al pueblo a prepararse, con aquel gesto de penitencia, a la inminente venida del Mesías, que Dios le había revelado durante su permanencia en el desierto de Judea. Por esto fue llamado «Bautista», es decir, «Bautizador» (cf. Mt 3,1-6).

Cuando un día Jesús mismo, desde Nazaret, fue a ser bautizado, Juan al principio se negó, pero luego aceptó, y vio al Espíritu Santo posarse sobre Jesús y oyó la voz del Padre celestial que lo proclamaba su Hijo (cf. Mt 3,13-17). Pero la misión del Bautista aún no estaba cumplida: poco tiempo después, se le pidió que precediera a Jesús también en la muerte cruenta: Juan fue decapitado en la cárcel del rey Herodes, la famosa Fortaleza de Maqueronte, ubicada al este del Mar Muerto y a unos 25 km al sudeste de la desembocadura del río Jordán, y así dio testimonio pleno del Cordero de Dios, al que antes había reconocido y señalado públicamente.

Juan el Bautista fue llamado, como todos los grandes personajes del Antiguo Testamento, a la vocación profética, en su caso la de Precursor (pródromos) del Señor. Por eso la sagrada Liturgia le aplica las palabras de Isaías: «El Señor desde el seno materno me llamó; desde las entrañas de mi madre pronunció mi nombre» (Is 49,1). Estas palabras de Isaías se refieren, en plenitud, a Cristo, pero, por reflejo, también se pueden aplicar, y muy atinadamente por cierto, a esta gran figura bíblica que está entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. En el gran ejército de profetas y justos de Israel, Juan el Bautista fue puesto por la Providencia inmediatamente antes del Mesías, para preparar delante de él el camino con la predicación y con el testimonio de su vida.

Ambos, Mesías y Precursor, nacieron gracias a una intervención especial de Dios: el primero nace de la Virgen; el segundo, de una mujer anciana y estéril. Desde el seno materno Juan anuncia a Aquel que revelará al mundo la iniciativa de amor de Dios. Las palabras de Isaías, por otra parte, las repite a su manera el salmista: «Desde el seno de mi madre me llamaste» (Salmo responsorial). Incluso las podemos hacer nuestras, ya que Dios nos conoció y amó antes aún que nuestros ojos pudieran contemplar las maravillas de la creación. Todo hombre al nacer recibe un nombre humano. Pero antes aún, posee un nombre divino: el nombre con el cual Dios Padre lo conoce y lo ama desde siempre y para siempre. Eso vale para todos, sin excluir a nadie. Ningún hombre es anónimo para Dios. Todos tienen su ADN divino. Todos tienen igual valor a sus ojos: todos son diversos, pero iguales; todos están llamados a ser hijos en el Hijo.

«Juan es su nombre» (Lc 1,63). A sus parientes todos, sorprendidos al oír esta salida de Isabel, la madre del niño, Zacarías confirma el nombre de su hijo escribiéndolo en una tablilla. Dios mismo, a través de su ángel, había indicado ese nombre, que en hebreo significa «Dios es favorable». Y es favorable al hombre: quiere su vida, su salvación; favorable a su pueblo: quiere convertirlo en una bendición para todas las naciones de la tierra; y favorable a la humanidad: guía su camino hacia la tierra donde reinan la paz y la justicia. Todo esto entraña ese nombre: Juan.

San Juan Bautista, Precursor del Señor y su bien timbrada voz, aquella voz que gritaba en el desierto, es, además, modelo puesto por Dios para todos los que se preparan a recibir a su Hijo el Mesías. Es modelo perenne de fidelidad a Dios y a su ley. Él preparó a Cristo el camino con el testimonio de su palabra y de su vida. Todo un reclamo para que lo imitemos con dócil y confiada generosidad.

