Entre unidad, caridad y verdad

«Cuando yo sea elevado sobre la tierra atraeré a todos hacia mí»

12.03.18 | 11:42. Archivado en Reflexiones dominicales

La Cuaresma es tiempo propicio para mirar al Crucificado, desde quien Dios mendiga el amor de su criatura: tiene sed de nuestro amor. Tomás el apóstol reconoció a Jesús como «Señor y Dios» cuando metió la mano en la herida de su costado. No extrañe, pues, que se haya visto en el Corazón de Jesús la imagen más conmovedora de este misterio de amor. Sólo el amor en que se unen el don gratuito de uno mismo y el vivo anhelo de reciprocidad infunde un gozo tan hondo y saludable que vuelve leves incluso los más duros sacrificios.

El sintagma «elevado de la tierra» (Jn 12,32) alude a la «elevación» de Cristo en la cruz a la vez que a su «subida» al cielo el día de la resurrección, ya que ambos son aspectos del mismo misterio. En cuanto a las palabras «atraeré a todos hacia mí», ese «todos» puede significar «todo hombre», o simplemente «todo». Se trata de una atracción del propio Jesús crucificado, es decir, elevado en la cruz. Jesús entonces aparecerá a los ojos del género humano como Salvador del mundo: es la respuesta a los griegos piadosos que pretendían «verle» (Jn 12,21), porque la voluntad del Padre es «que todo el que vea al Hijo y crea en él, tenga vida eterna y que (el Hijo) le resucite el último día» (Jn 6,40).

Uno recuerda la catequesis de su niñez --entonces se decía la doctrina–, cuando el cura explicaba el misterio de la consagración de la Misa, y concretamente el instante de silenciosa adoración cuando el sacerdote, de espaldas al pueblo, mostraba por alto el pan y el cáliz. Entre los fieles, esos minutos, rotos sólo por la campanilla del monaguillo y el sonido bronco de la campana de la torre anunciando por cerros y valles el dichoso momento a los sufridos labradores del campo, eran conocidos como los de «alzar a ver a Dios», expresión sinónima de «mirarán al que traspasaron» (Jn 19,37).

La respuesta que de nosotros espera el Señor es, ante todo, que aceptemos su amor y nos dejemos atraer por él. Aceptar su amor, en realidad, no sería suficiente, incluso quedaría pobre. Preciso es también corresponder a ese amor y luego, además, comprometerse a comunicarlo: que tampoco eso deja de ser vieja y nueva evangelización. «Me atrae Cristo hacia sí» para unirse a mí, al objeto de que yo aprenda a amar a los hermanos con su mismo amor, he ahí el ápice de tan sublime espiritualidad.

«Mirarán al que traspasaron» (Jn 19,37; cf. Za 12,10b), pues. Se trata de mirar con ilimitada confianza el costado traspasado de Jesús, del que salió «sangre y agua» (Jn 19,34). Los Padres de la Iglesia consideraban estos elementos símbolos de los sacramentos del bautismo y de la Eucaristía. El cardenal Jean Daniélou tiene al respecto páginas admirables en sus escritos patrísticos. Con el agua del bautismo se nos revela, gracias a la acción del Espíritu Santo, la intimidad del amor trinitario. En el camino cuaresmal, recordando nuestro bautismo, somos exhortados a salir de nosotros mismos para abrirnos con sereno abandono al abrazo del Padre (cf. san Juan Crisóstomo, Catequesis, 3, 14 s; Deus caritas est, 13). Dios nuestro Padre, pues, se prodiga en bondad a través de su Hijo adorable crucificado por los pecados de los hombres.

Contemplar «al que traspasaron» supone, de otra parte, abrir nuestro corazón a los demás, a base de reconocer las heridas infligidas a la dignidad del ser humano; luchar contra cualquier desprecio a la vida y frente a cualquier explotación de la persona; entraña de igual modo aliviar los dramas de la soledad y del abandono de tantas y tantas personas desasistidas y a la espera de un consuelo misericordioso. Es la Cuaresma, por ende, una experiencia renovada del amor de Dios que se nos dio en Cristo, amor que también nosotros, por nuestra parte, debemos «volver a dar» cada día al prójimo, sobre todo al que sufre y al menesteroso de misericordia.

