Texto para el catálogo de la exposición Párraga 60/70. Centro Párraga de Murcia.
Estoy más de tres semanas tratando de pergeñar el arranque de este escrito sobre Párraga, un tiempo que presiento como un dialogo con su espíritu, y después de dar muchas pinceladas en los bocetos imaginarios que se han ido sucediendo en ese proceso del pensamiento, al parecer estéril, me sitúo como el pintor ante el lienzo en blanco y lo principio por lo que creo que debería ser su final: Párraga es un genio que se imitaba a sí mismo.
Entendiendo, claro, esta genialidad a la manera de Ludwig Wittgenstein que decía: “El genio no tiene más luz que otro hombre cabalmente productivo—pero recoge esta luz por una especie determinada de lente en un foco. Yo creo que nuestro querido creador, que sin quererlo era para sus coetáneos todo un maestro y pintor de pintores, tenía la virtud de poseer esa especie de lente detrás de sus gafas para poner esa luz en el foco de sus obras con mucho énfasis, quizá intuyendo, volvamos a echar mano de Wittgenstein, que “En el arte es difícil decir algo, que sea tan bueno como no decir nada”.
Párraga en el arte dijo muchas cosas buenas desde esa soledad sonora de su pintura, desde su verdad, tantas como bondades manifestaba hacia sus convecinos con sus platicas en su callejear diario con sus bamboleantes andares, con unos y con otros se paraba parando el tiempo sin importarle si eran Tirios o Troyanos. A cada uno le daba unas pinceladas de humor y de color. Mucho entendía el maestro de pátinas, de gamas cromáticas y de teorías acerca de los pigmentos. Volvamos otra vez, la última, a Wittgenstein: “Creo que lo que Goethe quiso encontrar en verdad no fue una teoría fisiológica de los colores, sino psicológica”. El maestro Párraga participaba de ésta última, cuando volvía la vista hasta los duros tiempos de su niñez durante la posguerra, ya adulto, aún se acordaba del camión que cada seis de enero recibía por Reyes Magos, el mismo camión que su madre pintaba de diferentes colores cada año. Un mismo camión que siendo el mismo se transformaba con la ilusión del color, como si a un mismo lienzo le estuviéramos añadiendo cada año otro color distinto.
En aquellos tiempos de estrechuras económicas, de la España en blanco y negro, la gente aliviaba sus penas dándole una pinceladas de color con las coplas que sonaban por la radio. Y Párraga siempre fue un adicto a las ondas. Entonces sonaban historias de marineros de ojos verdes que venían en barco, amores y desamores con la Bien pagá y jacas que galopaban y cortaban el viento cuando pasaban por el puerto, caminito de Jerez.
Al terminar el bachiller, el pintor quiso coger el mismo camino del Magisterio que su madre había ejercido y lo combinó con su asistencia por las tardes a la Escuela de Artes y Oficios. Allí se encontraría con sus maestros: el pintor Luis Garay y el escultor Clemente Cantos. Luis Garay lo incitaba a dibujar al natural botijos, una y otra vez, hasta que a Párraga se le ocurrió alargarlos, distorsionarlos al modo de Modigliani: El maestro Garay aquel día lo expulsó hasta el siguiente día.
La realidad del botijo estaba ahí, sin embargo Párraga ya había tomado el camino de representar ese botijo con una nueva realidad pictórica. A lomos de su jaca ya había decidido tomar su camino propio caminito de Jerez. Precisamente en sus comienzos sus primeros dibujos fueron bailarinas, santos y toreros que se imaginaba mientras oía por la radio las retransmisiones de las corridas de toros. En aquellos comienzos artísticos siempre se consideró más ilustrador que pintor, hasta que conoció al pintor Mariano Ballester, que le mostró la libertad en la creación, invitándolo a ir a su estudio mientras le dejaba ver pintar, un hecho muy importante ya que Ballester muchas veces no dejaba ni siquiera a su mujer.
El joven Párraga ya había decidido que lo suyo no era el Magisterio, de hecho lo echaron porqué pensaba que los críos tenían que tener más recreo. Lo suyo era el dibujo, la pintura con mayúsculas y a ella ya se había entregado en cuerpo y alma. Y después de su primera exposición en la casa de la Cultura de Murcia, comenzaron a llegar los frutos de sus primeros premios y su primer viaje a Madrid para asistir a un curso, en el que conocería a Manolo Valdés, miembro fundador del Equipo Crónica.
