Entre unidad, caridad y verdad

La vid y los sarmientos

23.04.18 | 19:01. Archivado en Concilio Vaticano II

La sagrada liturgia de este V domingo de Pascua, Ciclo B, propone a nuestra consideración de creyentes la bella estampa de la vid y los sarmientos. Pertenece a la célebre parábola homónima de Jesús, y su mensaje cabría resumirlo así: la Iglesia de la edad apostólica enseña a la del siglo XXI cómo vivía ella la Pascua, dónde hacía recaer el acento del kerygma y hasta qué punto Jesús resucitado centraba la celebración de los misterios y era el supremo referente de sus esperanzas.

La primera lectura está tomada de san Lucas en los Hechos de los Apóstoles (9, 26-31). Mediante cinco sencillos versículos acerca de un recién convertido Saulo en Jerusalén, el evangelista de la Misericordia nos recuerda que «las Iglesias gozaban de paz en toda Judea, Galilea y Samaria; se edificaban y progresaban en el temor del Señor y estaban llenas de la consolación del Espíritu Santo» (v. 31). A propósito del inciso donde se dice que se edificaban y progresaban, es decir, se iban construyendo, en el temor --fidelidad al Señor--, es obvio que hemos de tener presente la Eucaristía.

El cardenal de Lubac, uno de los más grandes teólogos del siglo XX, nos dejó dicho que la Eucaristía hace la Iglesia y la Iglesia hace la Eucaristía. Dos clásicas expresiones perfectamente comprensibles sólo sobreentendidas con referencia al Cristo de la Eucaristía, sacerdote y víctima, donante y don. En efecto, con la auto-donación de su cuerpo y de su sangre, con la actualización de su misterio pascual y de sus efectos salvadores, es Cristo presente en la Eucaristía el que hace de la Iglesia su Cuerpo y la plasma como sacramento universal de salvación. Y es Cristo presente en la Iglesia, a través de la sucesión apostólica y ministerial del sacerdocio ordenado, por su presencia en cada sacerdote celebrante, el que hace, realiza la Eucaristía. Esta referencia al Cristo eucarístico y al Cristo sacerdotal permite que comprendamos mejor el binomio de reciprocidad entre la Eucaristía que hace la Iglesia y la Iglesia que hace la Eucaristía.

La segunda lectura es del apóstol San Juan (1 Jn 3, 18-24). En ella el apóstol del amor llama nuestra atención acerca de las palabras y las obras: «No amemos de palabra ni de boca, sino con obras y según la verdad» (v. 18). Juan da al término «verdad» un sentido muy amplio, tanto que abarca la fe y el amor. Son «de la verdad» los que creen, los que aman: unos y otros. Dicho más sencillamente quizás: El hombre que escucha los reproches de «su corazón», los aldabonazos de su conciencia, sabe que Dios lo conoce todo, y que él es el Amor, que por lo mismo es más clarividente y magnánimo que nuestra conciencia. Sólo así es posible hoy, en pleno siglo XXI, construir la Iglesia, progresar en fidelidad, multiplicarse (es decir, evangelizar) animados del Espíritu Santo.

Nada de lo dicho sería posible sin la Gracia, claro, y por ahí apunta el Evangelio de hoy. La sagrada liturgia, en efecto, completa esta catequesis dominical echando mano en el evangelio de Juan del fragmento acerca de la sugestiva imagen de la vid verdadera (Jn 15, 1-8). Jesús emplea en los Sinópticos la imagen de la viña como parábola del Reino de los Cielos, y hace del «fruto de la vida» la Eucaristía de la nueva Alianza. Hoy en concreto se proclama a sí mismo la verdadera vid, cuyo fruto, el verdadero Israel, no causará decepción a las esperanzas divinas: «Yo soy la vid verdadera y mi Padre es el viñador […] Yo soy la vid; vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto (fruto aquí es la santidad de una vida fiel a los mandamientos, especialmente al mandamiento del amor); porque separados de mí no podéis hacer nada» (15,1.5).

