Entre unidad, caridad y verdad

Muchos son los llamados y pocos los escogidos

09.10.17 | 11:19. Archivado en Reflexiones dominicales

Este rumboso título de máxima responde a la parábola del banquete nupcial (Mt 22,1-14), objeto del evangelio de este domingo vigésimo octavo del tiempo ordinario Ciclo A. Parábola, por cierto, entreverada de rasgos alegóricos significando que el rey es Dios y el banquete de bodas la felicidad mesiánica, ya que el hijo del rey es el Mesías. Parábola, por otra parte, en la que, siguiendo por la senda alegórica, los enviados son los profetas y los apóstoles, en tanto que los invitados que hacen caso omiso de ellos o los ultrajan son los judíos. En cuanto a los llamados de los caminos, son los pecadores y los paganos. Y el incendio de la ciudad, la ruina de Jerusalén.

Sucede que, a partir del v.11, la escena cambia y se trata ya del Juicio final. Según ciertos exégetas y analistas, san Mateo habría combinado dos parábolas: una, análoga a la de Lucas 14,16-24 (la de los invitados que se excusan); y otra, aquélla cuya conclusión se encuentra en los vv.11s: el hombre que responde a la invitación ha de llevar vestido de bodas; las obras de justicia deben acompañar a la fe.

La sentencia muchos son los llamados, pero pocos los escogidos podría corresponder a la primera parte de la parábola más que a la segunda. No se trata de los elegidos en general, sino de los judíos, los primeros invitados. Quede claro que la parábola no dice, aunque tampoco lo excluya, que algunos «pocos» de entre ellos hayan respondido y hayan sido elegidos (cf. Mt 24,22): se trataría de los que, entre los judíos, son llamados a entrar en el Reino de Dios: o sea, el «pequeño Resto» [de Israel] (cf. Is 4,3; Rm 11,5-7).

A juicio de san Agustín de Hipona la máxima de marras «indica claramente quiénes en este banquete son tales que serán llevados al otro banquete al que no tendrá acceso ningún malo», y en cuanto al vestido nupcial, «sin duda, es aquel vestido que sólo poseen los buenos, los que han de quedar en el banquete, los que quedarán para el banquete al que ningún malo tendrá acceso, los que han de ser conducidos a él por la gracia del Señor. Esos son los que tienen el vestido nupcial. Busquemos, pues, hermanos míos –resume concluyente--, quiénes entre los fieles tienen algo que no poseen los malos; eso será el vestido nupcial» (Sermón 90, 4-5).

El banquete de bodas es una imagen bíblica. Las comidas tenían una importante función social. Por eso el estatus de una persona podía medirse muy bien por la gente que frecuentaba su mesa… Dicho banquete sirve para resaltar el carácter gratuito y misterioso del amor de Dios a su pueblo. De ahí que rechazar la invitación fuera casi un agravio a quien invitaba.

En la primera lectura de hoy, la sagrada liturgia echa mano del profeta Isaías (25, 6-10) para adentrarnos adecuadamente en el sentido de la parábola del Evangelio. Habla el profeta, nótese bien, del festín divino para describir la afluencia de los pueblos a Jerusalén como a un inmenso banquete. Y lo hace de tal suerte que, a partir de este texto, la idea de un banquete mesiánico se hace corriente en el judaísmo y vuelve a comparecer en el Nuevo Testamento, v.gr. Mt 22, 2-10 [o sea, el pasaje de hoy], y Lc 14,14,16-24. El profeta, pues, vaticina que Dios preparará un banquete mesiánico con manjares enjundiosos y vinos generosos, de solera, y enjugará las lágrimas de todos los rostros.

La sagrada liturgia da un paso adelante y trae, como lectura interleccional, el salmo 23 (22) acerca del Buen Pastor, cuya solicitud divina por los justos describe bajo la doble imagen del pastor (vv.1-4) y del huésped que ofrece el banquete mesiánico (vv.5-6). Salmo, por lo demás, aplicado tradicionalmente a la vida sacramental, especialmente al Bautismo y a la Eucaristía.

