Como berlanganiano que soy os debo una explicación y os la voy a dar: hace unos meses en una tertulia ocasional platicábamos de cine y de pronto la conversación se encasquilló al preguntarnos los concurrentes si García Berlanga vivía o estaba muerto. Ninguno tuvo la certeza de afirmar una cosa u otra, a vuelapluma poco importó, y seguimos hablando de la extensa filmografía de don Luís y de su personalidad y su carisma; uno glosó sobre el carácter erotómano y fetichista y la colección “La Sonrisa Vertical” que dirigió; otro eligió el tema de cómo podía sortear Berlanga a la censura de entonces con películas tan sutiles como “El Verdugo”, en la que se resaltaba el trabajo de Rafael Azcona como guionista, o de ¡Bienvenido Mister Marshall”, en la que participaron Juan Antonio Bardem y Miguel Mihura, que aunque la versión original había recibido algunos cortes, era toda un critico canto de epifanía al llamado Plan Marshall: “Americanos os recibimos con alegría..Viva tu madre, Viva tu Tía. Y por último el menor hablador de los tres participantes de esa improvisada tertulia se destapó parlando sin parar, y ya no dejando hablar a nadie, se disparó contando las estructuras corales de los filmes “Patrimonio Nacional”, de “La Vaquilla” y de “Todos a la Cárcel”; hasta que se disolvió la tertulia con la llegada de un cuarto personaje al que todos después de saludar, esquivaron. Ahí, quedo el asunto.
Sin embargo, el asunto y el dilema de sí Berlanga vivía o no; desafortunadamente volvió a surgir, al tiempo, de manera imprevista y ya sin vuelta de hojas ni recovecos. La noticia estaba en todos los medios de comunicación: “Berlanga, había muerto”. Curiosamente unos días antes yo había vuelto a ver dos extraordinarias películas, que con mucha intensidad me habían despertado la memoria llevándome en volandas a los territorios sentimentales de mi adolescencia, a la España en blanco y negro. La primera película era “Calabuch” y trataba del profesor Halmiton, un sabio un pelín chiflado que pensaba que las bombas atómicas de hidrógeno, de cobalto, eran buenas para la humanidad y que huyó al descubrir que se había equivocado y se llevó la fórmula de su inventó a un pequeño y apacible pueblo mediterráneo en el que podía vivir y morir en paz, esta película me llevaba al cine neorrealista italiano y por asociación de ideas al mejor Cesare Pavese e Italo Calvino. La otra era “Plácido”, esta película sí que había dejado marcas en mi memoria en aquella fase en la que uno tomaba conciencia de lo que era la justicia social y lo que era la caridad. Les recuerdo la sipnosis: “En una pequeña ciudad de provincia, unas señoras aficionadas a hacer la caridad inventan una campaña navideña bajo el lema “Cene con un pobre”, piensan que es bueno invitar a cada menesteroso a las mesas de las familias pudientes y darle el afecto de una familia para su ánimo. Se contrata a Plácido, que viene con su motocarro para participar en la cabalgata organizada dentro del programa de la fiesta. Acepta, pero se da cuenta de que le vence aquel día una de las letras a través de las cuales está pagando su motocarro”. Y “Placido”, ese gran peliculón me llevó sin querer a Vittorio De Sica y al gran Federico Fellini. Ese “Plácido que como todo gran clásico se torna moderno y contemporáneo. ¿Se imaginan, en estos tiempos de crisis de la crisis, si a alguna organización o entidades en fomentar obras pías, se le ocurre montar una nueva campaña navideña de “Cene con un pobre”? Que cada uno y cada una y cada cual saque sus propias conclusiones. Ahora que todas las noches se encienden las luces esplendentes, esta película me lleva a la otra: “Qué bello es vivir” de Frank Capra, mi preferida por Navidad, y me enternece ver al abrumado y pequeño banquero que de después de la desaparición repentina de un gran cantidad de dinero se intenta suicidar, acosado por la codicia del gran banquero que lo quiere llevar a la ruina; que gran papel el de de James Stewart y que gran lección para ese capitalismo sin alma que ha perdido el humanismo, para ese capitalismo salvaje y para esas teorías de los nuevos conservadores que nos llevan a la ruina, a algunos de éstos si toman la fatal decisión no lo salva ni el más viejo ángel, por no decir ni Dios, que ansíe tener sus alas. Supongo; al menos en la película.
Mister Berlanga era todo un getleman, con una socarronería y un lucido sentido de la ironía y un humor mediterráneo inigualable; lo pude comprobar en una de aquellas Semanas de Cine Español, que cada año se celebraban en Murcia por los ochenta, en las que yo colaboré. Por cierto aquellas semanas de cine sí que eran lo mejor de lo “No Typycal” que por estos pagos hemos tenido y gozado. En una de esas semanas, creo que se le hizo un homenaje y por aquí estuvo Berlanga unas jornadas. En uno de esos días no habíamos vistos varias veces y al anochecer me lo encontré de nuevo y traté de hacerme el disimulaó. Iba yo por una acera, calle de Correos abajo y él venía por la otra acera, calle arriba. De pronto se quitó el sombrero y me llamó a voz en grito y me dijo: ¡Eh, eh, buenas noches!, ¿Es qué no me conoces? Así era el maestro Berlanga. Y ahora, después de un tiempo lo hecho de menos, de manera que como alcalde que no soy, ni siquiera pedáneo, os debía una explicación, y os la acabo de dar.