El extraordinario retórico que Agustín de Hipona llevó siempre dentro de sí no podía desaprovechar la oportuna circunstancia que Juan brindaba. Doctor sobre todo de la Gracia, se preocupó de cargar el acento, como era de esperar, en ese versillo 5 apenas citado: « porque separados de mí no podéis hacer nada» (Jn 15, 5). «El auténtico maestro, que a nadie adula y a nadie engaña; el verdadero doctor y a la vez salvador al que nos conduce el insoportable pedagogo, al hablar de las buenas obras, es decir, de los frutos de los sarmientos, no dice: “Sin mí podéis hacer algo, aunque os será más fácil con mi ayuda”, ni tampoco: “Podéis dar fruto sin mí, pero será más abundante con mi ayuda”. No es esto lo que dijo. Leed sus palabras; se trata del Evangelio santo al que se someten las cervices de todos los soberbios. No lo dice Agustín, sino el Señor. ¿Qué dice el Señor? Sin mí nada podéis hacer (Jn 15,5). Y ahora, cuando oís: Quienes son movidos por el Espíritu de Dios, ésos son los hijos de Dios (Rm 8,14), no os abatáis […]. Dejaos guiar, pero corred también vosotros; dejaos guiar, pero seguid al guía, pues después de haberle seguido, será cierto aquello de que sin él nada podéis hacer» (Sermón 156, 13).

A Israel se le compara a menudo en la Biblia con la viña fecunda cuando es fiel a Dios; pero, si de él se aleja, se vuelve estéril, incapaz de producir el «vino que alegra el corazón del hombre», como canta el Salmo 104 (v. 15). La vid verdadera es el propio Jesús, quien con su sacrificio de amor nos da la salvación, nos abre el camino para ser parte de esta viña. Y como Cristo permanece en el amor de Dios Padre, así los discípulos, sabiamente podados por la palabra del Maestro (cf. Jn 15, 2-4), si están profundamente unidos a él, se convierten en sarmientos fecundos que producen una cosecha abundante. Teniendo en cuenta, eso sí, que la rama bien unida al tronco da fruto no por su propia virtud, sino en virtud de la cepa: nosotros, pues, estamos unidos por la caridad a nuestro Redentor, como los miembros a la cabeza; por eso las buenas obras, tomando de él su valor, merecen la vida eterna. Gracia, pues, y cooperación a la Gracia. Cristo en nosotros, pero asimismo nosotros en Cristo.

La Iglesia nos injerta en el día de nuestro Bautismo como sarmientos en el Misterio pascual de Jesús, en su propia Persona, de cuya raíz recibimos la preciosa savia para participar en la vida divina. Como discípulos, también nosotros, con la ayuda de los pastores de la Iglesia, crecemos en la viña del Señor unidos por su amor. «Si el fruto que debemos producir es el amor, una condición previa es precisamente este “permanecer”. Es indispensable permanecer siempre unidos a Jesús, depender de él, porque sin él no podemos hacer nada» (cf. Jn 15, 5). Cada uno de nosotros es como un sarmiento, que sólo vive si hace crecer cada día con la oración, con la participación en los sacramentos y con la caridad, su unión con el Señor. Y quien ama a Jesús, la vid verdadera, produce frutos de fe para una abundante cosecha espiritual.

En la parábola de la vid, no dice Jesús: «Vosotros sois la vid», sino: «Yo soy la vid, vosotros los sarmientos» (Jn 15, 5). Lo cual significa que, «Así como los sarmientos están unidos a la vid, de igual modo vosotros me pertenecéis. Pero, perteneciendo a mí, pertenecéis también unos a otros». Y este pertenecerse uno a otro y a Él, no entraña un tipo cualquiera de relación teórica, imaginaria, simbólica, sino un pertenecer a Jesucristo en sentido, podríamos decir, biológico; esto es: plenamente vital. La Iglesia es esa comunidad de vida con Jesucristo y de uno para con el otro, que está fundada en el Bautismo y se profundiza cada vez más en la Eucaristía. «Yo soy la verdadera vid»; pero esto significa en realidad, dicho con estilo agustiniano: «Yo soy vosotros y vosotros sois yo»; una identificación inaudita del Señor con nosotros, con su Iglesia.