La segunda lectura se compone de un fragmento de la carta de san Pablo a los filipenses (4,12-14.19-20), por donde podemos saber que el Apóstol se abstuvo siempre de aceptar remuneraciones, por legítimas que ellas fueran, de sus comunidades. Sólo exceptuó a sus queridísimos filipenses. Hay en este fragmento, además, una frase paulina especialmente merecedora de piedra blanca: «Todo lo puedo en Aquel que me conforta» (v.13). Dicho brevemente, «en Cristo».

Confesión esta, como se ve, de dulces armonías motivadas por la fe del Apóstol y por una honda cristología rebosante de infinita providencia. A semejanza de Pablo, el creyente lo puede todo en Aquel que le habita, le transforma y le fortalece. Frente al filósofo estoico, Pablo busca y encuentra las fuerzas en Jesucristo. Es Cristo quien le sostiene, quien le proporciona la libertad interior, quien le hace fuerte a él, humanamente tan débil.

Finalmente la sagrada liturgia, vuelta al banquete mesiánico de Isaías, propone el fragmento evangélico del caso (Mt 22,1-14). El banquete está abierto a todos, se exige sólo aceptar la invitación y llevar el vestido nupcial. El mensaje de san Mateo a su comunidad sería este: Dios ha llamado a todos a participar en el banquete del reino, pero sólo serán admitidos aquellos que hayan respondido a la invitación cambiando su estilo de vida.

Escribe Benedicto XVI en la Deus caritas est (25.12.2005): «No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva» (DCE n.1). Esa Persona no es otra que el Señor, quien nos invita a la fiesta de bodas que celebramos en la fe cada domingo y que estamos llamados a celebrarla cada día en la vida.

La Eucaristía, por tanto, es la real anticipación de aquella «fiesta de bodas» o banquete escatológico y definitivo. La comunión plena con Dios, a la cual serán llamados los salvados al fin de los tiempos, está anticipada por vía neumática en el hoy de la fe: el Espíritu Santo nos permite gustar, en el banquete eucarístico, las inefables dulzuras del «banquete celestial», que tiene su razón de ser en la Cruz y Resurrección de Cristo.

Para ser admitidos a estas «fiestas de bodas», la eucarística y la escatológica, es preciso llevar el traje de fiesta: estar revestidos de Cristo. El primer modo para ser revestidos de Cristo es sacramental, por medio del Bautismo. Leemos en el Catecismo de la Iglesia Católica: «El Señor mismo afirma que el Bautismo es necesario para la salvación (cf. Jn 3,5). Por ello mandó a sus discípulos a anunciar el Evangelio y bautizar a todas las naciones (cf. Mt 28, 19-20; cf. DS 1618; LG 14; AG 5). El Bautismo es necesario para la salvación en aquellos a los que el Evangelio ha sido anunciado y han tenido la posibilidad de pedir este sacramento (cf. Mc 16,16). La Iglesia no conoce otro medio que el Bautismo para asegurar la entrada en la bienaventuranza eterna» (CEC n.1257).

Revestirse de Cristo significa, además, hacerlo de aquellas virtudes, humanas y cristianas, naturales y sobrenaturales, fruto maduro de la justa cooperación entre libertad del hombre y gracia, y que estamos llamados constantemente a cultivar, para poder ser dignamente admitidos en la «fiesta de bodas».

