Desde un punto de vista conceptual resultan sorprendentes las mil y una interpretaciones, acerca de la crisis mundial que se ha instalado en nuestro sistema, son tantas y tan diversas que aún no sabemos ni cómo ni quiénes la crearon, excepto para bastantes reduccionistas que consideran que la culpa fue de menganito, que es algo así como coger el rábano por las hojas, y, que ya puestos, por la misma deducción: hasta podrían achacarle la culpona al cha-cha-cha.
Si no fuera porque esta crisis estructural, que no cesa, se está llevando por delante los pequeños ahorros de muchas familias y resulta dramática para los antiguos parados de larga duración y los de nuevo cuño, se podría hasta ironizar y decir: ¿Crisis? ¿Qué Crisis? Y sin embargo, ahí siguen los paraísos fiscales y un libertino y liberal mercado financiero sin regular, con sus productos tóxicos y especulativos.
Desde hace un tiempo he estado con la mosca detrás de la oreja, esperando a que en cualquier momento el motorista municipal tocara el timbre de mi puerta y me entregara la citación para ser presidente de mesa electoral; en las últimas ya lo fui. Creo que definitivamente no llegará.
En las primeras elecciones democráticas me tocó repetitivamente ser presidente de mesa una y otra vez; aquellas elecciones sí que eran una auténtica fiesta de la democracia. Y una y otra vez, repetíamos en las mesas electorales, el cura Antón, que era cura obrero, y un servidor que por entonces se sentía como el bachiller Sansón Carrasco, del Quijote. Afortunadamente en mi barrio ya hay más bachilleres, título requerido por lo visto para ser presidente de la cosa.
Ni el más optimista de los soñadores podía pensar, hace unos lustros, que la globalización de la información llegaría a cotas tan altas. Empezamos este vertiginoso siglo XXI presenciando, a tiempo real, la caída de las Torres Gemelas de Nueva York, sin poder discernir sí lo que estábamos contemplando en la pantalla del televisor, sucedía en la realidad o era unos hechos de ficción.
Ahora, hace unos días, hemos asistido con la globalización de la información a la venganza contra Bin Laden, viendo la captura del autor intelectual de aquel episodio que conmovió al mundo; otra noticia más que ha vuelto a dar la vuelta al mundo en 80 segundos. Si ya hace un tiempo nos decía MacLuhan que: “una imagen vale más que mil palabras”, nunca este dicho sería más acertado si nos mostraran la foto de Bin Landen, muerto.
En este mundo globalizado hay noticias de las que uno, no se libra de ver o escuchar ni escondiéndose en el lugar más recóndito, pues de pronto, recibimos el impacto del bombardeo informativo por tierra, mar y aire, es decir: por prensa, radio y televisión. Una de esas noticias globalizadas, concretamente, a la que me quiero referir: ha sido el enlace de Guillermo y de Kate : la llamada boda del siglo. Al parecer la Monarquía británica ha salido fortalecida, después del gran éxito mediático del evento preparado minuciosamente, y los ahora duques de Cambridge han superado la revalida ofreciendo una imagen moderna. Sobre el mismo escenario, sobrevolaba el recuerdo de aquella boda de cuento de hadas, entre el príncipe Carlos y la princesa Diana. Esta noticia que en un principio no me decía ni fu ni fa, me la he tenido que tragar y sí no quería caldo, pues dos tazas. Oiga, que no quería, y al final hasta tenía más gula de ver más modelitos, más zapatos de damas y ya es que me pirrado con el desfile de pamelas y tocados. Ah, los tocados, dios santo: ¡Qué glamour!, ¡qué exuberancia!
¡Qué exuberancia! En mitad de la globalizada crisis económica. Entre cuentos de hadas, princesas y caperucitas rojas, desde luego que parecen éstos otros tiempos a aquéllos en los que Joaquín Sabina, cantaba: “Las niñas ya no quieren ser princesas, / y a los niños les da por perseguir/ el mar dentro de un vaso de ginebra/pongamos que hablo de Madrid”. Claro que tampoco la movida y la marcha del Madrid de entonces es la del Madrid de ahora. Quien lo probó lo sabe.