Comenta san Lucas dos sucesos significativos en la vida de Jesús: la revuelta de unos galileos, reprimida violentamente por Pilatos, y la caída de la torre de Siloé, que aplastó a dieciocho víctimas. La gente de entonces solía interpretar sucesos tales como castigo por alguna culpa grave: baste recordar al ciego de nacimiento. Nuestra sociedad, lo mismo. Jesús, al contrario, dice: « ¿Pensáis que estos galileos eran más pecadores que todos los demás galileos? [...] O aquellos [...] sobre los que cayó la torre [...] ¿pensáis que eran más culpables que todos los hombres que vivían en Jerusalén?». Conclusión clara: «No, os lo aseguro; pero si no os convertís, todos pereceréis igualmente».

Jesús desea que sus oyentes se conviertan, sí, pero evita el uso de términos moralistas. Echa mano, antes bien, de los realistas, propuestos como la única respuesta adecuada a unos hechos cuestionadores de las certezas humanas. De nada sirve, ante ciertas desgracias, descargar la culpa sobre las víctimas. La verdadera sabiduría consiste, más bien, en dejarse interpelar por la precariedad de la existencia y asumir una actitud responsable: hacer penitencia y mejorar nuestra vida. Es, después de todo, la respuesta más eficaz al mal.

La conversión no nos librará de problemas, qué va. Pero sí nos permite, en cambio, afrontarlos de forma diversa. Ayuda a prevenir el mal, desactivando amenazas, y, en resumen, hace que el mal venza al bien, si no siempre en el ámbito de los hechos, que a veces son independientes de nuestra voluntad, sí ciertamente siempre en el espiritual. «Hacer penitencia y corregir nuestra conducta –dijo Benedicto XVI– es el camino más eficaz para que cambiemos nosotros y la sociedad. Lo explica muy bien una certera máxima: “Vale más encender una cerilla que maldecir la oscuridad”» (Ángelus: 11.3. 07).

Refiere hoy san Juan en su Evangelio que algunos griegos, prosélitos del judaísmo, atraídos por lo que Jesús estaba haciendo, se acercaron a Felipe, uno de los Doce, que tenía un nombre griego y procedía de Galilea. «Señor —le dijeron—, queremos ver a Jesús» (Jn 12,21). Felipe, a su vez, llamó a Andrés, uno de los primeros apóstoles, muy cercano al Señor, y que también tenía nombre griego; y ambos «fueron a decírselo a Jesús» (Jn 12,22). Cosa bien natural, después de todo. El sentido profundo de la espiritualidad, sin embargo, atisba dimensiones metahistóricas.

En la petición de estos griegos anónimos, efectivamente, podemos descubrir la sed de ver y conocer a Cristo que experimenta el corazón de todo hombre. Y la respuesta de Jesús nos orienta al misterio de la Pascua, manifestación gloriosa de su misión salvífica. «Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre» (Jn 12,23). Sí, está a punto de llegar la hora de la glorificación del Hijo del hombre, pero esto conllevará el paso doloroso por la pasión y la muerte en cruz, plan divino de la salvación para todos, judíos y paganos, pues todos están invitados a formar parte del único pueblo de la alianza nueva y definitiva.

A esta luz comprendemos también la solemne proclamación conclusiva del «Yo, cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí» (Jn 12,32). La cruz: la altura del amor es la altura de Jesús, y a esta altura nos atrae el Señor a todos. Sentimos todos así la fascinación, el embeleso, el hechizo de ser posesión de Cristo, en deliberado olvido de nosotros mismos, y en firme y laudable propósito, más que de poseer, de ser poseídos por Dios.

Con la imagen del grano de trigo el Señor explica de qué modo podemos asociarnos a su misión: «Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto» (Jn 12,24). Se compara a sí mismo con un «grano de trigo deshecho, para dar a todos mucho fruto», como dice sagazmente san Atanasio. Y sólo mediante la muerte en cruz, Cristo da mucho fruto para todos los siglos.

De hecho, no bastaba que el Hijo de Dios se hubiera encarnado. Para llevar a término el plan divino de la salvación universal era preciso morir y ser sepultado: sólo así la realidad humana toda sería aceptada y, mediante su muerte y resurrección, se haría manifiesto el triunfo de la Vida, del Amor; así quedaría demostrado que el amor es más fuerte que la muerte.