El Señor prosigue con su discurso altamente exigente: «Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí… porque sin mí -separados de mí, podría traducirse también- no podéis hacer nada» (Jn 15, 4. 5b). Sobre esto, comenta con su acostumbrada sagacidad san Agustín el Hiponense: «El sarmiento ha de estar en uno de esos dos lugares: o en la vid o en el fuego; si no está en la vid estará en el fuego. Permaneced, pues, en la vid para libraros del fuego» (In Io. eu. tr., 81, 3).

La imagen de la vid es un signo, al mismo tiempo, de esperanza y confianza. Encarnándose, Cristo mismo ha venido a este mundo para ser nuestro fundamento. En cualquier necesidad y aridez, Él es la fuente de agua viva, que nos nutre y fortalece, que nos limpia, que nos tonifica. Él en persona carga sobre sí el pecado, el miedo y el sufrimiento. De ahí, en resumen, que nos purifique y transforme misteriosamente en sarmientos buenos que dan vino bueno. En esos momentos de necesidad nos sentimos a veces aplastados bajo una prensa, como los racimos de uvas que son exprimidos completamente.

Tampoco se nos despinta, desde luego, que, unidos a Cristo, nos convertimos en vino de solera. Dios sabe transformar en amor incluso las cosas difíciles y agobiantes de nuestra vida, como la enfermedad y el dolor. Lo importante es que «permanezcamos» en la vid, en Cristo. En este breve pasaje, el evangelista usa la palabra «permanecer» una docena de veces. O sea, que no lo despacha porque sí. Al contrario, este «permanecer-en-Cristo» caracteriza todo el discurso. Permanecer es, al fin y al cabo, el verbo típico de la virtud de la fidelidad.

En nuestro tiempo de inquietudes e indiferencia, en el que tanta gente pierde el rumbo y el fundamento, y la serenidad y las formas; en el que la fidelidad del amor en el matrimonio y en la amistad, por ejemplo, se ha vuelto tan frágil y efímera; en el que desearíamos gritar, en medio de nuestras necesidades, como los discípulos de Emaús: «Señor, quédate con nosotros, porque anochece (cf. Lc 24, 29), sí, las tinieblas nos rodean», pero tú quédate con nosotros y no te vayas; el Señor resucitado nos ofrece en este tiempo un refugio, un haz inextinguible de luz y amor, esperanza y confianza, seguridad y paz. Donde la aridez y la muerte amenazan a los sarmientos, allí en Cristo hay futuro, vida y alegría, allí hay siempre perdón y nuevo comienzo, transformación entrando en su amor.

Permanecer en Cristo, por eso, significa, como ya se ha visto antes, permanecer también en la Iglesia. Una Iglesia entendida como Christus totus, o sea como Cristo Cabeza y Cristo miembros. Toda la comunidad de los creyentes está firmemente unida en Cristo, la vid. En Cristo, todos nosotros estamos unidos. En esta comunidad, Él nos sostiene y, al mismo tiempo, todos los miembros se sostienen recíprocamente. Juntos resistimos a las tempestades y ofrecemos protección unos a otros. Nosotros no creemos solos, creemos con toda la Iglesia de todo lugar y tiempo, la que está en el cielo y en la tierra.

Es, así, la Iglesia el don más bello de Dios. De ahí que san Agustín llegase a escribir: «Cada uno posee el Espíritu Santo en la medida en que uno ama a la Iglesia» (In Io. eu tr. 32, 8). Con la Iglesia y en la Iglesia podemos anunciar a todos los hombres que Cristo es la fuente de la vida, que Él está presente, que es la gran realidad que buscamos y anhelamos. Se entrega a sí mismo y así nos da a Dios, la felicidad, el amor.