Ahora las niñas parecen que quieren volver a ser princesas, y mucho ha contribuido nuestra princesa Leticia, y las otras damas de las modernas monarquías escandinavas. Esa savia que está llegando a las monarquías, esa sangre plebeya que se mezcla con la regia azul y hereditaria, parece una nueva limpieza de sangre de las casas reales del siglo XXI. En mitad de esta galopante crisis que se ceba con los más pobres, curiosamente, a la princesa que le cantaba Serrat, tiene ahora más actualidad, de manera especial en esas casas en la que ninguno de sus miembros recibe un jornal; musitaba Serrat: Tú no, princesa, tú no. / Por Dios te lo juro: / tú no andarás de rodillas/ fregando pisos, / no acabarás hecha un zarrio/ como tu madre, / cansada de quitar mierda/ y de parir hijos.”
Curiosamente, desde hace varios meses, esperaba en mi estantería, la película de The Queen que dirige magistralmente Stephen Frears, y al azar, le llegó su momento. Frears cuenta la noticia de la muerte de la princesa Diana y la retirada de la reina Isabel II al palacio de Balmoral. El recién elegido primer ministro Tony Brair, ante las muestras de cariño de los ciudadanos, tiene que convencer a la reina para que regrese a Londres. El director retrata a una familia real en crisis, con el característico humor inglés, y nos muestra el cariño que los ingleses tenían por Diana. “la princesa del pueblo”, y hasta insinúa que pudo ser un accidente programado. Visto lo visto, se puede entender porque los laboristas Tony Brair o Gordon Brown no fueron invitados a la boda y sin embargo, sí, los conservadores Margaret Thacher y John Major.
Volviendo a la boda, ya me imagino, a las cientos de chicas, después de ver ese desfile de personajes, con su glamour, con sus pamelas y sus tocados. ¡Ah, los tocados!, ya me las imaginó con los sueños de ser princesa por un día. Precisamente Kate Middleton se prepara, a partir de ahora para volver a ser la princesa del pueblo, en un futuro inmediato. Mientras tanto, ni podrá comer marisco ni jugar al monopoly. En fin cosas raras de la realeza británica.
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Ni el más optimista de los soñadores podía pensar, hace unos lustros, que la globalización de la información llegaría a cotas tan altas. Empezamos este vertiginoso siglo XXI presenciando, a tiempo real, la caída de las Torres Gemelas de Nueva York, sin poder discernir sí lo que estábamos contemplando en la pantalla del televisor, sucedía en la realidad o era unos hechos de ficción.
Ahora, hace unos días, hemos asistido con la globalización de la información a la venganza contra Bin Laden, viendo la captura del autor intelectual de aquel episodio que conmovió al mundo; otra noticia más que ha vuelto a dar la vuelta al mundo en 80 segundos. Si ya hace un tiempo nos decía MacLuhan que: “una imagen vale más que mil palabras”, nunca este dicho sería más acertado si nos mostraran la foto de Bin Landen, muerto.
En este mundo globalizado hay noticias de las que uno, no se libra de ver o escuchar ni escondiéndose en el lugar más recóndito, pues de pronto, recibimos el impacto del bombardeo informativo por tierra, mar y aire, es decir: por prensa, radio y televisión. Una de esas noticias globalizadas, concretamente, a la que me quiero referir: ha sido el enlace de Guillermo y de Kate : la llamada boda del siglo. Al parecer la Monarquía británica ha salido fortalecida, después del gran éxito mediático del evento preparado minuciosamente, y los ahora duques de Cambridge han superado la revalida ofreciendo una imagen moderna. Sobre el mismo escenario, sobrevolaba el recuerdo de aquella boda de cuento de hadas, entre el príncipe Carlos y la princesa Diana. Esta noticia que en un principio no me decía ni fu ni fa, me la he tenido que tragar y sí no quería caldo, pues dos tazas. Oiga, que no quería, y al final hasta tenía más gula de ver más modelitos, más zapatos de damas y ya es que me pirrado con el desfile de pamelas y tocados. Ah, los tocados, dios santo: ¡Qué glamour!, ¡qué exuberancia!
¡Qué exuberancia! En mitad de la globalizada crisis económica. Entre cuentos de hadas, princesas y caperucitas rojas, desde luego que parecen éstos otros tiempos a aquéllos en los que Joaquín Sabina, cantaba: “Las niñas ya no quieren ser princesas, / y a los niños les da por perseguir/ el mar dentro de un vaso de ginebra/pongamos que hablo de Madrid”. Claro que tampoco la movida y la marcha del Madrid de entonces es la del Madrid de ahora. Quien lo probó lo sabe.