Escribe san Pablo del diseño de Dios a los efesios: «En él –o sea Cristo– (Dios) nos ha elegido antes de la fundación del mundo, para ser santos e inmaculados en su presencia, en el amor» (Ef 1,4). En el centro del diseño divino está Cristo. Pablo da la razón escribiendo a los colosenses: «pues Dios tuvo a bien hacer residir en él toda la Plenitud» (Col 1,19). Expresión, por cierto, difícil de interpretar: muchos ven en ella indicada la plenitud de la Divinidad como en 2,9. Aquí, sin embargo, y según otros exégetas, dado que los vv.15-18 han establecido ya la condición divina de Cristo, estaría aludiendo, más bien, a la idea muy bíblica del Universo «lleno» de la presencia creadora de Dios. Pablo entiende que la Encarnación, coronada por la Resurrección, ha puesto a la naturaleza humana de Cristo no sólo a la cabeza del género humano, sino también de todo el universo creado, asociado en la salvación, como lo había estado en el pecado. Pero no perdamos de vista el banquete.

Dios nos invita a sentarnos a su mesa, esto es indudable, pero con una exigencia: poner de nuestra parte lo que corresponda para no desentonar en la fiesta, esto es, llevar el traje de gala, el de la gracia divina. San Pablo exhortaba a los cristianos a revestirse de la misma vida de Cristo, a tener sus mismas actitudes y los mismos sentimientos. Únicamente así podremos llevar el verdadero traje de fiesta, el que llevaron, llevan y llevarán los hombres de fe. De ahí la pregunta del asombro: ¿Cómo es posible que este comensal haya aceptado la invitación del rey sin ponerse, al entrar en la sala del banquete, el vestido de bodas? Y sobre todo: ¿Qué vestido de bodas es este? Algunos Padres de la Iglesia se ocuparon pastoralmente del tema.

Dispuesta la mesa del Señor para cuantos quieran asistir de punta en blanco, habrá que examinar si llevamos atuendo de gala o no. Invitados buenos y malos se hallan presentes en esta fiesta, y quienes se eximan de ir a ella son unos desconsiderados, pero tampoco todos los que entraron son buenos (Agustín).

La generosidad de Dios con los creyentes puede compararse a un banquete de bodas. El Padre celebra una boda, uniendo a la Iglesia con su Hijo a través del misterio de su Encarnación. El banquete está dispuesto, pero algunos de los comensales no son dignos. Esto representa a la Iglesia de este tiempo, en la que se halla presente el mal junto con el bien, para ser únicamente separados en el juicio final (Gregorio Magno).

El apropiado traje de bodas es la caridad, que procede del corazón puro. No es el bautismo como tal, sino el amor que procede de un corazón limpio, una conciencia sana y una fe sincera (Agustín). Es lo que nuestro Creador poseía cuando acudió a la boda para unir a la Iglesia consigo mismo. Entretanto, antes del juicio final, buenos y malos coexisten en la Iglesia (Gregorio Magno). Todos somos invitados a ser comensales del Señor, a entrar con la fe en su banquete, pero debemos llevar y custodiar el vestido de bodas, la caridad, vivir un profundo amor a Dios y al prójimo.


Opine sobre la noticia con Facebook
Opine sobre la noticia
Normas de etiqueta en los comentarios
Desde PERIODISTA DIGITAL les animamos a cumplir las siguientes normas de comportamiento en sus comentarios:
  • Evite los insultos, palabras soeces, alusiones sexuales, vulgaridades o groseras simplificaciones
  • No sea gratuitamente ofensivo y menos aún injurioso.
  • Los comentarios deben ser pertinentes. Respete el tema planteado en el artículo o aquellos otros que surjan de forma natural en el curso del debate.
  • En Internet es habitual utilizar apodos o 'nicks' en lugar del propio nombre, pero usurpar el de otro lector es una práctica inaceptable.
  • No escriba en MAYÚSCULAS. En el lenguaje de Internet se interpretan como gritos y dificultan la lectura.
Cualquier comentario que no se atenga a estas normas podrá ser borrado y cualquier comentarista que las rompa habitualmente podrá ver cortado su acceso a los comentarios de PERIODISTA DIGITAL.

caracteres
Comentarios
  • Comentario por Fittipaldi 14.10.17 | 10:43

    Y volviendo, otra vez, a la parábola:
    Creo que la postura de los invitados nos podría sugerir que a Dios se le puede menospreciar también eligiendo (en vez de Él) ocupaciones buenas… No hay nada malo en trabajar y ocuparse de sus negocios y sus tierras. Pero cuando nos invitan, a veces conviene dejar todo lo demás. ¿Porque a un grupo de convidados el trabajo les pareció más importante que el banquete?

