El blog de Patricio Peñalver

Don Alfredo Montoya: Un brillante y justo doctor "honoris causa" por la Universidad de Murcia

28.01.08 | 22:39. Archivado en sobre lo cotidiano
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Al eminente profesor, don Alfredo Montoya, catedrático emérito de la Universidad Complutense de Madrid, hoy, la universidad de Murcia le hace entrega de su máximo galardón: doctor honoris causa, en una ceremonia en la que interviene como padrino otro gran profesor y gran amigo del homenajeado: Jesús María Galiana, catedrático del Derecho del Trabajo y de Seguridad Social de la UMU.
Supongo que todos los doctores honoris causa son siempre merecedores de tal distinción, sin embargo el de hoy lo considero doblemente justo: por la calidad humana de don Alfredo y su enorme sabiduría profesional y didáctica. Y me alegra tanto, como en su día el concedido a Paco Rabal, otro gran maestro.
El manual de Derecho del Trabajo que el profesor publicó en 1976, y que ya va por su 28 edición es el más utilizado por los estudiantes universitarios de España. Montoya Melgar fue profesor de Derecho Laboral durante veinte años en Murcia, y también decano de la Facultad de Derecho, y asimismo fundó la Escuela de Trabajo Social, antes de Graduados Sociales.
Precisamente en aquellos años tan convulsos de la Transición, fui alumno suyo. No era nada fácil la tarea del profesor ante unas normas laborales del viejo régimen franquista que se estaba desmoronando, aún existía la CNS, el sindicato vertical, y los sindicatos C.C.O.O., U.G.T y U.S.O. eran ilegales. Así que muchas tardes el profesor se encontraba con algunos aguerridos militantes sindicalistas en aquella recién creada Escuela de Graduados Sociales, que le planteaban preguntas muy incomodas, muchas veces difíciles de responder ante el vacío jurídico que se estaba produciendo. Mismamente yo tuve algunos debates dialécticos, a veces tensos, en torno a los convenios colectivos que entonces se firmaban contraviniendo las normas oficiales, en alguno que otro había participado yo. Sin embargo, el profesor con su tolerancia su enorme talante y su sagaz talento también disfrutaba con esa relación de entendimiento entre alumno y profesor propiciando con sus clases magistrales el debate y las preguntas cuando no se producían. El profesor Montoya, desde entonces siempre me ha recordado al viejo profesor Tierno Galván. Otro gran maestro. Y no maestro en el sentido que describe Ludwig Wittgenstein: “Un maestro que puede mostrar buenos resultados, o aun sorprendentes, durante el curso, no es por ello un buen maestro, pues es posible que lleve a sus alumnos, mientras están bajo su influencia inmediata, a una altura que no les sea natural, sin hacerlos desarrollarse para esta altura, de tal modo que se derrumban de inmediato una vez que el maestro abandona el salón de la clase”. Con el profesor Montoya ya por entonces se volaba alto y te dejaba la cabeza muy bien amueblada. No había peligro de derrumbamiento, pues, ya que dotaba a los alumnos de potentes cimientos. Don Alfredo Montoya ha creado escuela formando a excelentes profesionales.
Mas tarde me encontré a finales de los 80 con un estupendo libro de relatos cortos que el profesor publicó, cuando yo ya me había olvidado del Derecho y la literatura me había atrapado. Y al tiempo pensé, vaya, otra afición que compartimos.
Enhorabuena profesor.


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