Ahora las niñas parecen que quieren volver a ser princesas, y mucho ha contribuido nuestra princesa Leticia, y las otras damas de las modernas monarquías escandinavas. Esa savia que está llegando a las monarquías, esa sangre plebeya que se mezcla con la regia azul y hereditaria, parece una nueva limpieza de sangre de las casas reales del siglo XXI. En mitad de esta galopante crisis que se ceba con los más pobres, curiosamente, a la princesa que le cantaba Serrat, tiene ahora más actualidad, de manera especial en esas casas en la que ninguno de sus miembros recibe un jornal; musitaba Serrat: Tú no, princesa, tú no. / Por Dios te lo juro: / tú no andarás de rodillas/ fregando pisos, / no acabarás hecha un zarrio/ como tu madre, / cansada de quitar mierda/ y de parir hijos.”
Curiosamente, desde hace varios meses, esperaba en mi estantería, la película de The Queen que dirige magistralmente Stephen Frears, y al azar, le llegó su momento. Frears cuenta la noticia de la muerte de la princesa Diana y la retirada de la reina Isabel II al palacio de Balmoral. El recién elegido primer ministro Tony Brair, ante las muestras de cariño de los ciudadanos, tiene que convencer a la reina para que regrese a Londres. El director retrata a una familia real en crisis, con el característico humor inglés, y nos muestra el cariño que los ingleses tenían por Diana. “la princesa del pueblo”, y hasta insinúa que pudo ser un accidente programado. Visto lo visto, se puede entender porque los laboristas Tony Brair o Gordon Brown no fueron invitados a la boda y sin embargo, sí, los conservadores Margaret Thacher y John Major.
Volviendo a la boda, ya me imagino, a las cientos de chicas, después de ver ese desfile de personajes, con su glamour, con sus pamelas y sus tocados. ¡Ah, los tocados!, ya me las imaginó con los sueños de ser princesa por un día. Precisamente Kate Middleton se prepara, a partir de ahora para volver a ser la princesa del pueblo, en un futuro inmediato. Mientras tanto, ni podrá comer marisco ni jugar al monopoly. En fin cosas raras de la realeza británica.
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Ni el más optimista de los soñadores podía pensar, hace unos lustros, que la globalización de la información llegaría a cotas tan altas. Empezamos este vertiginoso siglo XXI presenciando, a tiempo real, la caída de las Torres Gemelas de Nueva York, sin poder discernir sí lo que estábamos contemplando en la pantalla del televisor, sucedía en la realidad o era unos hechos de ficción.
Ahora, hace unos días, hemos asistido con la globalización de la información a la venganza contra Bin Laden, viendo la captura del autor intelectual de aquel episodio que conmovió al mundo; otra noticia más que ha vuelto a dar la vuelta al mundo en 80 segundos. Si ya hace un tiempo nos decía MacLuhan que: “una imagen vale más que mil palabras”, nunca este dicho sería más acertado si nos mostraran la foto de Bin Landen, muerto.
En este mundo globalizado hay noticias de las que uno, no se libra de ver o escuchar ni escondiéndose en el lugar más recóndito, pues de pronto, recibimos el impacto del bombardeo informativo por tierra, mar y aire, es decir: por prensa, radio y televisión. Una de esas noticias globalizadas, concretamente, a la que me quiero referir: ha sido el enlace de Guillermo y de Kate : la llamada boda del siglo. Al parecer la Monarquía británica ha salido fortalecida, después del gran éxito mediático del evento preparado minuciosamente, y los ahora duques de Cambridge han superado la revalida ofreciendo una imagen moderna. Sobre el mismo escenario, sobrevolaba el recuerdo de aquella boda de cuento de hadas, entre el príncipe Carlos y la princesa Diana. Esta noticia que en un principio no me decía ni fu ni fa, me la he tenido que tragar y sí no quería caldo, pues dos tazas. Oiga, que no quería, y al final hasta tenía más gula de ver más modelitos, más zapatos de damas y ya es que me pirrado con el desfile de pamelas y tocados. Ah, los tocados, dios santo: ¡Qué glamour!, ¡qué exuberancia!