Precisamente por ser hombre-Dios, experimentaba con mayor fuerza el terror frente al abismo del pecado y a cuanto de sucio hay en la humanidad. Debía llevar él todo esto consigo, purificarlo, transformarlo en su amor. «Ahora —confiesa— mi alma está turbada. Y ¿qué voy a decir? ¿Padre, líbrame de esta hora?» (Jn 12, 27). Le asalta la tentación de pedir: «Sálvame, no permitas la cruz, dame la vida». En tan apremiante invocación se percibe un preludio de la conmovedora oración de Getsemaní, cuando, al experimentar el drama de la soledad y el miedo, lo veremos implorando al Padre que aleje de él la prueba terrible: el cáliz de la pasión.

Sin embargo, al mismo tiempo, mantiene su adhesión filial al plan divino, porque sabe que para eso justamente ha llegado a esta hora, y con confianza suplica: «Padre, glorifica tu nombre» (Jn 12,28). Quiere con esto significar: Acepto la cruz, en que se glorifica el nombre de Dios, es decir, la grandeza de su amor. También aquí Jesús anticipa las palabras del Monte de los Olivos: «No se haga mi voluntad, sino la tuya» (Lc 22,42). Transforma su voluntad humana y la identifica con la de Dios. Este es el gran acontecimiento del Monte de los Olivos, el itinerario a seguir en nuestras oraciones todas, o sea: transformar, dejar que la gracia mude nuestra voluntad egoísta y la impulse a uniformarse a la voluntad divina.

Idénticos sentimientos afloran en la carta a los Hebreos: Jesús ofrece a Dios ruegos y súplicas «con poderoso clamor y lágrimas» (Hb 5,7). Invoca ayuda de Aquel que puede liberarlo, pero abandonándose siempre en las manos del Padre. Y precisamente por esta filial confianza en Dios —nota el autor— fue escuchado, en el sentido de que recibió la vida nueva y definitiva. La carta a los Hebreos nos da a entender que estas insistentes oraciones de Jesús, con clamor y lágrimas, eran el verdadero acto del sumo sacerdote, con el que se ofrecía a sí mismo y a la humanidad al Padre.

San Agustín vino a este pensamiento predicando en Cartago por los años 413 o 415: « Diga, pues, la Iglesia de Cristo, diga la madre católica, diga el cuerpo de aquella cabeza que subió al cielo, el cuerpo santo, grande, extendido por todo el orbe de la tierra; diga aquella mies engendrada por el grano que cayó en la tierra –pues este grano, como sabéis, dice acercándose ya a la pasión: Si el grano no cae en tierra, permanecerá él sólo; pero si cayere en la tierra, producirá mucho fruto (Jn 12,24). Cayó, pues, en la tierra un grano y produjo fruto, y esta mies ocupa todo el orbe de la tierra» (Sermón 111,1-2).

La sagrada liturgia coloca, pues, su catequesis ante una de las grandes verdades a vivir en el Triduo Sacro: El carácter sacerdotal de los sufrimientos de Jesús. Y pide y grita con el salmista: Oh Dios, crea en mí un corazón puro (Salmo 50). La obra redentora de Cristo, por eso, es verdadera re-creación: Por medio de su Hijo Jesucristo, Dios hace nuevas todas las cosas.

Jeremías habla de una alianza de Dios con Israel, o sea hoy la Iglesia (Jr 31, 31-34): Meteré mi ley en su pecho, la escribiré en sus corazones; yo seré su Dios, y ellos serán mi pueblo (Pueblo de Dios, según la Lumen gentium). Todos me conocerán…, cuando perdone sus crímenes y no recuerde sus pecados: profecía, pues, de su Pasión y Muerte.

La segunda lectura abunda en la condición sufriente de Jesús (Hb 5,7-9): Se habla de lágrimas, gritos, dolor, obediencia, consumación, o sea la plenitud de tales vivencias: Jesucristo se ha convertido así, para cuantos le obedecen, en autor de salvación eterna. Con su pasión y muerte redentoras, pues, Jesucristo hace todas las cosas nuevas, es juventud de la creación y sinfonía del universo. Juan, en fin, destaca varios puntos de nota (Jn 12,20-33):

1) Si el grano de trigo no cae en tierra y muere… Todo en la gracia empieza pareciendo pequeño: san Pablo habla de la kénosis, del anonadamiento. Lo que denota que en la vida espiritual nada se hace sin sufrimiento y sin amor, esas dos hermosas palabras, acaso las más unidas entre sí.

