48º Cante de ls Minas
Sí la Gala del Ballet Nacional de España fue fuerte, agárrense los machos con la segunda. En la que también se colgó de nuevo el cartel de no hay billetes. Miguel Poveda puso su rubrica personal en una noche apoteósica en la que cantó con mucho duende durante casi dos horas ,y, se metió al público literalmente en el bolsillo, que no dejó de aclamarlo por enésima vez, confirmando que aquí es el número uno.
Una noche, más bien una madrugada de gloria bendita, en la que otra vez Poveda regresaba, sencillo y humilde como los grandes artistas a La Unión y se sentía como sí estuviera cantando en el patio de su casa. Una noche tan triunfal como aquella de un 14 de agosto de 1993 en la que arrasó con todos los premios, entre ellos, el máximo: la "Lámpara minera" que lo catapultó al éxito.
Salió solo al escenario cantando el famoso pregón del "uvero". Y a continuación se incorporó su grupo: su guitarrista Juan Gómez "Chicuelo", como un fiel escudero, que lo llevó rítmicamente en volandas, al compás de las palmas jerezanas de Luis Cantarote y Carlos Grilo, y los golpes precisos del percusionista Paco González.
Prosiguiendo su magistral actuación, siempre en ascenso, interpretó una larga serie de cantiñas con aromas marineros de la bahía de Cádiz Lo bordó por malagueñas con tres cantes abandolaos, para alcanzar la cima por una soleá polá espléndida, alcanzando registros que parecían imposibles.
Cambió de terció y homenajeando a los grandes compositores de la copla, cantó una serie de letras clásicas por bulerías que dedicó a su madre, recordando que las primeras coplas las escucho en la radio de su progenitora, a la que gustaba tararear al compás. Eso fue después de que un espectador, gritara: ¡Viva la madre que te parió! Un piropo castizo que ya lleva el significante y el significado en las mismas entrañas del enunciado.
Se daban las circunstancias que sus padres lo estaban viendo en la segunda fila, pues esa misma tarde, a Miguel, el Festival le había concedido su máxima distinción: "El Castillete de Oro". Otra motivación, para cantar mejor que nunca. Poveda ya había dicho: “Os voy a pedir un favor: que no me deis más premios, que cada vez me lo ponéis más difícil, cada vez la responsabilidad es más grande.
Miguel Poveda, concentrando en sí mismo, se acordó de su maestro en los cantes mineros, el cantaor unionense Pecho Cross fallecido hace unos meses y le cantó su minera y una serie de cantes de Levante, acompañado por la precisa guitarra de Chicuelo. Antes, dijo: “El maestro Pencho Cross me entregó su corazón. Se notaba que era un hombre que amaba esto. Yo, en esto me parezco a él, también tengo mucho amor al cante y al arte
Volvió a salir su grupo, y Poveda le preguntó al público: ¿estáis bien? El público le respondió que bien y algunos que estaban en cielo. Y Miguel, feliz y contento, con cierta guasa flamenca, le dijo: ¡Qué va, estáis durmiendo!
Y se arrancó por tientos-tangos. Y después por fandangos. Y después por bulerías de Lebrija. Y después a la noche se le fue la mano. Las palmas echaban humo y Miguel en loor de multitudes se marchó aclamado, dejando su pabellón un peldaño aún más alto. Otra vuelta más de tuerca. Y otra vez tuvo que volver a salir. En esta ocasión, exclamó: ¡Viva La Unión, coño!
Sin embargo, antes debutaba en esta plaza la joven bailaora sevillana Rafaela Carrasco, una de las más destacadas represente del baile flamenco de vanguardia. Y también tuvo una destacada actuación.
Rafaela Carrasco bailó muy bien por granaínas, soleá, zapateado, por fandangos y un espectacular solo, por exótico, con su percusionista Nacho Arimanuy con instrumentos de Mali y Nigeria. Le cantaban Antonio Campos y "El Pulga" y le acompañaban a la guitarras Jesús Torres y Juan Antonio Suárez. A pesar de que para los puristas resulta un poquito duro la mezcla de estilos, la unión que Rafaela Carrasco realiza con los movimientos clásicos que mandan los cánones, al mezclarlo con estilos de la danza contemporánea resultan muy sugerentes. Y gran mayoría de los espectadores la despidieron con una gran ovación.
Apoteósica noche que no se quisieron perder decenas y decenas de buenos aficionados: vean sino. Ahí estaban para disfrutarlo: Enrique Quinoñero magistrado de T:S.J de la sala de lo penal y civil y Pablo Fernández, que fue presidente del Colegio de Médicos. Los dos excelentes profesores José Mamuel Gómez y Fayrén y Gomez Ortuño, acompañados de sus respectivas esposas.
La noche no era para menos. Y mucho disfrutó José Alberto Muñoz, nieto y chofer de Pecho Cross, con sus amigos Pedro Jesús Rodríguez y Mayte del bar Zalacaín de Murcia. Tanto como Alfredo Giménez y el profesor universitario Prudencio Riquelme.
De Valencia llegaron Cuca González, enfermera del cuerpo de Bombero de la ciudad valenciana, así como su hija: la joven modelo Ana Martínez que ya ha desfilado en Barcelona y en la ciudad Alemania de Colonia. Y mucho disfrutó Paco El Medina” de Espinardo, su pueblo y el mío,que ya había venido el otro día con Lola, la viuda del “Danone, que fue mozo de espada del torero Pepín Liria. Con su marido había venido en algunas ocasiones, la otra noche, después de años regresó ella, acordándose de su marido.
Y también llegaron Pablo Conesa y Rosa María Simón del pueblo aragonés de Calanda. Habían venido a oír a Poveda. No podían conseguir entradas y como buenos aragoneses lo intentaban una y otra vez, junto a la puerta. Les estaba escuchando hablar con los porteros, mientras me fumaba un cigarrillo urgente. Y Pablo me entró: “Somos de Calanda, ¿conoce ese pueblo? Le dije que sí, por mi admirado Buñuel. Y él volvió a la carga diciendo que era amigo de Asunción Balaguer, la eterna mujer del gran Paco Rabal.. Aquello para mí ya fue demasiado y por don Luis Bunuel, por doña Asunción Balaguer y por don Paco Rabal, aunque no me gustan estos menesteres, les conseguir un par de pases.
Jueves, 31 de mayo
Juan Luis Recio
Ángel Sáez García
Mª Rosario Aldaz Donamaría
Antonio García Fuentes
Julián Moreno Mestre
Chris Gonzalez -Mora
José Pómez
Manuel María Ventura
Juan Granados
Patricio Peñalver
Julio César Izquierdo
Carlos Juan Gómez Martín