El blog de Patricio Peñalver

La noticia que ayer fue noticia

16.02.10 | 17:26. Archivado en sobre lo cotidiano
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En estos tiempos contemporáneos de nuestro ajetreado y desconcertante siglo XXI, las noticias se apoderan las unas de las otras a una velocidad de vértigo, se fagocitan con frenesí, se suceden de forma irremediable como las olas del mar, sin cesar, sin darles ni siquiera tiempo a dejar un razonable poso. De pronto la huella de la noticia de ayer nos parece antigua, ya ajada, ante la rabiosa actualidad de la que leemos hoy. Así es la vida, y como decía aquél: no la he inventado yo, así es la vida, así pasan las jornadas, de la misma manera que un nuevo día hace viejo al de ayer.
A veces nos gustaría que la noticia fuera que no hay noticia. Sin embargo la realidad es tozuda y a unas noticias catastróficas les suceden otras más inquietantes. Parece que estamos curados de espanto, que ya hemos perdido nuestra capacidad de asombro, y de repente otra nueva noticia aún más terrorífica, como la catástrofe de Haití, nos vuelve a sorprender hasta dejarnos atónitos. Siempre se dijo que los rumores eran la antesala de la noticia, pero hay días en los que la noticia es propiamente el rumor. Ojala no cese la presión mediática en derredor de Haití, ojala no se olvide, como en otras ocasiones, esta desgracia tan enorme.
En estos tiempos conceptuales en los que hasta los objetos abandonados en la basura no los pueden presentar como arte de vanguardia, ¡Ozú!, parece que lo nuevo ya nace viejo. Efectivamente, decía Marcel Duchamp que todo objeto podía ser una obra de arte. Y obra de arte se consideró su famoso urinario, sacado de su lugar habitual y colocado en un contexto diferente. Aquella fue una excelente idea, un urinario siempre viene bien para un apretón, hasta en mitad del campo o del bosque, aunque las hojas no nos dejen ver su claro.
En estas y otras cuestiones de índole metafísico me he estado debatiendo hasta elegir la temática del presente artículo. De pronto, En un proceloso mar de noticias, me he agarrado sin saber porqué, como un naufrago, a unos sucesos que se han ido encadenando durante más de un mes y me han tenido entretenido. Todo ocurrió el pasado 7 de diciembre en el V Festival de Jazz de Sigüenza en la que actuaba Larry Ochs, con más de medio siglo a su espalda de jazz, para ponerle la guinda y el punto y final al Festival, y a punto estuvo de suspenderse por la autoridad competente. Un espectador y sus acompañantes denunciaron ante la Guardia Civil que aquello que estaba oyendo no era jazz sino música contemporánea, y, él había ido a escuchar un concierto de jazz, además manifestó que esa música le estaba contraindicada psicológicamente por prescripción facultativa. Así que de pronto se armó la marimorena; que sí quieres arroz Catalina: dos platos, hasta que tuvo que intervenir el munícipe que se encontraba en el lugar y dos números de la Guardia Civil. Al parecer uno de los guardias civiles, con conocimientos musicales, coincidió con las apreciaciones del denunciante al afirmar que la música del saxofonista no era jazz, ante el asombro de los intérpretes que no daban crédito a lo que estaba ocurriendo. Más tarde Larry Ochs, dijo: “Yo creía haberlo visto todo. Después de esto, ya tengo algo que contar a mis nietos”. La curiosa noticia que se publicó en el diario El País , muy pronto dio la vuelta al mundo, hasta ser recogida en Londres por The Guardian, en una pieza que firmaba su corresponsal en Madrid, Gilles Tremlett. Y lo que parecía una ocurrencia, una boutade, fue tomando consistencia. Sí aquello era o no jazz, el debate ya estaba abierto. Músicos de la talla de Charlie Haden, Dave Douglas o Agustí Fernández, entraron al dilucidar el quid de la cuestión. Sin embargo el más sorprendente que se unió a la causa fue el trompetista Wynton Marsalis, además de director y empresario, que es uno de los jazzman más poderosos, que se puso en contacto con el periodista Tremlett, porque estaba muy encantado con la historia y buscaba al famoso y misterioso denunciante para en señal de gratitud regalarle su discografía completa, unos sesenta discos, autografiados. El asunto no es nada baladí, si recordamos que Marsalis lleva desde principio de los años ochenta polemizando sobre cuál es la esencia de “la música del siglo XX”, que por supuesto se aleja mucho de lo que toca Ochs, todo un veterano del postbop y del free jazz. No olvidemos que el concepto musical de Marsalis le llevó a enfrentarse en el pasado con nada más y nada menos, que Miles Davis. Y eso ya son palabras mayores.
En la última noticia que leí, de este pequeño culebrón, el anónimo denunciante del que no se conocía su identidad, apareció y dijo que estaba anonadado por el debate que se ha abierto a favor y en contra en los foros jazzísticos. Se llama Rafael Gilbert, y es aficionado al jazz desde hace ocho años en la que se su mujer empezó a tocar el saxofón, ahora lo hace con la Bing Band de Móstoles. Rafael, que asistió con su mujer a Sigüenza, daba sus explicaciones: “Decidimos quedarnos para escucharle. Pero a los 10 minutos de empezar yo empecé a ponerme nervioso. El free jazz es una música que si no te avisan puede irritarte mucho, te pone mal cuerpo. Como no podía más me levanté y fui a reclamar el dinero de la entrada. Ahí empezaron los problemas. Se rieron de nosotros y no nos dieron la hoja de reclamaciones. Entonces fuimos a la Guardia Civil”.
Ahora ya no sé, si Marsalis ha cumplido con su oferta, me temo que sí. Ahora lo que yo me planteo es que pasaría si a alguien se le ocurriera ir a denunciar una de esas exposiciones de objetos a los que llaman arte. Menos mal que por ver este arte contemporáneo, subvencionado, y de vanguardia, no cobran entrada. Qué cosas pasan en este desconcertante y ajetreado siglo XXI. ¡Vivir para ver!

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