El blog de Patricio Peñalver

Los sueños de una siesta de verano

30.07.07 | 12:45. Archivado en literatura, literatura
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Vieja canción

“He escuchado en la radio, por azar, hace una rato, /
una vieja canción,/ una canción romántica que
estuvo muy de moda/ en la playa, durante los meses
de un verano/ maravilloso de mi adolescencia../
Muchas veces la oí entonces, junto a alguien/
que junio quiso darme y me quitó septiembre”.

Eloy Sánchez Rosillo

Aquella silueta grácil de cabellos dorados que bajaba metódicamente a la playa todas las tardes, observada desde el lado de la sombra de las muchachas en flor, era el único reloj que marcaba el tiempo real de la vida; aquella muchacha lozana de andares de gacela, con sus precisos movimientos de caderas, era el verdadero metrónomo que marcaba el compás de mi tiempo, durante los días calurosos, en la odisea de los mares procelosos de ese verano.
Cada tarde, en la hora de la siesta, cuando la playa se quedaba casi desierta llegaba aquella joven de ojos de lechuza a esas dunas que milagrosamente aún sobrevivían a la barbarie urbanística.
Y allí estaba yo, recostado sobre un pino, con la mirada de un farero extraviado en una noche de tormenta. Después de ver pasar la silueta y de mirar sin querer mirar aquellas protuberancias que se asemejaban a dos hermosos y brillantes melocotones, me quedaba paralizado como si Circe me hubiera dado a beber el néctar de su copa.
La joven se tumbaba sobre la toalla y, como siempre, después de ponerse crema tomaba el sol, ajena al mundanal ruido. En esos instantes yo, ya extraviado, por mucho que me lo proponía, tenía que abandonar la lectura del libro. Muchas tardes había gozado de la lectura de esa gruesa novela, hasta que aquella misteriosa joven se presentó ahí como una aparición, desde entonces no había podido pasar al siguiente capítulo.
La joven, después de tomar el sol, iniciaba su ritual, con su minúsculo bikini que apenas le cubría el pubis triangular, que imaginaba sedoso y rasurado en sus bordes libidinosos, se levantaba y se zambullía en el agua braceando como una sirena. Después emergía y yo sin poder apartar la mirada de aquellos pezones erizados, me sentía abstraído como Ulises por el coro de las sirenas, aunque realmente el único sonido nítido que me llegaba era el de las chicharras que se mezclaba, a lo lejos, con el laxo rumor de las olas de la mar apacible, a esa incierta hora.
Más tarde, después de dar un corto paseo, se marchaba y allí me quedaba yo como un naufrago perdido en una isla sin tesoro. Sin saber qué hacer y sin ganas de no hacer nada.
Siempre había odiado a los voyeuz. Y ahora me veía como otro vulgar mirón más.
Aquella escena se volvía a repetir como un gazpacho pasado de ajo. Y ya me estaba picando demasiado la curiosidad. ¿Quién diablos o diablesa era esa nueva veraneante, que de pronto me había roto la armonía? ¿Por qué se alejaba de las playas concurridas hasta llegar a esas dunas recónditas?
A esas preguntas no le hallaba la respuesta. Y las interrogantes me aguijoneaban una y otra vez el panal de mi memoria, dejándome una sensación agridulce.
Por un lado me sentía feliz con la inquietud que me proporcionaba aquella joven a esa hora de la tarde, y por el otro tenía la sensación de haber capitulado: desde que la joven había aparecido, la lectura de “En Busca del Tiempo Perdido” estaba empantanada. Ahora volvía a releer las primeras líneas de aquella monumental obra: “Mucho tiempo he estado acostándome temprano.A veces, apenas había apagado la bujía, cerrábanse mis ojos tan presto, que ni tiempo tenía para decirme: “Ya me duermo”. Y media hora después despertábame la idea de que ya era hora de ir a buscar el sueño; quería dejar el libro, que se me figuraba tener aún entre las manos, y apagar de un soplo la luz; durante mi sueño no había cesado de reflexionar sobre lo recién leído, pero era muy particular el tono que tomaban esas reflexiones, porque me parecía que yo pasaba a convertirme en el tema de la obra…”
Eso mismo me había pasado a mí, desde que había leído aquellas primeras líneas. Sin embargo, ahora no podía perder el tiempo. Ahora tenía que pasar a la acción.
Y aquella noche comencé a recorrer todos los bares y chiringuitos hasta acabar con una impresionante tajada, después de cerrar todas las discotecas. A esa noche le siguieron otras y ni rastro de Sahrazad.
Hasta que por fin me decidí a pasar a la acción directa. A la tarde siguiente bajé a la playa sin el libro y con la intención de bañarme. Ni me lo podía creer. Yo que tanto detestaba la salinidad y aquel picor que me producía la arenilla en la piel.
Aquella tarde bajé a la playa y me sitúe a unos cincuenta metros de la joven y ella ni se inmutó. A lo lejos otras parejas, retozaban y reían con alegres carcajadas que se mezclaban con el rumor de las olas. Aquello o era la felicidad o era algo parecido.
A esa tarde le siguieron otras y otras, pero la distancia que nos separaba cada vez se iba acortando, hasta que llegó el momento de la sensación verdadera: la joven me miró y esbozó una sonrisa amplia. Yo también la miré y después de sonreír me ruboricé como un estúpido y se me puso la cara del color de una langosta.
Aquella sonrisa parecía presagiar el comienzo de una larga amistad. Y así fue. Pues sin ir más lejos, al día siguiente, sin apenas saber mi nombre me invitó a que le extendiera la crema solar sobre su espalda. Y de las miradas se pasó a la cálida conversación.
Aquella gran tarde estuve a punto de salir en las páginas de los sucesos de los diarios. La joven me invitó al baño. Yo la seguí la mar de contento, jugueteamos dando brazadas de gozo, hasta que descubrí que no podía hacer pie. Con la emoción sin contener se me había olvidado que no sabía nadar, y la astucia de la joven que me echó una mano me sacó del trance.
Salimos abrazados y al llegar a la arena me sentía como un torero herido aunque estuviera saliendo por la puerta grande, herido de amor por aquellos pezones astifinos que se me clavaban como astas en el deseo reprimido, junto al corazón, sin saber si verdaderamente aquello estaba ocurriendo o era fruto de un sueño en una siesta de verano.
Me desperté bañado en sudor y después de observar la lámina sobre la pared de la joven tocando el virginal de Jan Vermeer de Delft, supé que estaba en mi habitación. Me di una ducha. Y escuche el preludio a la siesta de un fauno de Claude Debussy. No sabía sí era de noche o de día. O sí aquellas escenas eran escenas de otro sueño ya pasado
El tiempo de ese verano parecía haberse parado en el tiempo. Y en la jornada siguiente como cada tarde continué con la lectura de “En Busca del Tiempo Perdido”. Al atardecer, con las últimas luces penetrando por las rendijas de mi ventana, por fin terminé las casi dos mil y pico páginas de aquella obra, mientras que curiosamente por la radio oía una vieja canción: “Ayer dibujé tu imagen en la arena/ la imagen bella que sonreía. Et j’ai crié, crié Aline, por q’elle revienne…
Y otra vez recordé las tardes de aquel verano, como en un sueño que tal vez sucedía en el pasado.


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