  • Comentario por Fittipaldi 12.10.17 | 02:07

    Sí, hay en el mundo mucha tibieza, maldad, falta de valor, cobardía... Usted recuerda millones de niños abortados... Pero hay también millones de niños que nacieron y viven en unas condiciones tremendas: son explotados en las minas, mueren de hambre y de enfermedades. De ellos tampoco se habla mucho. Y como explicar el Holocausto que ocurrió en el corazón de la Europa Cristiana (!). Bueno... Voy a visitar el blog musical Aeterna Christi Munera (está al principio de la sección Otros blogs) para, una vez más, orar con el Padrenuestro de John Sheppart, del día 10.X.

  • Comentario por AntonioBF 11.10.17 | 22:23

    1. Estoy de acuerdo con su actitud. Nuestro Papa no se cansa de hablar de la Misericordia.

    2. También estoy de acuerdo en que el caso que me comenta es de tibieza. Pero no creo demostrado que se tratara de otra cosa. Si estás en una dictadura comunista, y esta empieza a atacar a algún grupo étnico, en este caso a los judíos, hace falta valor para denunciarlo. Si lo haces, tu puedes ser el siguiente en ser atacado.
    La falta de valor también es tibieza.

    En fin: también se podría hablar mucho de la tibieza en otros temas. Millones de niños abortados todos los años. ¿Ud oye denuncias todos los días? Y no se puede decir que si lo haces, te arriesgas a que te metan en la cárcel.
    De lo que se oye hablar todos los días es del cambio climático.
    Que yo no digo que no sea algo muy importante. Pero da la sensación que nos importa más la ecología que las vidas humanas.

  • Comentario por Fittipaldi 11.10.17 | 21:15

    PD. Las prisas no son buenas consejeras... Por supuesto pensaba en "franqueza".

  • Comentario por Fittipaldi 11.10.17 | 20:57

    (*) “Nostra aetate” es un documento fundamental. Sin embargo me sorprende que la Iglesia tardó tantos años y solo en el siglo XX descubrió que no se puede perseguir a nadie por sus convicciones religiosas. Por lo que tengo entendido, esta declaración no ha sido el fruto de un consciente y amplio debate sino fue el resultado (feliz) del duro trabajo, agitación y campaña del cardenal Agostino Bea quien hizo mucho esfuerzo para convencer a los Padres del Concillo de la importancia de este documento.

    Pido disculpas por desviarme tanto del tema de la reflexión de P. Langa. Por mi franceza y tal vez osadía. Atentamente.

  • Comentario por Fittipaldi 11.10.17 | 20:54

    Sr Antonio, le respondo brevemente:

    1. Jesús predicaba el Reino, la salvación y no la condena. Es que yo no consiento a que la gente se le asuste con el castigo eterno. La religión de miedo no puede ser verdadera.

    2. Por supuesto que mencionando el fanatismo no pensaba en alguien que “va todos los días a misa y reza el Rosario 3 veces al día y no se mete con nadie”. Me refería a las cruzadas, a la inquisición…

    Le comentaré un hecho histórico reciente. “Nostra aetate” (*) ha sido declarada en el 1965. Tres años después, en 1968 en Polonia comunista tiene lugar un violento ataque a los Judios que vivían allí. Tras un acosamiento o más bien persecución se van, o están expulsados de su patria, miles de Judíos polacos. Todo esto ocurrió desgraciadamente con un silencio total de la Iglesia Católica polaca - ejemplo de tibieza o más bien de otra cosa…

  • Comentario por AntonioBF 11.10.17 | 15:33

    1. Yo entiendo la desmesurada cólera del Rey, como una advertencia del infierno. En otras parábolas de Jesús, también se habla del infierno bajo el disfraz de grandísimos castigos. Como en la parábola del siervo cruel que lleva a su hermano a la cárcel por no pagar lo que le debe. Se dice que el Rey, indignado, le condenó no sólo a la cárcel. Creo que también le condenó a los verdugos.
    No se trata de que Dios nos vaya a castigar al infierno por un pecado de tibieza. Dios siempre perdona al que se arrepiente. Pero si nos empeñamos toda la vida en ser tibios, Jesús nos advierte del peligro del infierno.