2) El que se ama a sí mismo. Emplazados ante el egoísmo, la vanagloria, y el orgullo, podemos con tales ingredientes atisbar, comprender incluso, qué es amar y qué perder la vida.

3) Cuando yo sea elevado sobre la tierra… Jesús en la cruz, realidad de la serpiente de bronce de Moisés, enseña que la humanidad recibe del Crucificado fuerza frente a los embates, consuelo ante la desgracia y manantial de salvación. Mejor respuesta a los griegos, imposible.

Quiera Dios que la simpática imagen del pequeño Gabriel, con sus ojos llenos de vida y candor, y su contagiosa sonrisa, sirva en esta Cuaresma ya bien avanzada para mirar al que traspasaron, es decir, a Jesús en la Cruz, pero haciéndolo esta vez a base de mirar al que tanto buscaron, sobre todo gentes y gentes buenas, generosas, entregadas con la benemérita Guardia Civil a su búsqueda por trochas y veredas, pozos y embalses y cobertizos. A la vista de su ya imborrable fotografía recordarán, cómo no, al que tanto buscaron. Ojalá sirva Gabriel para recordar a Jesús en el Calvario, esto es, para curar a tantos corazones enfermos, de modo que se eviten en adelante circunstancias tan atroces como las vividas estos días por el sur de España. Ayúdenos, en fin, el niño Gabriel, desde su muerte inocente y con su inolvidable fotografía, para mirar también nosotros con profunda fe al que traspasaron.


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Comentarios
  • Comentario por AntonioBF 19.03.18 | 10:03

    3. Comulgar dignamente. Pero ello es necesario no estar en pecado mortal. Este sacramento es de gran ayuda.
    4. Llevar un escapulario bendecido de la Virgen del Carmen. Esto oficialmente no es un sacramento. Pero es de tan gran ayuda para salvarse que se le ha llamado "El Sacramente de María". A quien lo lleve puesto, la Virgen promete darle las gracias que sean necesarias para salvarse.
    Hubo un Santo que le preguntó a la Virgen: pero si yo eligiera vivir una vida de pecado y llevar el escapulario ¿qué pasaría?
    Dijo la Virgen: Entonces morirás en tu pecado. Pero no llevarás puesto el escapulario

    Como verán, todas estas ayudas no son infalibles al 100%. También los creyentes tenemos que poner algo de nuestra parte. Pero francamente: en vez de preocuparnos por el infierno, lo que tenemos que hacer es aprovechar todas las gracias que nos da Dios. Que son muchas. Y entonces, nos salvaremos.

    Fin.

  • Comentario por AntonioBF 19.03.18 | 09:58

    Los creyentes tenemos mucha suerte: Dios nos da muchas más gracias para salvarnos que los no creyentes. Estos últimos también las reciben, no cabe duda. Pero la Iglesia recomienda:
    1. Oración. Cuesta muy poco hacerla. Pero Dios ha prometido dar su Gracia a quien se la pida en Oración. ¿Qué Padre le negaría algo imprescindible a un hijo que se lo pide? Incluso hubo un Santo que fué más allá. Dijo "Quien reza, infaliblemente se salva. Quien no reza, infaliblemente se condena!
    2. La Confesión. Si le decimos nuestros pecados al sacerdote y tenemos el propósito de no volver a pecar, no es el sacerdote, sino Cristo quien nos perdona. Hubo un inglés (no recuerdo su nombre) que se convirtió al catolicismo. Cuando le preguntaron por qué lo había dicho, dijo: "Porque la Iglesia Católica es el único lugar donde me perdonan mis pecados con la autoridad de Dios"

    Sigo...

  • Comentario por Fittipaldi 19.03.18 | 09:26

    Gracias por su pésame, Antonio. Que tenga buen día.

  • Comentario por AntonioBF 19.03.18 | 07:02

    Fittipadi:
    Pues desde aquí le doy el pésame por su padre. Espero, por lo menos, que el funeral fuera digno. El sacerdote podrá pensar lo que quiera sobre el difunto. Pero :
    1. En un funeral, se habla bien, no mal del difunto. El sacerdote debe atenerse a esto.
    2. También se pide a Dios, que reciba en el cielo al difunto.