¡Qué exuberancia! En mitad de la globalizada crisis económica. Entre cuentos de hadas, princesas y caperucitas rojas, desde luego que parecen éstos otros tiempos a aquéllos en los que Joaquín Sabina, cantaba: “Las niñas ya no quieren ser princesas, / y a los niños les da por perseguir/ el mar dentro de un vaso de ginebra/pongamos que hablo de Madrid”. Claro que tampoco la movida y la marcha del Madrid de entonces es la del Madrid de ahora. Quien lo probó lo sabe.
Ahora las niñas parecen que quieren volver a ser princesas, y mucho ha contribuido nuestra princesa Leticia, y las otras damas de las modernas monarquías escandinavas. Esa savia que está llegando a las monarquías, esa sangre plebeya que se mezcla con la regia azul y hereditaria, parece una nueva limpieza de sangre de las casas reales del siglo XXI. En mitad de esta galopante crisis que se ceba con los más pobres, curiosamente, a la princesa que le cantaba Serrat, tiene ahora más actualidad, de manera especial en esas casas en la que ninguno de sus miembros recibe un jornal; musitaba Serrat: Tú no, princesa, tú no. / Por Dios te lo juro: / tú no andarás de rodillas/ fregando pisos, / no acabarás hecha un zarrio/ como tu madre, / cansada de quitar mierda/ y de parir hijos.”
Curiosamente, desde hace varios meses, esperaba en mi estantería, la película de The Queen que dirige magistralmente Stephen Frears, y al azar, le llegó su momento. Frears cuenta la noticia de la muerte de la princesa Diana y la retirada de la reina Isabel II al palacio de Balmoral. El recién elegido primer ministro Tony Brair, ante las muestras de cariño de los ciudadanos, tiene que convencer a la reina para que regrese a Londres. El director retrata a una familia real en crisis, con el característico humor inglés, y nos muestra el cariño que los ingleses tenían por Diana. “la princesa del pueblo”, y hasta insinúa que pudo ser un accidente programado. Visto lo visto, se puede entender porque los laboristas Tony Brair o Gordon Brown no fueron invitados a la boda y sin embargo, sí, los conservadores Margaret Thacher y John Major.
Volviendo a la boda, ya me imagino, a las cientos de chicas, después de ver ese desfile de personajes, con su glamour, con sus pamelas y sus tocados. ¡Ah, los tocados!, ya me las imaginó con los sueños de ser princesa por un día. Precisamente Kate Middleton se prepara, a partir de ahora para volver a ser la princesa del pueblo, en un futuro inmediato. Mientras tanto, ni podrá comer marisco ni jugar al monopoly. En fin cosas raras de la realeza británica.
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Después de esta luenga cuesta de fin enero recién finiquitada, con la crisis de la crisis que se resiste al ser coronada; en un día de nubes grises y plúmbeas, me acabó de comprar un libro que me ha dejado frito y gélido el bolsillo, y, que sin embargo me ha contentado y calentado el alma. Una pura contradicción, puede que en ocasiones, como la vida misma. Como mismamente, puede que esta nota escrita en día grisáceo, usted la lea en una luminosa y azulada mañana. Así es la vida.
Me acabo de comprar el libro titulado: “Antonio López. Dibujos”, que pesa varios kilos y que vale 50 euros y qué como dice por megafonía el gitano que vende tres toallas a un euro: ¡Merece la pena! Es un hermoso libro.
En el estéril debate de sí el libro analógico sustituirá al de papel, el libro que ahora tengo entre mis manos, no tiene debate. Este libro, de gran formato, sobre el proceso creativo del artista es un libro para observar y leer y hasta para oler y oír el susurro de las páginas al pasar, en el cual, el tacto, el oído y la vista, se recrea. En la elaboración de este libro tan cuidadosamente editado, en la que ha participado el pintor, como complemento a la gran parte gráfica, nos encontramos con un sucinto y apasionado texto del artista y con un brillantísimo y sutil escrito de Francisco Calvo Serraller, a modo de ensayo, que nos da todas las claves para entender las pautas creativas de Antonio López.
Viernes, 1 de junio
Juan Luis Recio
Ángel Sáez García
Mª Rosario Aldaz Donamaría
Antonio García Fuentes
Julián Moreno Mestre
Chris Gonzalez -Mora
José Pómez
Manuel María Ventura
Juan Granados
Patricio Peñalver
Julio César Izquierdo
Carlos Juan Gómez Martín