Asimismo es, sobre todo, modelo de fe. Siguiendo las huellas del gran profeta Elías, para escuchar mejor la palabra del único Señor de su vida, lo deja todo y se retira al desierto, desde donde dirigirá la invitación a preparar el camino del Señor (cf. Mt 3,3 y paralelos). Es igualmente modelo de humildad, porque a cuantos lo consideran no sólo un profeta, sino incluso el Mesías, les responde en seguida: «Yo no soy quien pensáis, sino que viene detrás de mí uno a quien no merezco desatarle las sandalias» (Hch 13,25). Y es, en fin, modelo de coherencia y valentía para defender la verdad, por la que está dispuesto a pagar personalmente hasta la cárcel y la muerte.

En esta época de vorágine colectiva, de tanto culto a la mentira, de tanta persecución a los cristianos dispersos por el mundo, emerge la austera figura de Juan como ejemplo de fidelidad al Evangelio. «Su testimonio –llegó a decir san Juan Pablo II durante sus visita a Kiev--debe servir de ejemplo y acicate para los cristianos del tercer milenio». Algo parecido a lo que suele decir el papa Francisco con su recurrente llamada a los hijos de la Iglesia en este siglo XXI, sobre todo cuando, a la vista de tanto ataque del Maligno a la cristiandad sufrida, insiste en su fórmula favorita del Ecumenismo de la sangre:

«En la escuela de Cristo, no os dejéis engañar por espejismos de felicidad barata. Seguid el camino de Cristo: ciertamente, Cristo es exigente, pero puede haceros gustar el sentido pleno de la vida y la paz del corazón. Educadlos con amor y dadles un buen ejemplo de coherencia con los principios que enseñáis. Y vosotros, los que tenéis responsabilidades educativas y sociales, sentíos comprometidos a promover siempre el desarrollo integral de la persona humana, cultivando en los jóvenes un profundo sentido de justicia y solidaridad con los más débiles». Buena ocasión, esta de la natividad de san Juan Bautista, para asumir su llamada a convertirnos, a testimoniar a Cristo y anunciarlo a tiempo y a destiempo.

Es su figura una de las más celebradas en la tradición litúrgica bizantina. Al igual que con Cristo y María, se celebra su concepción (23 septiembre), nacimiento (24 junio) y martirio (29 agosto). Se celebra también el redescubrimiento de las reliquias (la cabeza) de Juan, a la misma vez que cada martes la liturgia lo conmemora de modo especial. Las celebraciones de la concepción, nacimiento y muerte ponen al Bautista en paralelo a Cristo y a la Madre de Dios, y esto se refleja en la iconografía: la «Déisis» es el icono de los dos grandes intercesores, María y Juan, ante Jesús representado como el rey sentado en el trono de gloria, que tiene a la derecha «la reina vestida con un manto de oro variopinto» y a la izquierda al Precursor, el ángel que le prepara el camino y que lo anuncia y lo señala como «el cordero de Dios».

Sus títulos están siempre relacionados con Cristo: «Lámpara de la luz, rayo que manifiesta el sol, mensajero del Dios Verbo, paraninfo del Esposo». Diversas veces los textos litúrgicos lo llaman «óptimo hijo y ciudadano del desierto», mientras la tradición monástica de Oriente y de Occidente tendrá siempre una gran estima por el Bautista en su dimensión de soledad y ascesis en el desierto. El papel que los textos dan a Juan es el de intercesor junto a Cristo, voz que lo anuncia, ángel que lo precede y que le prepara el camino; por esto también con mucha frecuencia la iconografía del Bautista lo presenta con las alas de ángel. Diversos troparios ponen en paralelismo, con una finalidad claramente cristológica, el nacimiento del Bautista y el nacimiento de Cristo, nacimiento de la Voz y nacimiento del Verbo.

En el iconostasio hay tres puertas, la más importante se llama «la puerta del zar». Por ella puede pasar solo el sacerdote durante el servicio. En ella están pintados los cuatro evangelistas y la Anunciación, y sobre ella se representa la Última Cena. Otras dos, en las que están pintados los arcángeles, las usan diáconos y otros clérigos.