Quien cree en Cristo, tiene futuro. Porque Dios no quiere lo que es árido, lo que es rígido, lo que está muerto, lo que no pasa de artificial, lo que al final es desechado, sino que se complace y desea lo que es fecundo y vivo, la vida en abundancia, la que Él nos da. En la Secuencia de Pentecostés pedimos al Espíritu Santo, enviado por el Padre a petición del Hijo, «doma todo lo que es rígido, funde el témpano, encamina lo extraviado». Él puede hacer también de nosotros sarmientos unidos siempre a la Vid.


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Comentarios
  • Comentario por AntonioBF 27.04.18 | 12:00

    El dato es muy bueno. Pero he leído algo malo: dice el artículo que parte del motivo por el hay menos abortos, es porque se ha difundido la píldora del día después. Muchas se creerán que es un método anticonceptivo, pero esto último es dudoso.
    1. Un método anticonceptivo, como la misma palabra lo dice, impide la concepción: que el espermatozoide se una al óvulo.
    2. La píldora del día después no impide la concepción. Lo que impide es que, si el óvulo ha sido fecundado, pueda implantarse en el útero. El embrión, por lo tanto, muere.
    3. Hay quien dice que el aborto es matar al embrión, una vez ya está implantado en el útero. Pero no todo el mundo está de acuerdo.

    De todos modos, es bueno que tengamos la cifra de abortos contabilizados más baja de los últimos 10 años.

  • Comentario por AntonioBF 27.04.18 | 11:46

    Gracias

  • Comentario por Mar 27.04.18 | 11:26

    Aqui tiene los datos en la prensa:

    http://www.abc.es/sociedad/abci-desciende-ligeramente-numero-abortos-espana-201712291630_noticia.html

  • Comentario por AntonioBF 27.04.18 | 08:21

    ¿Está Ud segura del dato? Ojalá sea cierto. Me gustaría creerlo.

  • Comentario por Mar 26.04.18 | 17:26

    Para levantar un poco su ánimo, Sr Antonio: “El número de abortos realizados en España en 2016 se redujo por quinto año consecutivo, consolidando una tendencia a la baja que se inició en 2012 y que ha llevado a que el año pasado se alcanzará la cifra más baja de los últimos diez años”.

    Usted no lo menciona en su texto. Es un dato importante y esperanzador.

  • Comentario por Mar 26.04.18 | 16:22

    He mencionado a los niños que mueren de hambre porque me parece que a la gente este hecho le escandaliza menos que el aborto. Tampoco oigo fuertes voces de protesta por los niños que están sometidos a esclavitud o trabajos forzados, o reclutados por grupos armados, o utilizados para su explotación sexual.
    Volviendo al aborto, creo que lo que hay que hacer es sobre todo preguntar ¿por qué un embarazo llega a ser no deseado?, ¿qué es lo que conduce a esta situación?, ¿cómo evitarla?. En uno de los artículos leo: “La adecuada información y el uso generalizado de los anticonceptivos convierten a Holanda en el país con menor número de abortos de toda Europa. (…) El bajo índice de abortos realizados en Holanda le debe a que la planificación familiar se ha convertido en algo normal, generalmente aceptado y fácilmente asequible para todos los ciudadanos”.

    El tema es complejo y urgente. Comprendo su indignación pero escandalizarse no ayuda resolverlo.

  • Comentario por AntonioBF 26.04.18 | 07:02

    Pero es que casi nadie niega que los niños que mueren de hambre sean seres humanos. En cambio hay millones de personas que niegan que los no nacidos sean seres humanos. Y eso me parece escandaloso.
    Por otra parte, las cifras de aborto que conozco son escandalosas. En España, el año pasado hubo más de 90000 abortos. Del resto del mundo no sé, pero todos juntos no me extrañaría que superaran el millón. Y eso todos los años.