    2. Yo he leído que un fanático es una persona que hace daño. Si una persona va todos los días a misa y reza el Rosario 3 veces al día, pero no se mete con nadie, será muy fervoroso, pero no se le puede llamar fanático ni intolerante.
    Un ateo anticlerical que mata sacerdotes, sí es un fanático.

  • Comentario por Fittipaldi 11.10.17 | 10:21

    Y maltratar a los mensajeros que traen buena noticia es vileza y maldad.

    Sigo sin entender la desmesurada cólera del Rey quien envió su tropa para quemar la ciudad. Sería preocupante si Dios nos castigase por cada acto de tibieza...

    Y una cosa más, no sé si no prefiero un cristiano tibio (ni frío, ni caliente)… El fervor religioso puede a veces transformarse en intolerancia y fanatismo. ¿No es así?

  • Comentario por Fittipaldi 11.10.17 | 10:15

    La postura de los convidados y la violenta reacción del Rey siguen intrigándome.

    Sr Antonio, yo entiendo por tibio: templado, indiferente, poco afectuoso, frio, distanciado, poco fervoroso (de hecho con estos adjetivos lo define el Diccionario de la Lengua Española RAE y el de María Moliner).

    No hacer ningún caso a la invitación ni siquiera con un simple “gracias” no es tibieza, es falta de respeto o incluso desprecio. Y lo es más, si lo practicamos con alguien quien desea nuestro bien, nos quiere. ¿No sé si el refrán “No hay mayor desprecio que no hacer aprecio” se puede aplicar a los invitados de la parábola?

  • Comentario por AntonioBF 11.10.17 | 04:53

    Es que ese es el meollo de la cuestión, bajo mi punto de vista. Queremos ser cristianos, pero sin complicarnos la vida.

    Sí Señor, yo te sigo, pero no quiero ser justo con mis trabajadores, o no quiero ayudar a los pobres, etc, etc. Esa es la actitud de los invitados, como Ud dice. Y cuando el Señor les insiste, entonces se enfadan con los criados - profetas - personas que les predican el evangelio.
    Y los maltratan.
    A este tipo de actitudes, son a las que yo llamo ser tibio.

  • Comentario por Fittipaldi 10.10.17 | 12:19

    PS. Se me ocurre una breve reflexión más intentando justificar, explicar, defender la postura de los invitados: ¿tal vez ningunearon la invitación porque tenían otras cosas más importantes que hacer? Una fiesta bulliciosa (y un banquete nupcial lo es) un encuentro con mucha gente (y con el vino) para algunos es una pérdida de tiempo que podrían aprovechar de otra manera provechosa y útil… Y tampoco se dieron cuenta que se trataba de una fiesta importante y especial (por eso el Rey insistía a que viniesen). Una de las escusas más frecuentes que ahora muchas personas suelen dar no es “no me apetece venir” o “no me interesa participar” sino “estoy muy ocupado. No tengo tiempo para eso…”.

  • Comentario por Fittipaldi 10.10.17 | 11:15

    En mi opinión mucho peor es la indiferencia, desprecio, egoísmo… Los invitados se quedaron en sus “tierras” (casas, palacios, castillos, monasterios…) y con sus “negocios” (sus asuntos, sus tareas, sus trabajos, sus obligaciones…) sin ni siquiera interesarse de que iba la invitación.