El iconostasio completo tiene cinco filas de iconos, aunque las iglesias pequeñas pueden tener tres o incluso una. La tercera se llama déesis: es la más importante porque sus figuras rezan por el perdón de todos los pecadores. En el centro de la déesis está colocado el icono del Cristo en Majestad (Pantocrator), a ambas partes del cual se sitúan la Virgen y san Juan Bautista. Haga él que Dios nos sea favorable. Pedir que Dios sea con nosotros propicio es tanto como impetrar que nuestro corazón se vista de la luz que siempre irradió san Juan el Bautista.


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Comentarios
  • Comentario por Mar 24.06.18 | 00:18

    Para mi es llamativo que Juan Bautista no “entró” en el Templo, no vivió como sacerdote sino se fue al desierto (donde se alimentaba de saltamontes y de miel silvestre). A Jesús la gente Le acusaba de ser “comilón y de ser bebedor de vino”. Pero hay más diferencias entre Juan Bautista y Jesús. Como leo en un libro “el centro de las preocupaciones de Juan fue la conversión de los pecadores, en tanto que el centro de las preocupaciones de Jesús fue la salud de los enfermos y la alimentación (como comensalía) de todos. El fondo de todo estuvo en que Juan creía en un Dios justiciero y castigador (Mt 3, 12; Lc 3, 17), mientras que Jesús creyó siempre en un Padre absolutamente bueno con todos (Lc 15, 11-32).

  • Comentario por AntonioBF 23.06.18 | 22:22

    La doy la razón: puede pasar lo que Ud dice. Pero entonces estaremos en grave peligro de pecar por cobardía. La mejor solución, creo yo, es rezar todos los días porque no sabemos que tentaciones nos vendrán, ni cuando.

    Antiguamente se rezaba: "Que Dios nos libre de la muerte instantánea". Casi lo contrario que lo deseamos hoy: que si nos llega, que sea rápido.
    Nosotros lo que queremos es no sufrir, y para eso mejor la muerte instantánea.
    Antes, lo que se temía era morir sin estar preparados ante Dios. Que fuéramos al infierno. Si se ve llegar la muerte, puedes acudir a los sacramentos de la Iglesia: confesión, unción de enfermos, etc. Y tienes tiempo de llevar una vida más cristiana en tus últimos días de vida.

  • Comentario por Fittipaldi 23.06.18 | 20:51

    Sr Antonio, permíteme matizar su exposición: “una prueba muy dura” puede asaltarnos, venir inesperadamente y es cuando no hay tiempo para rezar "largas horas" ni es el momento para sentirnos débiles. Me explico: si veo a un ser humano ahogándose en un lago o en un río y en vez de saltar al agua me pongo a rezar para recibir “la gracia más necesaria”, dudar en mis fuerzas, sentirse humilde y débil… pues no voy a salvar a esta persona. Hay situaciones cuando NO confiar “en nuestras virtudes” o en nuestra valentía puede intimidarnos y finalmente ser contraproducente.

  • Comentario por Fátima 23.06.18 | 17:56

    ...Sigue
    Es lo que podríamos pedir hoy, en este día de fiesta: que siempre querramos abrir más nuestro corazón -toda nuestra vida- al favor de Dios, al amor de Dios, que se manifiesta en tantas cosas -por ejemplo, en la belleza del mundo que El creó-, pero sobre todo se manifestó en Jesús. En Jesús, el Señor resucitado, que está y estará presente, actuante, vivo, en esta Eucaristía para que nosotros hagamos un paso más en nuestro vivir en comunión con El.

    Siempre, y en toda circunstancia, la mano de Dios está con nosotros.

    Buen Día de San Juan Bautista.

    Unión de oraciones.

  • Comentario por Fátima 23.06.18 | 17:48

    Fijemos nuestra atención en este hombre, en Juan, en este santo que jugó un papel tan importante en la vida de Jesús

    Por eso, en las lecturas y en las oraciones de la misa de hoy, repetidamente se nos habla de "alegría". Si siempre el nacimiento de un niño es causa de alegría, lo es especialmente en este niño porque con él se prepara y de algún modo se inicia la gran revelación y comunicación del amor de Dios que será Jesucristo.