    He leído que más del 90% de los casos de aborto no se deben ni a violación ni a anomalías del feto. Es un embarazo no deseado por otras razones. Y es lamentable que una mujer se quede embarazada sin quererlo. Pero más lamentable todavía es que niegue la humanidad a su hijo, y le mate.

  • Comentario por Mar 25.04.18 | 21:51

    Sr Antonio, el grave problema del aborto no se puede resolver con declaraciones sobre la pertenencia a la civilización pro-vida y condenas a los ateos pro-aborto.
    Mientras Ud condena la maldad del aborto, en el mismo momento, en África, mueren decenas de niños de hambre… Y tantos otros, apenas nacidos en todo el mundo, expiran sufriendo dolores, por unas enfermedades incurables y anomalías del feto (el síndrome de down es uno de los más “suaves”).
    Un embarazo no deseado (como es por ejemplo el caso de la violación) es un drama y siempre hay que abordarlo de una forma muy respetuosa para no humillar, no degradar la dignidad de la mujer. Hay que hacer todo lo posible para apoyarla y ayudarla en tomar buenas decisiones. Las severas declaraciones religiosas o ideológicas hay que sustituir por la cercanía y persuasión.

  • Comentario por Fittipaldi 25.04.18 | 14:48

    Sra Mar, sí, es triste ver como la Iglesia trató y trata a las mujeres… Ellas seguían a Cristo, Le servían, pertenecían al grupo de Sus discípulos al igual que los hombres pero la Iglesia les ha atribuido el papel de unas personas sumisas, humildes, calladas, obedientes – y a los hombres – cargos superiores relacionados con el mando, enseñanza, toma de decisiones… Las mujeres que aparecen en los Evangelios (descritos por los hombres) en la mayoría de los casos están calladas. Más aun, en la tradición de la Iglesia y también en las Sagradas Escrituras encontramos llamamientos a que guarden silencio.

    “Es, así, la Iglesia el don más bello de Dios” - leo en el texto de Padre Pedro.
    Pues Rudolf Karl Bultmann, creo que bromeando, en uno de sus artículos (no me acuerdo el título) decía que Jesús anunció la llegada del Reino de Dios mientras tanto… ha nacido la Iglesia.

  • Comentario por Fittipaldi 25.04.18 | 14:44

    Para mi ser “como un sarmiento” y "permanecer en Cristo" es buscar el significado de las palabras del Maestro de Nazaret, contemplar Sus gestos, fijarse en Su magisterio (todo esto sin despreciar o condenar a los que profesan otra religión o no profesan ninguna). En la enseñanza de Jesús hay algo inestimable, maravilloso que me conmueve profundamente - atraía personas de diferentes círculos,
    ambientes, estados no por ser célibe sino por sus obras.

    No me gusta la dicotomía, esta división del mundo a los creyentes y ateos. Lo más importante es cómo vivimos y que podemos hacer juntos. Quiero decir, lo importante es vivir ecuménicamente.


  • Comentario por Mar 24.04.18 | 23:59

    Sra Fátima, yo también me fijé en las palabras “permanecer” y “ser fiel” en el amor, en la amistad… Pues las mujeres que aparecen en los Evangelios fueron más fieles de todos. Permanecen junto a Jesús mientras otros discípulos huyen y después han sido completamente marginalizadas… Marta, en la conversación con el Maestro, hace una profesión de fe comparable a la que hizo Pedro, pero es Pedro quien llega a ser el papa y ella - patrona de las amas de casa… María Magdalena, distinguida discípula de Jesús, es la primera que ve al Resucitado y lleva la noticia a otros, llamada “apóstola de los apóstoles”. ¿Y qué? Era considerada una mujer adúltera…

  • Comentario por Mar 24.04.18 | 23:23

    Padre Pedro, escribe Usted: “Quien cree en Cristo, tiene futuro”.
    No olvidemos que Jesús es solo una de las personas divinas: está todavía Dios Padre y Espíritu Santo y Ellos también tienen sus tareas. Sobre todo el Espíritu Santo que sopla por donde y cuando quiere…

    Yo diría que a los que profesan otra religión, Jesucristo (al que creen los cristianos), no les es indispensable para la salvación.