Desde la soledad sonora de su pequeño estudio, siempre con sus destartalados aparatos de radio enchufados a todas horas, el mundo en la voz de Jimmy Fontana seguía girando con amores que comenzaban y otros que terminaban, mientras el mundo no paraba ni un momento. Antes Párraga se había instalado en una habitación del Archivo Notarial, autentico vivero por donde pasaron todos los pintores de la época, así como poetas de la talla de Eliodoro Puche. Y el mundo seguía girando en su espacio infinito.
El mundo a principios de los años 60 comenzaba a cambiar en España, entre coplas, boleros y rancheras, canciones italianas y francesas, aunque al anciano régimen no le gustara nos estaban invadiendo durante los veranos las suecas, ligeras de ropa y equipaje, las costumbres de los melenudos de la pérfida Albión en nombre de los Beatles y los Rolling Stones y ese desmadre musical, también tenía su correspondencias en las nuevas estéticas artísticas. Algunos vientos de libertad también lograron pasar desde los Pirineos con la movida del mayo del 68. Y después del Duo Dinámico, se nos presentaron como de repente Los Brincos, Los Bravos y Los Canarios, para ponernos de rodillas ante sus músicas. Encima, habíamos ganado Eurovisión con el La, la, la de Masiel. Casi ná.
En la tranquila Murcia aquellas nuevas corrientes musicales y pictóricas ya habían empezado a germinal en un reducido grupo de artistas y ahí estaba el maestro Párraga, siempre interesándose por la pintura de los demás. Por entonces el maestro se jactaba de tener en su hermano Rafael Párraga a un músico de aquellos jóvenes modernos que comenzaban a dar el cante y a dejarse notar en la Región A finales de los años 60 se había celebrado un par de concursos musicales: Los Super-Pops, organizados por Radio Juventud, creando escuela de seguidores o fans entre los diversos grupos musicales, o conjuntos que se decía antaño. Entonces José María le presentaba a todas las chicas, con mucho orgullo, a su hermano Rafael, y les decía: “éste es mi hermano, el de los Roller Group, el de la canción de “Una chica que no conviene”.
Ya estaba en marcha la coqueta sala Nairobi.Y muchos grupos sonaban muy bien como los Ases, Siglo XX, Los Jaguar, Los Junior o los Capicúas. En un memorable y reñido Super-Pops, aquello era todo un bombazo, los Roller Group se habían quedado los tercero para la y habían invitado a sus seguidores a que no lo votaran en la gran final. ¿Por qué? Pues por qué lo que querían era la pasta. Los premios consistían: Un primer premio, la grabación de un disco: Un segundo premio un conjunto de trajes donados por Cerdán Hermanos. Y un tercer premio. 15.000 pelas en metálico. Un buen pellizco de pasta gansa
Algunos de los grandes amigos de Párraga, también estuvieron en aquella movida como integrantes de conjuntos musicales, entre ellos, el escultor Perico Pardo, el pintor Ramón Garza, o Martín Páez, actual director del Palacio de arte Almudí, que tocaba la batería. Precisamente un día que fueron los miembros de los Roller a ver una actuación del grupo de Martín, el bajo se había comprado un bafle nuevo, y éstos desde la parte del público, para fastidiar, le hacían señas de que no se oía que subiera más y más y más, hasta que Martín que estaba detrás del bafle, se mosqueó, y después de hacer un redoble con las baquetas en la caja y en los timbales se levantó, tiró las baquetas al aire, y abandonó la tarima. Entre los grupos tenían sus piques y sus guasas, como no podía ser de otro modo.
A Párraga le gustaba la música, todas las músicas, y siempre tenía la costumbre de estar pintando mientras oía la radio. Cuando se casó por primera vez hasta consiguió que su hermano Rafa, junto con el guitarrista Mariano Montoya, le tocaran y le cantaran con guitarras eléctricas un par de temas de Nat King Cole, nada más y nada menos que en la iglesia de Las Anas de Murcia. Y hasta por cantarle, en aquella artística boda, hasta lo hizo la tuna.