    De ahí que, como decíamos, hoy sea también para nosotros una fiesta de alegría: el recuerdo y la celebración del nacimiento de Juan es para nosotros ocasión de recordar y celebrar que "Dios concede su favor", que Dios muestra y comunica su amor hacia nosotros. El Dios creador, el Dios salvador, es siempre el Dios que comunica amor.

    Es lo que podríamos pedir hoy, en este día de fiesta: que siempre querramos abrir más nuestro corazón -toda nuestra vida- al favor de Dios, al amor de Dios, que se manifiesta en tantas cosas -...

  • Comentario por AntonioBF 22.06.18 | 21:59

    El peligro es confiar demasiado en nuestras propias fuerzas, y no tanto en las de Dios.

    Jesucristo, pese a ser Dios, se pasaba largas horas rezando a su Padre cuando tenía que hacer algo importante. Su misma pasión empezó en el Huerto de los Olivos, rezando. Y parece que no acertó al principio con lo que le tenía que pedir: en vez de pedirle fuerzas para soportar su prueba, le pedía que le evitase la Pasión, si era posible.
    Pero si Dios no puede darnos lo que le pedimos en oración, nos da una gracia más necesaria. El Padre le envió un ángel para fortalecerle y que resistiera, en atención a su Oración.

    Por eso, si algún día nos tenemos que enfrentar a una prueba muy dura, en vez de confiar en nuestras virtudes, tengamos la humildad de reconocernos débiles, y recemos.
    Aunque no acertemos a pedir lo que conviene. Dios ya sabe como somos.

  • Comentario por Fittipaldi 21.06.18 | 13:53

    Entre los “Justos entre las Naciones”, gente reconocida y condecorada como rescatadores por Yad Vashem, hay personas de todos los países: Polonia (6706), Paises Bajos (5595), Francia (3995), Ucrania (2573), Bélgica (1731), Lituania (891), Hungría (844), Italia (682) etc… Hasta el enero de 2017 han sido reconocidos 21.758 "Justos" de 42 países diferentes. Y cuantos quedan de los que no sabemos nada...

    Estos datos hablan por si mismos. Creo que siempre habrá personas que, como Juan el Bautista, “con tal de denunciar a quien viola la ley” (o con tal de salvar una vida) “no se va a parar ante nada. Aunque fuera peligrosísimo”.

  • Comentario por Fittipaldi 21.06.18 | 13:51

    Sr Antonio, dice Usted: “Si nosotros viviéramos en un país donde denunciar a alguien nos podría costar la vida, entiendo que no nos atreviésemos a hacerlo”. Pues yo no estaría tan segura de ello.

    Realmente no sabemos cómo nos comportaríamos en una situación que describe. Durante la II Guerra Mundial Polonia fue el único país de la Europa ocupada en el que los nazis alemanes, o sea, Alemania como estado impuso formalmente la pena de muerte para cualquier persona descubierta ayudando o escondiendo a los judíos. A pesar de ello hubo muchos particulares, familias (es notable el trágico caso del fusilamiento de toda la familia de los Ulm en Markowa, 8 personas), aldeas y organizaciones como “Zegota”) que se comportaron de una forma heroica…

  • Comentario por AntonioBF 18.06.18 | 16:40

    Yo añadiría más : Juan el Bautista murió por denunciar el pecado de un gobernante. El denunciar el adulterio de Herodes con Herodías, él sabía que le podía traer problemas. Y en efecto, le costó la cabeza.

    Si nosotros viviéramos en un país donde denunciar a alguien nos podría costar la vida, entiendo que no nos atreviésemos a hacerlo. Pero el mundo está lleno de injusticias, y denunciarlas no nos va a costar la vida. ¿Seremos valientes?
    No digo que faltemos el respeto, o denunciemos de una forma no inteligente. La prudencia y el respeto no están reñidos con denunciar lo malo del mundo.
    Pero el caso es que Juan el Bautista, con tal de denunciar a quien violaba la ley, no se paró ante nada. Aunque fuera peligrosísimo.

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