  • Comentario por Mar 24.04.18 | 23:11

    Sr Antonio, le explico en breve porque me disgustó su comentario que Ud dejo a las 8:10 de la mañana.
    Para mí, una cristiana, Jesús es el único redentor pero sería una insensatez extender mi creencia a los que no lo son y una arrogancia y algo inaudito intentar convertirles (a los no cristianos) o mandarles semejantes avisos “que aunque hagan cosas buenas, lo malo supere a lo bueno”.
    ¿Como puedo convencer a un musulmán, budista, hinduista que su salvador es Jesús si ellos no creen en Él? Si ellos tienen otra concepción de Dios esto me dice que esta pluralidad de religiones esta en los planos del Creador siendo su voluntad (está “de iure” y no “de facto”). Hay tantos caminos hacía Dios cuantos hombres.
    Tengo amigos que podría llamar… cristianos sin Dios. Son ateos pero creen en los valores cristianos llevando en sus vidas a la práctica la misericordia, la compasión, la verdad, el bien…

  • Comentario por Fátima 24.04.18 | 18:02

    Consoladoras las palabras de este domingo del Evangelio.
    “Permaneced en mí y yo en vosotros” (Jn 15,4)
    La relación de amistad que el Señor establece con nosotros implica por nuestra parte «permanecer en él».
    «si permanecéis en mí y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que deseáis, y se realizará» (Jn 15,7);

    Que no se nos escape la insistencia del verbo «permanecer» que, a lo largo del relato, se repite diez veces, indicando la perseverancia para vivir en comunión de vida con el Señor mediante la fe, la esperanza y el amor, afrontando todas las dificultades que encontramos a lo largo del camino de nuestra vida.

    Preciosa la reflexión de este domingo.

    Gracias Padre por su articulo.

    Unión de oraciones.

  • Comentario por AntonioBF 24.04.18 | 12:31

    Es lo que se deduce de las palabras de Cristo: "Sin mi no podéis hacer nada". Y lo que sé por mi propia experiencia y la de otros.
    De adolescente perdí la fé. Hice cosas de las que ahora me arrepiento y que no he vuelto a hacer desde unos meses después de volver a la Fé. No es que de adolescente fuera un demonio, pero era bastante peor persona que ahora.

    Y también lo vemos en otras personas de la historia. Perdieron la fé, y creyeron que podían incluso hacer más bien que antes. Pero de un modo u otro, mezclaron el bien con el mal. Una de las maldades más extendidas entre los ateos es estar a favor del aborto. De ahí a abortar o colaborar de alguna manera con el aborto sólo hay un paso.
    Es verdad que también hay creyentes pro-aborto. Pero es raro encontrar un ateo pro-vida.

    Pero para creer lo que yo digo, seguramente es necesario tener Fé. El que no la tenga, creerá que el equivocado soy yo.

  • Comentario por Mar 24.04.18 | 12:21

    Con perdón, Sr Antonio, al leer su aviso me quedé muda de asombro: “Un aviso para los que piensan o se ven tentados de dejar de ser cristianos: si lo hacen, ya no podrán hacer nada. Nada bueno, se entiende. Lo normal es que, aunque triunfen y hagan cosas buenas, lo malo supere a lo bueno”.

    Sinceramente… es un disparate. ¿O una broma? Pues no le entiendo. A ver si a lo largo del día recupero la voz.

  • Comentario por AntonioBF 24.04.18 | 08:10

    Un aviso para los que piensan o se ven tentados de dejar de ser cristianos: si lo hacen, ya no podrán hacer nada.
    Nada bueno, se entiende.
    Lo normal es que, aunque triunfen y hagan cosas buenas, lo malo supere a lo bueno. Incluso creerán que lo que están haciendo está bien. También leemos en la Biblia que los que perseguían a Cristo y a los cristianos, creían que hacían lo correcto.
    Es el caso de San Pablo antes de convertirse.

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