La pintura de Párraga también admite todas las músicas, sus obras se pondrían contemplar con la serie de piezas pianísticas que Mussorgki hizo para el arquitecto y pintor aficionado Víctor Hartmann, “Cuadros de una exposición” que orquestó Maurice Ravel. También con el Bolero del propio Ravel, iríamos descubriendo nuevos matices a remirar las obras.
También con los cantes mineros que tanto le gustaban al maestro Párraga que nunca olvidó que había nacido en Alumbres, junto a las minas de La Unión, y se emocionaba oyendo los ayes de las tarantas y las cartageneras, los quejidos de las mineras que salían por las oscuras galerías, expiando el dolor y las fatigas del trabajo.
O con los sones de la guitarra de Paco Ibáñez, cantando a Miguel Hernández, a García Lorca, a Alberti, a León Felipe, a Jorge Manrique o Luis de Góngora que decía: “Traten unos del gobierno/ del mundo y sus monarquías, / mientras gobiernan mis días/ mantequillas y pan tierno/ y los mañanas de invierno/ naranjada y aguardiente/ y rijijijí y rijijijá/ y ríase la gente”. A Párraga le gustaba mucho reír con la gente, todo lo contrario que reírse de la gente.
Al maestro Párraga también le gustaba reutilizar todos los materiales, algunos que cogía de la basura, le gustaba investigar con los materiales, tanto como a unos de sus pintores favoritos, Paul Klee, que escribió: “Al querer rebajar con un poco de aguarrás una base de betún que me había quedado demasiada generosa y que ya había calentado, se llenó de las más atractivas vetas marmóreas, creando así un agradable fondo para aguafuerte. Así es como se hacen los descubrimientos, por ignorancia”.
Sus colores preferidos eran los grises y los ocres. Después al utilizar una pintura de estilo americano, en el sentido de querer utilizar varias técnicas, le fue metiendo más color. Decía que le había interesado más el dibujo y que no se sentía pintor y en relación a su estilo de pintura afirmaba que tenía un montón de influencias, que estaba haciendo una pintura de hace 80 o 90 años, y que por lo tanto aun no estaba hecho o definido. Una década después de su muerte su palomas siguen volando alto y su arlequines reivindicando la bondad de la vida, alegrando a la buena gente.
Así era el maestro, al que muchos consideraban el Picasso murciano. Al respecto le pregunté en una entrevista y respondió: “Me parece una tontería comparar la categoría. Aunque yo me influenciaba de él, han dicho que era Picasso porque los demás no habían visto sus cuadros, en el momento que ves una obra te das cuenta de la diferencia. Yo soy un personaje muy equivocado, muy aceptado en otros momentos. Me ha movido la intuición porque yo no he tenido los conocimientos que ha tenido Picasso y he estado en un mundillo muy limitado”.
Algunas veces lo vi, solo, pitando bocetos en lo más alto de la grada de la plaza de toros y pensé en “La música callada del toreo” que José Bergamín dedicó al torero Rafael de Paula, muchos vinos y muchas charlas sobre lo divino y lo humano, también algunas veces he glosado sobre él, pero nunca pude escribir una pieza tan hermosa como la de Pedro García Montalvo, titulada “Párraga, en el bar Montes”. El bar Montes, situado en el castizo barrio de Santa Eulalia, fue territorio de Párraga y lo sigue siendo del gran escritor Pedro García Montalvo.
Después de llevar más de dos semanas tratando de empezar este escrito me ha brotado como a borbotones de mis venas y lo estoy acabando casi de un tirón. Lo comencé por el final diciendo que Pärraga era un genio que se imitaba a sí mismo, y, ahora después de unas vueltas, lo termino con las propias palabras del maestro: “Yo sigo a Mondrian, a Picasso y a Paul Klee, y me pierdo al final. Me sigo a mí mismo y estoy perdido al principio”.
Viernes, 1 de junio
Mª Rosario Aldaz Donamaría
Antonio García Fuentes
José Pómez
Juan Luis Recio
Ángel Sáez García
Julián Moreno Mestre
Chris Gonzalez -Mora
Manuel María Ventura
Juan Granados
Patricio Peñalver
Julio César Izquierdo
Carlos Juan Gómez Martín