La noticia de la muerte de Enrique Morente que nunca debió de ser noticia la recibí como un golpe helado como un hachazo invisible al más puro estilo hernandiano, de pronto sentí que se me había muerto un amigo a quien tanto quería. Enrique y Miguel, Morente y Hernández forman un binomio sentimental de una parte muy importante de mi vida, desde que la voz y la poesía se fundieron en el homenaje discográfico que el maestro Morente le hizo al poeta de Orihuela en 1971.
Morente ha sido uno de los grandes del flamenco de los últimos tiempos, para mí el más grande, el gran revolucionario de los cantes desde el más puro conocimiento de la historia de la flamencología, bajando al pozo del clasicismo y empapándose sin prisas, bebiendo sorbo a sorbo la esencia, para después darse por entero hasta entregarse, ha recorrido un intrincado camino, a veces con muchas bifurcaciones, hasta que encontró el estilo y el espíritu de su voz.
Enrique Morente tenía la llave de los cantes, desde su conocimiento enciclopédico, por eso desde los cánones con su innata genialidad se adentraba en la fusión de los compases y los tercios jondos con otras músicas, sin perder nunca un ápice de flamencura, como un heterodoxo que buscara el más allá, sin perder nunca el norte de lo más puro, desde un sentido ortodoxo. No hay contradicción, cuando las cosas se hacen desde el conocimiento y la verdad: uno puede amar al pintor Velázquez y querer ser un Picasso de su tiempo. Si observamos la historia del Flamenco, desde principios del siglo pasado, con esas dos escuelas: la del don Manuel Torre y la don Antonio Chacón, esa misma historia se repite con los dos genios del reciente tiempo. Enrique Morente viene a representar a la escuela de don Antonio Chacón y Camarón de la Isla representaría la gran siguiriyero Manuel Torre. A su vez, en este caso, las dos maneras diferenciadoras de cantar propiamente con ese rajo tan especial; la de manera de los payos y las de los cales. Dos concepciones que se igualan en la genialidad ya sin matices.
Si el Flamenco es una forma de vivir, Morente era el Flamenco. Enrique era el gran intelectual del flamenco si ser propiamente un intelectual. A través de su ciencia infusa y de su condición de humilde de autodidacta le llegaban los cantes como revelados. Y así llegó a ser el gran maestro de maestros por su magisterio sencillo, por su forma de dar y de darse era un auténtico Sócrates del Flamenco.
Desde mi condición de comentarista, como a mi me gusta, o critico de flamenco como otros me llaman, he tenido la ocasión de reseñar muchas actuaciones de este gran genio. Y ninguna me ha dejado indiferente, siempre había algo nuevo en sus cantes, era algo así como ir a ver torear a Curro Romero o Rafael de Paula. Las actuaciones de Morente tenían ese halo espiritual porque él nunca dejaba de aprender y siempre subía al escenario como si fuera un joven a punto de empezar. Y de pronto, en las últimas actuaciones surgía el misterio, Morente cantaba los tercios de un cante con el compás de otro, como un domador de leones como un encantador de serpientes, mezclaba las letras clásicas, y no sabías que estaba cantando, y aquello sonaba a cante grande. Y encima era una persona educada, sencilla y la mar de divertida con un sentido de la ironía y del humor creativo e inigualable, lo que le hacía un gran personaje.
Desde muy joven ya me adscribí a la cofradía de aquella minoría selecta de morantianos que disfrutábamos con cada nueva entrega, con cada nuevo experimento y creación del maestro, por lo que obviamente todos aquellos a los que no les gusta Morente, pueden considerar parciales mi comentario, con toda la razón. Lo mío con Morente ha sido, es, y seguirá siendo pura devoción. A principios de los 90, estaba calentando motores en los camerinos de La Unión para cantar en el Festival de las Minas, con los rasgueos del maestro Juan Carmona. Afinaba la garganta y mientras tantos se iba cambiando de camisas; tenía tres: una floreada, otra lisa de color verde y otra negra. Al final eligió la negra. Les dije: “Os pongo un trago”. Y Morente miró al gran Habichuela y exclamó respetuosamente: “Bueno por mí, pero lo que diga el maestro Juan”. Y el maestro Juan, muy solemne, dijo: “Vale, ponnos unos buchitos de güisqui”. Así era el maestro respetando por edad a otro maestro. No me gusta escribir sobre la muerte reciente de los personajes a los que admiro, prefiero dejar un tiempo, en esta ocasión no sucede así, que el maestro me lo perdone cuando esté junto al coro de los serafines. Descanse en paz.
Viernes, 1 de junio
Juan Luis Recio
Ángel Sáez García
Mª Rosario Aldaz Donamaría
Antonio García Fuentes
Julián Moreno Mestre
Chris Gonzalez -Mora
José Pómez
Manuel María Ventura
Juan Granados
Patricio Peñalver
Julio César Izquierdo
Carlos Juan Gómez Martín