El blog de Patricio Peñalver

Donde habita el olvido

18.02.10 | 12:15. Archivado en sobre lo cotidiano
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En los salones de la Escuela de Hostelería de Murcia, en la mañana del pasado martes, se inauguraba la primera sesión del más que interesante Taller Arte y Cultura como terapia, en torno al “pastel de Murcia”, organizado por Fundación Alzheimer que dirige la doctora Carmen Antúnez, en el que participaban un grupo de pacientes de alzheimer y los alumnos de Hostelería; y que contaba como maestro de ceremonias con Francisco Torreblanca, uno de los más afamados restauradores de la cocina y pastelero mayor del reino; como botón de muestra fue el autor de la tarta nupcial en la boda de los Príncipes de Asturias.
Las palabras de bienvenida las dio el director del Instituto de la Flota y de la Escuela de Hostelería, Juan Losúa, que colabora con el proyecto, y que presentó al maestro de ceremonias de manera sucinta y efectiva. Y el maestro de la cocina, Paco Torreblanca, se puso manos a la obra tratando de desarrollar el sabor del gusto y de recuperar a través de las texturas, los olores, y los colores, esa parte de la memoria cotidiana que forma parte de nuestra educación, con esos pasteles asociados a momentos concretos de nuestra vida. Antes había dicho que no trataba de hacer malabarismos artísticos, no era el momento, sino cosas muy sencillas. Tan sencillas como el merengue que hizo a continuación a la vieja usanza: con claras de huevos y azúcar, como lo hacían nuestras abuelas. Después de elaborar el merengue, lo colocó sobre unas milhojas y los pacientes: Antonio, Isabel, Paco, Pedro, Encarna, Josefa, Maria e Isabel comenzaron a degustarlo con fruición, viajando con el sabor y el color a los más recónditos lugares de la memoria, regresando al mundo de la niñez. En esos momentos, uno mismo, recordaba los sabores de aquella magdalena que a Marcel Prouts le inspiró su gran novela “En busca del tiempo perdido”.
Paco Torreblanca, que decía que “tenemos que tener la cabeza en las estrellas y los pies en el suelo”, con su gran sencillez y su empatía comunicativa ya había generado un clima de confianza, que propiciaba que la participación de los afectados, en un ambiente lúdico y alegre, fuera total. Y con el merengue regresábamos a nuestros orígenes: Encarna Santiago Roldán recordaba que su madre tenía un horno de pan: “hacíamos tortas de aceite, y en Navidad unos mantecados riquísimos; este merengue me recuerda a lo que le echábamos encima a los roscos de vino, que después los poníamos en una caña para que se secaran. Yo entonces caldeaba el horno y aquello olía a cosa buena”.
En todo momento los pacientes eran atendidos, con mucha ternura y amabilidad por las neuropsicólogas Begoña Martínez Herrada y Blanca García Torres, así como por Halldora Arnardttir, doctora en Historia de Arte y coordinadora de los talleres de arte y cultura de la Fundación, que estimulaban la memoria, a través de la conversación: A Pedro Angulo que nació en Cataluña, hijo de emigrantes lorquinos: ”el merengue le recordaba su infancia en Barcelona: “los hijos de emigrantes con el dinero que ganábamos no llegaba para poder comer esto. Después una vez que nos incorporamos al trabajo, aprendiendo un oficio, con el dinerillo ya comíamos estas cosas; pero en la niñez muy poco, porque había mucha hambre y se pasaban necesidades. He estado allí, hasta hace 4 años, y ahora vivo en Lorca, la tierra de mis padres. A Murcia hemos venido dos o tres veces, porque Murcia es mucha Murcia en todos los sentidos”.
Y como un producto de la tierra, Francisco Torreblanca, presentaba el cabello de ángel, hecho con calabazas, sobre una galleta con sal, que desataba otra oleada de sensaciones y recuerdos, a Isabel le evocaban sus buñuelos de zanahoria. Y más productos: Chocolate, con sabor a jazmín y a fresas, sin conservantes ni colorantes; o tarrinas de merengue con nescafé, o levadura de pan como se hacía antiguamente allí estaba Antonio que había sido pastelero, que recordaba lo que era un detectómetro y a cuantos grados exactos había que cocer, que sorprendía a Torreblanca por su precisión. Y en eso, que un familiar de un afectado, le daba las gracias a Paco no solamente desde el punto de vista humano sino científico, porque viene a corroborar el trabajo que se está haciendo, y con esto estos talleres ganamos todos: los afectados en su calida de vida y los familiares. Antes los afectados ya se habían puesto de acuerdo para participar en la elaboración de arroz con leche y una tostada con almendras, con el maestro y su equipo muy feliz, se encontraba Carmen Antúnez, directora de la Unidad de Demencias del Hospital Virgen de la Arrixaca, que afirmaba: “nosotros intentamos vincular las actividades sociales a los pacientes y hemos establecido el arte y la cultura como terapia. Lo que pretendemos es que los pacientes estimulen el cerebro y creen nuevas sinapsis y estén estimulados el mayor tiempo posible con elementos cotidianos”. Y por los resultados obtenidos, con estos talleres, era para estar feliz y contenta. Posteriormente los consejeros Constantino Sotoca, de Educación y María Ángeles Palacios, de Sanidad, saludaban a los afectados, y ofrecían una rueda de prensa, en el local.


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