El blog de Patricio Peñalver

Oír la luz

04.10.08 | 19:47. Archivado en literatura
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Oír la luz es el título del nuevo libro del poeta Eloy Sánchez Rosillo, y ya me apresuro a decir de antemano como aviso para los navegantes de las procelosas aguas poéticas, que es un libro hermosísimo con una luz esplendente y una sutil musicalidad envolvente y cautivadora.
En el poema “Oír la luz” nos canta el autor “Debo decir que cuando yo era niño/ y en el campo veía la densa muchedumbre/ de estrellas en los cielos del verano, / además de mirar tanto fulgor, / podía oír la luz: se escuchaba allí arriba/ como un rumor de enjambre laborioso.”
Ni que decir, que al terminar la lectura de este poema se ha instalado también en mí ese rumor de enjambre laborioso que, como abejas obreras, me ha recordado todos los cielos estrellados que albergaron los sueños fantásticos y cándidos de mis veranos. En este sucinto poema están todos los luengos poemas de mi niñez.
En estos tiempos de crisis sobre la crisis después de leer las noticias del día en el periódico que muy pronto fenecen, después de pensar en los conceptos del vacío y la nada, a los que se enfrentan los físicos y los cosmólogos con el acelerador de partículas de Ginebra, considerando especialmente la partícula de Higgs, que en castellano se podría denominar vacilón, que es otra cosa que una vibración del vacío; y no en el vacío, como las demás; me he tumbado a la bartola para leer de un tirón: “Oír la noche” como si fuera una lectura natural de la noche de los tiempos.
En esa postura placentera mientras comenzaba a hojear y a oír la noche y me aprestaba a viajar, a la memoria me ha llegado, más tarde, la frase “toda la noche oyeron pasar pájaros” que recordó después el gaviero de Cristóbal Colón, antes de gritar: ¡Tierra a la vista! Así he navegado como el gaviero por las estupendas páginas que me llevaban a ínsulas en las que recordaba haber estado. Y de pronto me paraba y leía el poema “Madre”: “Llegué cuando acababa de morir, / y era un misterio ver tan de cerca la muerte/ en aquel cuerpo amado. / Aún conservaba/ el calor de la vida, y puse yo mis labios/ sobre su rostro inmóvil. Al besarla, / pude atisbar en ella y escuchar todavía/ unas puertas cerrándose, / y un viento que de súbito arrasaba/ la casa de amor y no sé que despojos/ de mi niñez remota”.
Continuaba acariciando las páginas del libro y leía los poemas: “Lectura de Emily Dickinson”; “En la casa de Keats” y “Porque nada termina”, dedicado a Ramón Gaya, que me llevaban a otras lecturas y a otra pintura, ante la que podía sentir el abismo del lienzo en blanco. De pronto paraba, a descansar del viaje, en otra página y leía el poema: “Condición de lo bello”: “Qué extraña la belleza. Cuántas veces/ a un tiempo nos alegra y nos aflige; / su luz te da en los ojos y te salva/ pero en el pecho canta la elegía”.
Y recordaba, otro libro de Sánchez Rosillo, “La certeza”, por el que conseguiría el Premio Nacional de la Crítica 2005, en el que ya predominaba el tono de celebración sobre el elegíaco. Y proseguía la gozosa, a la vez que honda lectura, hasta llegar, a través de la página, a otra isla desconocida. Y leía el poema: “Mirar”: “Mirar es poseer: / todo es tuyo si miras, / aunque el ciego te vea/ con las manos vacías.”.
Después de volver a mirar el título que me acababa de leer de un tirón, de haber oído y gozado con los sonidos de la noche, con la ilustración Ramón Gaya, ya henchido de gozo poético, no puedo decir otra cosa que, nos encontramos ante un libro de poesía rotundo y de rotunda madurez. Así como por supuesto, ante uno de los mejores poetas españoles y europeos, también al decir de muchos críticos y otros poetas. De manera que a continuación para celebrar la lectura me di la pequeña satisfacción de tomarme una cerveza y unos sensacionales berberechos. Pequeñas manías.
Por último, antes de dejar el libro para otra nueva ocasión, al azar lo volví a abrir y leí unos versos del poema: “La visita”: “Ha venido la tarde a visitarme, / la tarde de este día primero del otoño; / con timidez se asoma por el balcón abierto/ y me pide permiso para entrar”.
En este día de otoño, yo también esperaba la visita de este libro hermosísimo con una luz esplendente y una sutil musicalidad envolvente y cautivadora.

1 comentario


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Comentarios
  • Comentario por Natividad Mus Aliaga 08.10.08 | 14:59

    Un regalo poético en medio de la mañana, los versos de Eloy perfuman el sentido. Como un vaporizador de exquisito y selecto perfume, se van prendando por el pecho y el recuerdo. Como fruta fresca, escarcha mañanera, muerdo el verso alimentando si acaso el día, preparando la noche tostada por el otoño entrante. La madre que se marcha, y arrastra en su partida, la niñez recorrida, para dejar tiritando de angustia fatídica, al hombre, presa del verso y del recuerdo. Pero su madre no se ha ido, se queda enraizada en papel, para volar entre página y página, y ser vida con el calor de las manos que lo abren. Yo quisiera algún día, ser verso de papel, y que los que se fueron quedaran escritos, para que el amor fruto del olvido, renaciera de nuevo como paloma al vuelo, con cada página envuelta en verso.
    Natividad Mus Aliaga

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