  • Comentario por Fittipaldi 18.03.18 | 21:48

    Hace poco he enterrado a mi padre. Antes de la Misa de funeral hablé en la sacristía con el sacerdote que iba a celebrar la Eucaristía. No le interesaba que mi padre era buen hombre, una buena persona. En vez de acompañarme en el dolor me hizo un curioso discurso recordándome que no era un parroquiano ejemplar (no venía a Misa, no participaba en la vida parroquial). Y yo en este momento, mientras las duras palabras del presbitero herían mi corazón, creía firmemente que mi padre estaba "en los divinos brazos de Jesús que le ofrecía al Padre celestial…" quien dijo "atraeré a todos hacía mí".

  • Comentario por Fittipaldi 18.03.18 | 21:37

    Al releer todas las apostillas, este intenso debate/diálogo, se me ocurre una reflexión más… No me parece una idea extraña a que el infierno este… vacío. Me sorprende la dureza y seguridad de los que lo niegan tan categóricamente.
    Imagino que después de cruzar el umbral de la muerte no habrá la división a los creyentes y no creyentes ya que todos conoceremos a Dios (si existe). No habrá fe sino la certeza. Ojalá esta sabiduría sea fuente de alegría, de gozo y de felicidad para TODOS. Ojalá los que dieron la espalda a Dios durante toda su vida, en el momento de presentarse ante Su rostro se arrepienten y Le respondan con el amor.

  • Comentario por AntonioBF 18.03.18 | 08:00

    Por un lado me alegra que crean y confíen tanto en la misericordia de Dios.

    Pero por otro, si vamos a coger fragmentos de la Biblia, en esta se afirma que existe el infierno. Jesucristo parecía más preocupado por advertir del infierno que del cielo.
    Es como si estuviera diciendo: Tengan cuidado: hay un sitio espantoso llamado infierno. Procuren no caer en él.

    No se trata de estar aterrorizado. Creo que si elegimos seguir a Jesús, y aceptamos su ayuda y la de aquellos que nos envíe para ayudarnos (p.ej la Virgen María) nos salvaremos. Si Jesús se dejó crucificar por nosotros, no es posible dudar de que hará lo indecible para salvarnos.

  • Comentario por Fittipaldi 18.03.18 | 01:21

    Sra. Mar, gracias por sus comentarios.
    Efectivamente, Jesús dijo "...atraeré a todos hacia mí" y no "…atraeré solo los buenos y justos hasta mí". Yo también estoy convencida que la ignorancia limita nuestra libertad y no permite que esta se realice plenamente en nuestra vida terrenal (“no saben lo que hacen…”).

    Sr. Antonio, abro el Nuevo Testamento y en la primera carta a Timoteo leo: “Dios nuestro Salvador quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1 Tm 2,4). Creo vivamente que Dios en cada ser humano pueda encontrar algo en lo que se pueda apoyar para poder salvarle.

    Felíz V Domingo de Cuaresma para el P. Langa y lectores de este blog :-)

  • Comentario por Mar 17.03.18 | 19:34

    En el momento del calvario Jesús no pidió al Padre que mande al infierno a los hombres que Le condenaron a una muerte cruel sino Le rogó “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen” (Lc 23, 34).
    Sabiendo que en el infierno “los seres humanos sufren horrores” ¿podría alguien escoger libremente estar allí para toda la eternidad? Sería absurdo. El Buen Pastor no puede condenar eternamente a los que han errado y confío que el Todopoderoso siempre y con infinita paciencia intente buscar, socorrer y salvar a un pecador (Lc 15, 4.8.24.32).

    Santa Faustina en su Diario (Capítulo V, 1588) recuerda también estas palabras del Señor „No quiero castigar a la humanidad doliente, sino que deseo sanarla, abrazarla”.

    Para concluir añadiría: La Misericordia nos alienta a pensar que todavía todo se puede salvar.

