49 Festival Internacional del cante de las minas
La estrella de la noche del viernes, en una gala flamenca atípica, era La Niña Pastori. En ella recaía todo el peso de la velada, o brillaba con luz propia o a la noche y sus sombras no la salvaba ni el Chaboli, que por cierto al margen de ser un buen percusionista, es su marido. Pongamos ya de antemano, que la Pastori brillo con luz propia en su noche.
Digo que la gala fue atípica, pensando más en los leves problemas que se generaron al entrar el público y encontrarse sin sillas en el recinto. Al parecer por parte de la organización del entorno de la Pastori se había previsto así, y así dicen que lo habían avisado en las taquillas a los espectadores, pero yo no lo tengo tan claro, porque al final como en la canción de La Parrala, unos decían que sí y otros decían que no. Me temo que esta gala atípica, es una parte alícuota de las crisis de este año en el cuál no hay más que cera que la arde.
En fin, y no digo atípica en lo que respecta a los defienden un flamenco más clásico. Por el Festival siempre pasaron, de vez en cuando, voces tan heterodoxas como Las Grecas o Lola Flores, como un guiño a esas canciones aflamencadas, que nos dan siempre la alegría de vivir.
Estando, pues, ya en la Catedral del Cante, asistíamos a una nueva experiencia, cuasi religiosa, la de ver la actuación de pie con la pretensión de que bailaran los que gustaren. Después de que un pequeño sector reclamara sillas, la actuación comenzó y los numerosos seguidores de la Pastori se preparaban para gozar de lo lindo, mientras un sector de la margen izquierda del recinto liberaba a las sillas de las cadenas. A mí me gusta esa vena de anarquía romántica que alguna que otra vez surge como de una oscura galería.
Los leves problemas se disiparon cuando sonaron los primeros compases de las bulerías y la gran mayoría de la gente se dispusó a gozar con esas ganas de vivir que nos inyectan los temas de la Pastori. La Pastori, todo hay que decirlo, lleva un pedazo de grupo que suena muy requetebién en directo, formado por el guitarrista Manuel Monje; Ramón Torrres y Julio Jiménez a la precusión; Samara Moreno, y Antonia Nuñez a los coros; Antonio Ramos “El Maca”, al bajo y Adrián Schiano, al piano.
La Niña Pastori, que ya no es aquella joven de los 17 años de su primer disco y el famoso Tú me camelas sigue derrochando una energía positiva con su compás que se pega como una pandemia. Después de sus comienzos por bulerías, tangos y fandangos de Huelva, ya tenía enganchados a la mayoría del público, y no solamente bailaban los niños y los jóvenes, sino también señoras ya entradas en años que lucían su palmito.
La Pastori iba desojando como pétalos de una exuberante rosa, una a una, las canciones de su último disco: Esperando verte, dedicado a su hija Pastora, que se gestó y nació durante el desarrollo de la grabación del disco, en la que ha participado su amigo el guitarrista Vicente Amigo. De los fandangos de Amores y besos pasábamos a Capricho de mujer con esos aires de rumba-tangos con olor a salitre de su tierra natal de las aguas de San Fernando, que se contaminaban con las candencias de la bossa brasileña. Y claro, que es lo qué pasaba: pasaba qué las primeras filas con las manos en alto palmeaban, coreaban las canciones y los más jóvenes y jóvenas con sus grititos guturales flipaban en colores, como una manera de desgrava el valor de la pasta o de los pavos que habían pagado por la entrada.
María Rosa García García, “La Niña Pastori”, ya tenía al público en el bolsillo y se dedicaba a dialogar y les preguntaba sí hacia calor, sí estaban a gusto, sí estaban de vacaciones y les decía que era un orgullo y un placer estar, otra vez después de muchos años, en ese escenario. El in crescendo de la comunicación entre las canciones y los espectadores subía y gran parte del público coreaba el estribillo del lorailo-lailolo-lorailola. Hasta llegar a un gran fin de fiesta por bulerías, en la que destacó, y de qué manera, ¡Madre mía¡ la voz gitana de un flamenco de muchos quilates, nada menos que una voz de la estirpe de Rancapino. Pues ahí estaba su hija Ana Nuñez, cantando y bailandp por bulerias, para quitar el sentío. Así que después de la extensa y gran actuación de La Pastori, los leves problemas de las sillas quedaban en una anécdota más.
Y al finalizar la gala, asistíamos impertérritos, a una excelente actuación del cantaor Antonio Ayala Paredes “El Rampa”, que estuvo semblao, siempre espoleado por la guitarra con los toques precisos de Rosendo Fernández. Flamenco puro y duro, sin concesiones. Con los ecos de Manuel Torres, don Antonio Chacón, entre otros, y cantes mineros matizados en sus bajos tonos a la perfección. “El Rampa” es un cantaor muy serio con los cantes, todo un caballero, un gran estudioso, que nos remite siempre a las raíces: escalofriantes fueron sus siguiriyas y emocionantes al punto de llegar a ser inquietantes sus martinetes, pasada ya la una y media de la madrugada.
Antes, a las ocho de la tarde, se entregaron los premios de la X convocatoria Cultural Internacional, y se presentaba un libro la mar de interesante, por el rigor de su autor José Gelardo. El libro-disco : “Antonio Grau—Rojo El Alpargatero hijo—El último de una saga flamenca”, editado por la Hidra de Lerna y Discos Probeticos viene a poner muchas cosas en su sitio, sobre la riqueza y la historia de los cantes mineros.
S
Viernes, 1 de junio
Juan Luis Recio
Ángel Sáez García
Mª Rosario Aldaz Donamaría
Antonio García Fuentes
Julián Moreno Mestre
Chris Gonzalez -Mora
José Pómez
Manuel María Ventura
Juan Granados
Patricio Peñalver
Julio César Izquierdo
Carlos Juan Gómez Martín