III jornada del Festival del cante de las minas de La Unión
Cada actuación de Morente es única e irrepetible, aunque haga los mismos cantes de otra noche, siempre se adentra en el proceloso espacio sideral de la innovación dejándose mecer por la
espontánea creación en busca de la aventura, siempre camina con el ánimo de descubrir nuevas vetas en sus melismas, nuevos matices en los tonos, con la ilusión de renovar y renovarse. Morente tiene una concepción cervantina del arte y de la vida, que en este caso es lo mismo, y sube y sube hasta acercarse al abismo: es ahí donde nos inquietan sus cantes. El maestro se puede asomar desde la cúspide de la montaña, precisamente porque conoce como la palma de su mano la Historia del flamenco y sus cantes. Morente ya encontró su propio estilo hace bastantes años, por eso no imita a nadie. Morente se imita a sí mismo.
En la noche del pasado viernes Morente nos dejó una sensacional actuación, tal vez no se pueda cantar tanto y mejor, con sus sombras y las veladuras de la voz, que a veces son lo mejor de las buenas obras de arte. El cantaor, que se tomaba minutos antes de la actuación un neobrufen por las cosas de los cambios de los aires acondicionado, tenía una responsabilidad y una deuda con La Unión, precisamente ayer, le entregaban la máxima distinción del Festival: El Castillete de Oro”, y la quiso saldar a lo grande. Desde luego que no escatimó en el tiempo, pues muy poco le faltó para llegar a las dos horas. Dicho lo dicho, vayamos al meollo de la actuación.
Salió con todo su grupo y formaron un círculo como si estuvieran ante una ancestral hoguera y comenzó cantando a capela por tonás, simbolizadas en el sufrimiento y el trabajo y también en la libertad, entre los susurros del coro, rematando los cantes con un homenaje a Nelson Mandela.
A continuación tomo asiento, se agarró los machos, y dejo un soberbio cante: una caña. Morente ya había soltado la voz y se adentró por las marismas cantando una serie muy larga de alegrías para todos los gustos, en sus diversos estilos. De las alegrías saltó a los tientos, y se tentó con unas poderosas malagueñas, como no recordando a don Antonio Chacón, para dar paso a unos fandangos en tiempo de verdiales. Y llegó la siguiriya, y esto es lo que tiene Morente que te puede cantar una canción por siguiriyas, recordando a Picasso: “Adiós; Málaga la bella”. Y concluyó, en un guiño a los cantes mineros, por una serie de tarantos, sin olvidarse del poeta Miguel Hernández con motivo de su centenario, recordando aquel memorable disco que el cantaor grabó por 1971 con los poemas de Hernández. Durante su actuación no se oyó ni una mosca, porqué jugando con el tópico, hasta la hipotética mosca estaba atenta al cante. Cante grande, cante de verdad, cante por derecho, cante por amor al cante, ése es el cante de Morente. Seamos, pues, sensatos, pidamos la luna, pero no le pidamos peras al olmo. La voz de Morente es la de un maestro, tampoco le pidamos que tenga la voz de aquel joven que empezó a encandilar a los 20. La voz ronca, raspada pero no rozá, que parece que se va a romper cuando sube por la escalera de los agudos, es una voz misteriosa y herida que siempre resurge como el rayo que no cesa. Algunos aficionados que no buscan peras, pero sí encuentran peros, podrán decir: “sí cantó bien, pero…”; No, no ha estado nada mal, pero... Obviamente los que buscan peros, están en su gusto y en su derecho. Empero, la actuación que terminó por bulerías no pudo tener más colofón que esos enormes aplausos que no cesaban con el público, feliz y contento, puesto en pie, pidiendo otro bis. Tócala otra vez, Morente. Le acompañaron en su aventura las excelentes guitarras de Rafael Riqueni y de David Cereduela, los hermanos Pedro y Angel Gabarre, su cuñado Antonio Carbonell, su hijo Enrique, “Quiqui Morente” y Bandolero a la percusión. Y al final pudimos gozar de la gracia que tiene Pedro Gabarre “El Popa” con su baile particular.
Durante la tarde, en la exquisita agenda cultural, el poeta y novelista José Manuel Caballero Bonald dio otra extraordinaria conferencia acerca de “La letras del flamenco y ahí estaba la ministra de Cultura, Ángeles Gónzalez-Sinde, que no vino precisamente a hacer el paripé, en su segunda visita consecutiva al Festival para seguir dándole todo su apoyo, pues después llegó y estuvo más de siete horas: visitó el parque de la sierra minera y su museo y se marchó después de saludar al cantaor en los camerinos, al filo de las dos de la madrugada. Le acompañaba el delegado de Gobierno, Rafael González Tovar. Y antes de que el concejal de Cultura, Julio Cegarra presentará al conferenciante, el alcalde Francisco Bernabé, dijo que durante la mañana había hablado por teléfono con Morente y que venía dispuesto a hacer temblar a la Catedral; en esos instantes el alcalde se dirigió al Delegado del Gobierno para decirle con humor que activara la prevención sísmica.
Entre viejos y nuevos morentianos, mucho disfrutaron José Alberto Cros, el nieto y acompañante del gran cantaor minero Pencho Cros, Pedro Jesús Rodríguez y su padre Pedro Rodríguez “El valenciano de la barraca”, que asistía por vez primera al Festival. Así como el Senador nacional, Pedro José Pérez; la Viceconsejera de Cultura de la Junta de Andalucía, Dolores Carmen Fernández Carmona; el Director General de Promoción de la Cultura, Francisco Jiménez; el Secretario General de la Consejería de Universidades, Empresa e Investigación, Antonio Sergio Sánchez Solís de Querol; el Capitán Jefe de la Guardia Civil en Cartagena, Justo Sánchez; y los cantaores Arcángel y Fosforito; el Director General de La Verdad, Daniel Gidrón, y el Director de La Verdad, Alberto Aguirre de Cárcer.
Después de la actuación el cantaor Arcángel, ante mi pregunta, me definía la actuación de Morente, más o menos, con estas palabras: “Si eres ciego o cierras los ojos y lo escuchas, te parece sensacional. Si abres los ojos y ves la edad que tiene, te parece sencillamente acojonante.
Viernes, 1 de junio
Juan Luis Recio
Ángel Sáez García
Mª Rosario Aldaz Donamaría
Antonio García Fuentes
Julián Moreno Mestre
Chris Gonzalez -Mora
José Pómez
Manuel María Ventura
Juan Granados
Patricio Peñalver
Julio César Izquierdo
Carlos Juan Gómez Martín