  • Comentario por Mar 17.03.18 | 19:28

    Sr. Antonio, escribe Ud - “Dios no va a violentar su naturaleza (del hombre) para que haga la obra buena”. Y yo le pregunto, ¿qué hizo Dios con Saulo? (Hechos 9, 1-19).
    ¿No nos sugiere la lectura de los Proverbios (19, 21) que la voluntad del hombre no puede ser más fuerte que la de Dios? - “El hombre proyecta muchos planes pero sólo se realiza el que quiere el Señor”.
    Sinceramente, me parece absurdo pensar que solamente por el respeto a la libertad del hombre Dios permita a que sus hijos sufran horrores eternamente en el infierno. Afirmar que por causa del libre albedrio podemos siempre escoger el mal, en realidad no es defender la libertad sino afirmar que somos esclavos del mal y del pecado. Creo que si alguien niega la existencia de Dios es porque no Le conoce, no Le entiende, Le rechaza por miedo, por ignorancia. Hay tantos motivos por los que la gente no cree en Dios…

  • Comentario por AntonioBF 17.03.18 | 10:30

    También he leído que "La Gracia supone la Naturaleza". Cuando Dios hace que una persona haga una obra buena, no destruye su naturaleza, sino que se apoya en ella para hacer la obra buena.
    El que elige el infierno, elige corromper por completo su naturaleza. No queda nada bueno en que Dios se pueda apoyar. Por eso no tiene salvación. Dios no va a violentar su naturaleza para que haga la obra buena.
    Reconozco que el infierno es algo difícil de entender. Pero creer que no existe o que está vacío puede hacer más mal que bien.

    Fin

  • Comentario por AntonioBF 17.03.18 | 10:27

    La Iglesia no se ha pronunciado acerca de si se salvan muchos o pocos. Pero sí ha dicho que por lo menos algunos no se salvan.
    Volviendo a los escritos de Santa Faustina, dice que una vez Dios la llevó al infierno para que lo viera. Y vió seres humanos sufriendo horrores. ¿Como puede ser esto? Lo que vió es lo que vió.
    También dice que se dió cuenta de que la mayoría de los que están en el infierno, es gente que no creía en él. No creer en el infierno y decir que está vacío son cosas muy parecidas.

    Dios nos ha hecho a su imagen y semejanza. Eso implica hacernos libres, como lo es él. Por otra parte, Dios nos deja que nos "hagamos" a nosotros mismos. Podemos elegir el camino de los ángeles buenos, y dejar que Dios tras la muerte nos haga incapaces de pecar, o el de los demonios, y hacernos a nosotros mismos incapaces de amar.

    Sigue...

  • Comentario por Fittipaldi 17.03.18 | 01:18

    Sra Mar, me da mucho de pensar su comentario.
    Entonces, si “A Dios no se le entiende del todo” y “vemos como por medio de un espejo, confusamente” ¿podría buen Padre condenarnos por errar, dudar, no creer en Él? Si Dios es un Dios oculto que se esconde tal vez nuestra responsabilidad por los errores que cometemos es menos grave…

    En cuanto a la redención de TODOS, según San Agustín se salvará solo pequeña parte de la humanidad. El Hiponiense creía que la humanidad esta desgarrada, dividida para siempre a un reino de amor y libertad y un reino del mal y odio. Hm, no me resulta nada fácil leer y comprender al “Doctor de la Gracia” quien escribió muchísimo… (sorprendentes barbaridades sobre las mujeres incluidas).

    Sí, son bellísimas las palabras de Jesús cuando dice que atraerá a todos hacia sí. En otra página de la Biblia afirma - “Yo soy tu sanador” (Ex 15,26).

  • Comentario por Mar 16.03.18 | 23:45

    Me resultan muy sugestivas las palabras de Jesús - “atraeré a todos hacia mí”.
    Es evidente que su fuerza de atraer a los hombres, la fuerza de su amor, de su belleza, de su bondad es más grande que la resistencia más empedernida de un pecador… (Iz 45,24) Este, y otros fragmentos del Nuevo Testamento, me dan la esperanza que finalmente nos salvaremos TODOS. En el mundo de Dios no hay prisa y su paciencia es infinita. Creo que si alguien no es capaz de creer en Él y amarle en esta vida es por falta de sabiduría, por ignorancia. Y la ignorancia limita nuestra libertad, no nos deja hacer una elección adecuada.

    Sí, es verdad Sr. Antonio que “A Dios no se le entiende del todo”. Nuestro conocimiento es fragmentario – “Ahora vemos como por medio de un espejo, confusamente…” (1 Cor 13, 9.12).

  • Comentario por AntonioBF 12.03.18 | 21:13

    Muy instructivo este artículo. A Dios no se le entiende del todo, pero tampoco nos pide eso:
    Sólo nos pide que amemos y seamos consecuentes con ese amor.

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