Ahora, al compás del tórrido ambiente, recordaba con la precisión de un reloj suizo todos los detalles de la loca escapada de aquel verano de su adolescencia, a las playas de Benidorm, en busca del vellocino de oro que por simbolizaban los gozosos cuerpos de las suecas.
¡Ah, las suecas! Por aquel entonces, ya hacia un par de años que Julio Iglesias había ganado el famoso festival de la localidad costera con La vida sigue igual, y él seguía escuchando cada verano el mismo soniquete: ¡Ah, las suecas!, qué sí las suecas practicaban el amor libre, qué sí las suecas paseaban y tomaban el sol sin la parte arriaba del bikini, y qué sí las suecas cuando las mirabas se hacían las suecas.
Hasta, que por fin se presentaba la ocasión: su amigo Pepe Murcia le proponía, a cambio de unos cuantos duros para gasolina, el ansiado viaje al paraíso. Dicho y hecho, el seiscientos de segunda mano, arrancaba y enfilaba la carretera nacional, como si fuera suya, y arrancaba como un Pegaso con fiebre de sábado noche. Su ánimo ya volaba alto y su pensar se iba calentando más y más, hasta que de pronto como un acto interrumpido se le cortaba las alas a la aventura, y a mitad del camino el 600 se recalentaba hasta engrifarse.
Ahora, instalado en su habitación con vistas al mar, desde su torre de vigía, después de haber recordado aquel verano, que tanto comenzaba a parecerse a éste, se dedicaba a disfrutar a hurtadillas del momento de ocio más placentero de cada tarde.
Cada tarde, frente a su casa, se tumbaba una joven con un libro que parecía un tocho y no paraba de leer, hasta las nueve que recogía sus bártulos. Al principio, él, que no se consideraba un mirón, apenas le había dado importancia. Sin embargo, por razones que no sabía explicar, la contemplación de esa joven entrada en años que lucía su palmito como una sirena varada, se había convertido definitivamente en una adicción.
Cada tarde, a esa hora, abandonaba su partida de chamelo y se refugiaba en su torre. Los primeros días había observado a la chica al natural, pues su mirada se encontraba con ella, antes de llegar a la línea del horizonte. Ahora había decidido mirarla a través de los prismáticos que se había comprado para ver los movimientos de las garzas. Y hasta podía leer las páginas de aquel libro que se titulaba La reina en el palacio de las corrientes de aire, que la chica leía con gran avidez, del escritor sueco Stieg Larsson.
De las suecas de Benidorm a las de Larsson, como cambiaban los tiempos.
Ahora, al compás del movimiento de las olas, se acordaba de las suecas de Benidorm, leyendo las primeras páginas del libro del sueco que se acababa de comprar, mientras pensaba que tal vez las suecas de Benidorm nunca existieron. Y musitaba. ¡Ah, las suecas!
Viernes, 17 de febrero
Mª Rosario Aldaz Donamaría
Antonio García Fuentes
Chris Gonzalez -Mora
José Pómez
Ángel Sáez García
Padre Fortea
Juan Luis Recio
Juan Fernandez Krohn
Ángel Gutiérrez Sanz
Carlos Ferrer
José Donís Català
Paulino Toribio