    En las “Cartas sobre la formación de sí mismo” de Romano Guardini leo: “Dios llevará a ti la persona que te necesita”. Yo añadiría que unas personas se acercan a otras no siempre y solamente por necesitar algo sino muchas veces por querer ofrecer su amistad, su aprecio, su amor… Que sepamos tratarlas bien y si no queremos acudir, cuando con mucha ilusión nos invitan al “banquete”, que el nuestro “no” sea urbano y amable.

    Deseos de feliz día para el autor y los lectores de este interesante blog.

  • Comentario por Fittipaldi 10.10.17 | 11:15

    En mi opinión mucho peor es la indiferencia, desprecio, egoísmo… Los invitados se quedaron en sus “tierras” (casas, palacios, castillos, monasterios…) y con sus “negocios” (sus asuntos, sus tareas, sus trabajos, sus obligaciones…) sin ni siquiera interesarse de que iba la invitación.

    En las “Cartas sobre la formación de sí mismo” de Romano Guardini leo: “Dios llevará a ti la persona que te necesita”. Yo añadiría que unas personas se acercan a otras no siempre y solamente por necesitar algo sino muchas veces por querer ofrecer su amistad, su aprecio, su amor… Que sepamos tratarlas bien y si no queremos acudir, cuando con mucha ilusión nos invitan al “banquete”, que el nuestro “no” sea urbano y amable.

    Deseos de feliz día para el autor y los lectores de este interesante blog.

  • Comentario por Fittipaldi 10.10.17 | 11:12

    Acabo de leer la parábola del banquete nupcial (Mt 22,1-14), el comentario de P. Langa, la apostilla de Sr Antonio y tengo que decir que lo que llama poderosamente mi atención es la postura de los invitados que maltratan y hasta matan a los que llevan la invitación (sic).

    Me sorprende también la insistencia del Rey quien repite la invitación y finalmente hasta se encoleriza y les mata en el acto de venganza. Todos sabemos que aunque insistamos amablemente, amistosamente y con mejores intenciones es imposible forzar a alguien que responda o actue tal como nosotros lo esperamos o pretendemos.

    En cuanto a la tibieza, hm… no creo que es precisamente ésta “la actitud abominable en los ojos de Dios”. Fe tibia no deja de ser una fe, un corazón tibio también late y puede amar y ser fiel toda la vida.

  • Comentario por AntonioBF 10.10.17 | 05:32

    Pero esa actitud es abominable a los ojos de Dios. Si actuamos así, Dios nos sustituirá por los que tienen menos derecho: por pecadores. Algunos pecadores, que no tienen ningún derecho a la Gracia, la recibirán a pesar de todo.
    Dios les salvará "a la fuerza". Se pueden leer muchas historias de pecadores, que por un "golpe de Gracia" se convirtieron en grandes Santos.
    San Pablo por ejemplo.

    Quiera Dios que nuestra tibieza no lleve a Dios por excluirnos del banquete de su Reino.

    Fin

  • Comentario por AntonioBF 10.10.17 | 05:29

    Quisiera hacer énfasis en una parte de la parábola: cuando los criados del Señor fueron a buscar a los caminos a los nuevos invitados al banquete, se afirma que a algunos los llevaron a la fuerza.
    Curiosa paradoja: a los invitados primeros no se les lleva a la fuerza, pero a los que primero eran excluídos, en algunos casos sí.
    Yo creo que no se debe entender esta parábola sólo como un alegato a la infidelidad de los judíos, y la elección de la Iglesia Católica como continuadora del proyecto de salvación de Dios.
    Los primeros en ser llamados por Dios, podemos ser los que , en principio, parece que tenemos más derecho: gente cumplidora de sus obligaciones religiosa, creyente...pero tibia. Queremos ser cristianos, pero no demasiado, no vaya a ser que eso nos cause problemas.

Lunes, 23 de octubre

BUSCAR

Editado por

Síguenos

Hemeroteca

Octubre 2017
LMXJVSD
<<  <   >  >>
      1
2345678
9101112131415
16171819202122
23242526272829
3031